 |
Hace unos años, frente al Parque Central
de Miraflores, en Lima, existía una Trattoria muy especial, a la que
asistíamos con frecuencia en visita familiar. Siempre nos recibía Brunella,
la simpática italianita dueña del lugar, que gesticulando “parlaba”
en italiano con mi esposa, mientras estampaba efusivos besos en las mejillas
de mis menores hijos.
Luego se repetía la historia, todos muy
serios y en silencio estudiábamos el menú por un momento y al unísono y en
coro repetíamos: “para mí una milanesa a la napolitana”, que era la
enorme especialidad del lugar y que realmente disfrutábamos.
Mientras esperábamos la orden y dábamos
trámite a unos deliciosos “panini” con “burro” aprovechábamos
la conversación para practicar un poco de la historia y la leyenda. En medio
del barroco europeo surgió la moda entre los ciudadanos acaudalados de
forrar sus muebles y decoraciones con láminas de oro, como signo de
distinción y boato. Esta moda llegó al extremo que incluso se propuso al oro
como elemento curativo (claro, de las enfermedades de los ricos) y también
como complemento decorativo para algunos potajes, que relucientes invitaban
a devorarlos. Pero pronto se dieron cuenta del terrible daño de comer oro,
para la salud y el bolsillo. A algún práctico cocinero de la época se le
ocurrió que podría simular el brillo del oro con una mezcla de huevo y pan
rallado, logrando atractivos dorados. Actualmente, las técnicas culinarias
han desarrollado muchas alternativas para la aplicación de esta mezcla en
carnes rojas, pollos, pescados, mariscos y verduras.
Al principio, se aceptaba que la carne
empanizada nació en Viena, ya que un antiguo clásico de la cocina austriaca
es el schnitzel, que realmente es muy parecido a una milanesa y que
después fue difundido como wiener schnitzel o escalope vienés.
Hasta que en 1848, el austriaco mariscal
Radetzky, enviado al norte de Italia para aplastar la rebelión contra los
Habsburgos, descubrio en Milán la “receta original”, la de los lombardos,
para preparar un escalope, impregnándolo en huevo, pan rallado y frito en
manteca. Terminada la revolución, Radetzky volvio a Viena con la novedad de
la receta, por supuesto más antigua que la del wiener schnitzel. Y de
esta manera comenzó la controversia sobre su origen, donde luego
intervinieron los alemanes, exhibiendo un manual de cocina berlinesa de 1838
donde describían la técnica de empanizar la carne y con ello reclamaban la
paternidad de la “milanesa”.
La realidad es que hasta 1900, en los
menús de Europa, incluida Italia, la preparación figuraba con su nombre
austriaco, "escalope a la viennoise". Luego, poco a poco fue
imponiéndose el apelativo italiano de simplemente “milanesa” y por
extensión, todos los alimentos bañados en huevo y posteriormente empanizados
se definen como preparados “a la milanesa”.
En nuestro caso familiar, no existía duda
alguna sobre la variación a “la napolitana”, es decir milanesa bañada con
pasta de tomate y ajos, coronada con prosciutto, abundante mozarella
espolvoreada con orégano y luego gratinada. Esta contundente delicia era tan
italiana como Sophia Loren.
Pero (recuerden que siempre hay uno), tiempo después, en mi
primera visita a Bueno Aires me enteré que tan delicioso potaje resultó ser
más argentino que el Diego y el tango y hasta tiene su propia historia. En
el respectivo tour por la ciudad, nos llevaron a la cuna, al lugar de su
nacimiento en 1950, es decir al famoso restaurante de
José Nápoli, frente al Luna Park. Todos en
Argentina conocen la historia, de como Don José, en un acto de creatividad,
utilizó jamón crudo, queso y salsa de tomate para disfrazar unas milanesas
que se le habían pasado del dorado habitual a un joven e inexperto chef.
La ocurrencia gustó y la demanda subió
como la espuma, hasta constituirse como uno de los platos de bandera gaucha.
Don José inmortalizó su creación firmándola en el menú de su restaurante
como Milanesa a lo Nápoli. Posteriormente se contribuyó al desarrollo de la
historia, variando el nombre de Nápoli a la Napolitana... y la verdad de la
milanesa continua... en debate. |