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ALBONDIGUILLAS GUISADAS Cuando la nieve comenzó a cubrir el camino faltando diez minutos para las dos de la tarde, Jean Paul pisó un poco más el acelerador del camión para acortar la distancia entre su hambre y las albondiguillas guisadas que todos los jueves lo esperaban en el figón de José. Claro que no era solamente el condumio lo que lo atraía, había otra razón más para estar impaciente y era precisamente Mari, la mujer de José. Porqué como postre, después de fumarse un buen cigarro, se metía con ella en la cabina calefaccionada del camión para retozar detrás de los cristales empañados que los protegía ante cualquier mirada indiscreta. Es que aquella zona semidesértica entre Burgos y Carrión de los Condes más la abulia de José, formaban un excelente caldo de cultivo para que Mari se tirara en brazos del primer forastero que se le cruzara por el camino, aunque con el tiempo no hubo primero ni segundo ni tercero, sino que fueron varios los comensales que frecuentaban la fonda para saciar sus distintos apetitos. Mari que atendía las pocas mesas del salón, trataba con familiaridad a los clientes que en ocasiones, disimuladamente, solían acariciarle el trasero o le hacían insinuaciones eróticas preparando el terreno para la sobremesa. Pero había un personaje más que atendía a la clientela y era Carmen, la suegra de Mari, una vieja cizañera que le calentaba la cabeza al pobre José con sospechas e infundios no exentos de razón. Sin embargo dentro de esta colección de candidatos, Mari creyó estar enamorada de Jean Paul, un camionero que hacía la ruta Toulouse – Valladolid y que con una puntualidad inglesa se presentaba todos los jueves para saborear aquellas albondiguillas guisadas que tan bien le salían a José y que amorosamente le servía Mari, acompañadas de vino de Toro, que como dirían los expertos, “destaca su calidez en boca, carnoso y con cuerpo”. Carnosidad, cuerpo y calidez era lo que abundaba sobre el estrecho colchón del reducido habitáculo en la parte trasera del asiento que Jean Paul ocupaba para conducir durante horas. Hacía tiempo que Mari venía insistiendo para que la sacara de aquel lugar y la llevara a Francia donde quería rehacer su vida, pero él nunca le daba una respuesta definitiva. Aquella tarde luego de varios encuentros furtivos y como prenda de su amor, Jean Paul tomó el pie derecho de Mari y rodeó su tobillo con una fina cadenita de oro. - Es como prenda de mi amor – y le besó el empeine. - Cariño llévame contigo – le insistió una vez más -. Mi vida es un infierno con la arpía de mi suegra, el imbécil de mi marido y en medio de este desierto. - ¿Y quien me prepararía todos los jueves esas exquisitas albondiguillas guisadas? – le respondió en broma. - Yo mi amor, yo te haría albondiguillas guisadas, a la jardinera, fabada, cocido madrileño y todo lo que tú quisieras, pero por favor, sácame de aquí. Pero Jean Paul volvió a los juegos amorosos y entre una cosa y otra, evitó la respuesta. -¿Donde te habías metido? – preguntó José sin dejar de picar la cebolla para la sopa de pescado de la noche. - Me recosté un poco, me dolía mucho la cabeza y no me sentía bien – mintió Mari mientras veía por el ventanal del comedor, como se alejaba el camión de Jean Paul. -Últimamente te está doliendo mucho la cabeza, querida. Porqué no haces una visita al médico del pueblo, por ahí puede que estés embarazada – aguijoneó la suegra con cierta ironía -¿De quien, de José? - ¿De quien otro, entonces? – le respondió maliciosamente Carmen. - Dejaos de discutir y preparad el comedor para la cena – interrumpió José mientras ponía sobre la hornalla la cacerola con el agua, las zanahorias, el puerro y el cogote de merluza – y tu Mari, baja al sótano y échale más leña a la caldera que en la radio han dicho que esta noche el frío va a ser de muerte. Llegó nuevamente el jueves y Jean Paul como de costumbre, se sentó junto a la ventana desde donde podía observar a su camión que lo había dejado estacionado junto a un enorme árbol cubierto de nieve. Le llamó la atención que no estuviera Mari para atenderle ya que las albondiguillas se las sirvió Carmen, que por poco más, se las tira sobre la mesa. Callado, cortó un trozo de pan y remojándolo en la salsa empezó a comer. En un momento determinado se le acercó José, que no acostumbraba a salir de la cocina durante el servicio, y sin decir palabra se sentó frente a Jean Paul. - Muy buena la comida, como de costumbre – trató de iniciar el diálogo frente al cocinero que lo miraba fijamente. - Vale. - Soy un fanático de las albondiguillas y de todos los lugares donde suelo ir a comer, este es el mejor, sin ninguna duda – y sorbió un poco de vino – pero hoy las encuentro algo… dulce… como si le hubiera agregado azúcar. José solo asintió con la cabeza y no dijo palabra. Jean Paul comenzó a ponerse nervioso ante el silencio del cocinero, intuía que algo anda mal y como si el subconsciente lo hubiera traicionado, hizo la pregunta más inadecuada para ese momento. - A la que no he visto hoy es a su mujer. ¿Donde está? José no respondió inmediatamente, solo esperó que comiera otra albondiguilla y fue entonces cuando Jean Paul notó que había mordido algo ajeno al guisado y llevándose los dedos a la boca sacó lentamente una cadenita de oro, la misma que había colocado en el tobillo de Mari la semana anterior. - ¿Dónde está Mari? – preguntó José - Pues la verdad es que la está usted disfrutando como lo ha hecho cada jueves follándosela en su camión y si ha encontrado algo dulce las albondiguillas es porque ella era diabética. Jean Paul se puso pálido como el mantel, dejó caer la cadenita de oro en medio de lo que quedaba en el plato y dando arcadas salió corriendo del figón mientras José, pasando la mano sobre el vidrio empañado, vio como se apoyaba contra el enorme guardabarros del camión para vomitar hasta lo que había comido tres días antes. En medio de la descompostura, el pánico y el horror, el camionero llegó a ver al cornudo enmarcado en el óvalo de la ventana empañada, esgrimiendo una leve sonrisa burlona. Jean Paul se limpió la boca con un paño engrasado que encontró en la guantera, puso en marcha el camión y se alejó a toda velocidad dejando tras de sí las profundas huellas de los neumáticos junto a los montículos de barro y nieve. Después del incidente y no habiendo más clientes que servir, José cerró la fonda para continuar con el ritual de preparar la comida para el día siguiente. Cuando entró a la despensa para coger un cajón de calabacines percibió un ligero tufillo a podrido, que provenía de la cámara frigorífica porque hacía varios días que la puerta tenía un fallo cada vez que se la cerraba con alguna violencia. Y no se había equivocado al comprobar que efectivamente había quedado entreabierta y el aumento de la temperatura en su interior, habría provocado la descomposición de alguna pieza que allí colgaba. La ubicó inmediatamente no solo por olor sino porque algunas moscas se habían metido en la cámara y volaban como enloquecidas alrededor de ella con un zumbido que se dejaba oír nítidamente en el silencio del refrigerador. Entonces la cubrió con una bolsa de plástico, la descolgó de la ganchera, se la echó sobre el hombro y al salir, empujó con el pie la puerta de la cámara asegurándose que ahora estuviera bien cerrada. Luego bajó por la escalera que daba al sótano y entró en una zona de luz parpadeante producida por el fuego que dejaba escapar la caldera por la escotilla abierta, imponiéndole mayor dramatismo a la situación. Apoyó la carga sobre una mesada de madera porque le resultó demasiado pesada y tras unos segundos que le permitió recuperarse, la cogió con cierta dificultad y la arrojó al fuego. - Debería cambiar el menú para el próximo jueves y en lugar de albondiguillas guisadas preparare una buena Olla podrida – dijo para sí, mirando como las llamas devoraban aquello. Volvió a su casa subiendo la escalera de caracol que se encontraba detrás de la cocina, dejó las llaves sobre la mesa del comedor y se detuvo al entrar al dormitorio. Con la mirada rastreó el cuarto y la fijó sobre una pequeña caja de fina ebanistería que estaba encima de la cómoda. Sacó del bolsillo de su pantalón la cadenita de oro, levantó la tapa y la dejo caer entre pendientes, pulseras y algunas fotos de Mari posando desnuda en actitudes un tanto escabrosas acompañada por algún amante de turno. Y la cerró. Se quitó la camisa, entró al baño para arrojarla al cesto de ropa sucia y se detuvo frente al espejo para mirarse largamente pasándose la mano por la áspera barba que no se había afeitado hacía días y luego, abrió el grifo de la ducha. Salió del baño llevando el toalla como falda y sentándose en el borde de la cama, cogió el mando a distancia y encendió el televisor. - ¿Que hora es, José? – preguntó Mari con voz pausada y grave recién despierta. - Las siete y media de la tarde, mi amor. ¿Como va ese constipado? - Humm, creo que mejor – le respondió mientras él la besaba en el lóbulo de la oreja. - Me temo que nuestro amiguito Jean Paul ya no vendrá más a comer por acá. Hubieras visto la cara que puso cuando encontró tu cadenita dentro de la albondiguilla. Fue el toque maestro para que huyera despavorido – y se pusieron a reír de buena gana. - ¿Y tu madre que dijo? - Ni se enteró, estaba limpiando en la cocina. De pronto José la miró a los ojos y dejando caer la toallón al suelo, le quitó la sábana de un tirón para contemplar con fruición el cuerpo desnudo de Mari que cogiéndolo de los cabellos, lo atrajo hacia ella para susurrarle al oído. -¿Quieres que el próximo sea el holandés del camión cisterna? José sintió como un leve estremecimiento y después de besarla en el cuello, le respondió. - Me apetece la propuesta – y antes de besarla en los labios, remató - pero esta vez llévate la cámara de video, no vaya a ser que me pierda algún detalle. |