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CONFESIONES EN LA COCINA Miguel Krebs Como a las tres de la madrugada sintió que sus tripas sonaban como un sonajero y no era habitual que eso ocurriera, aunque también era cierto que había dormido a intervalos, sobre todo por culpa de las constantes punzadas en el dedo gordo del pie que lo venían atormentando desde los 28 años. Esos borborigmos intestinales eran un claro anuncio de que nuevamente tenía hambre. Se incorporó con gran esfuerzo y giró muy lentamente hasta quedar sentado en el borde de la cama, levantó su camisón blanco hasta la altura de los muslos y comenzó a quitarse los paños empapados en vinagre y agua de rosas, que le habían puesto para calmar la picazón en las piernas. En cambio, los paños negros que cubrían las paredes del dormitorio, absorbían la luz mortecina de la única candela encendida, lo suficiente como para hacer brillar las piedras preciosas que adornaban las pantuflas de seda y que a duras penas logró calzarse con mucha dificultad. Llegó hasta la desvencijada silla de madera para coger su abrigo de pieles de zorro blanco que iban a protegerlo de los escalofríos y calenturas en una noche fresca, que se presentaba como un anticipo del otoño. Por último cogió su bastón y salió del cuarto con paso cansino, para recorrer la galería central. Con mucha dificultad se sentó frente al fogón de la cocina que estaba permanentemente encendido por si había que preparar algún cocido o potaje en forma inesperada y estiró sus entumecidas manos hacia el fuego, mientras hacía lo posible por sobrellevar los dolores que le producían la gota y las hemorroides. El fuego le remarcaba aun más la densa barba rubia que trataba de disimular su pronunciado prognatismo, herencia de larga data cuyo origen fuera probablemente, la madre de su bisabuelo. Miró a su alrededor para encontrar algo con que mitigar su hambre y se encontró colgado de un gancho, el jamón de Montánchez que solía tener a mano para picotear hasta tanto llegara el almuerzo o la cena. Con gran esfuerzo, volvió a levantarse para desenganchar aquella pata negra, pero como estaba demasiado alta y su endeble estado físico no le permitía hacer estiramientos ni piruetas, en el intento empujó una perola de cobre con un guiso de chorizos y judías, que hizo gran ruido al chocar contra el suelo, junto con su bastón que tenía grabado en el puño, la Orden del Toisón de Oro. Con mucho esfuerzo se apoyó con las dos manos sobre la mesada para no caerse, respiró profundamente emitiendo un sonido como el de un fuelle de herrero y esperó unos minutos para sentarse. Pero repentinamente entró Adriano, su cocinero, alertado por los ruidos que llegaron hasta su cuarto que estaba próximo a la cocina. - ¿ Su majestad, que está haciendo a estas horas en la cocina?. Por lo insólito de la situación, omitió hacer una reverencia al avejentado Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. - Ah, Adriano, mi fiel cozinero, antes de responderte te pido que me ayudes a sen sen sentarme porque estoy a punto de caerme sobre el condumio derramado y no quiziera que las pieles de mi abrigo se empaparan con él. El cocinero, que era de complexión mediana lo cogió por debajo de las axilas y con gran esfuerzo, porque el monarca a pesar de su enfermedad pesaba bastante, logró sentarlo sobre el banco de madera. Quiso volver a respirar profundamente pero le interrumpió un fuerte acceso de tos y cuando se hubo calmado, le habló al cocinero. - Verás, me he despertado por el crujir de mis tripas y si bien no son horas, nezesitaba co co comer algo. Quize coger aquella pa pata y tropezé con esa perola y... lo demás ya lo sabes. - ¿ Por qué no llamó a uno de los guardias que están delante de la puerta de su cámara, majestad? - Ambos estaban dormidos y no quize despertarlos. Adriano descolgó rápidamente el jamón, de un cajón sacó un cuchillo y colocando un paño blanco sobre el regazo del rey, le alcanzó el pernil para que se entretuviese, mientras buscaba una hogaza del día anterior. - Grazias Adriano. ¿ Y... no tendrías por allí un po po poco de vino para mojar el pan?. Bien sabes que me cuesta comer sin dientes. - El médico Mathisio le tiene prohibido comer estas cosas que a su majestad le perjudican mucho su salud. - Mathisio, Matisio; ni él ni Vesalio, que me acompañó en varias batallas, pu pudieron curarme en 30 años y no pretenderá ahora, lograrlo en un un una noche, así que ve calentando las emp emp empanadas de anguila que sobraron de ayer, algunos aren arenques en nata, una buena cantidad de buñuelos y algún postre senzillo para no cargar de de demasiado el estómago. Mientras el rey trataba de cortar el jamón con sus anquilosadas manos, el cocinero le sirvió una copa de vino. - Perdone su majestad que le haga esta pregunta – le dijo Adriano, que en ocasiones solía tener cierta confianza con el rey -. ¿Alguna vez pensó que estando irritado y fastidioso a causa de los intensos dolores de su enfermedad, que son producto de su glotonería, lo llevaran a tomar decisiones equivocadas, culpar a inocentes y absolver a culpables? El rey no esperaba semejante pregunta de su cocinero que lo tenía por hombre de pocas luces pero un genio a la hora de preparar la comida. - Menuda pregunta me planteas, Adriano. Pues te responderé que sí, que estás en lo zierto, que muchas vezes después que zesaran los tremendos dolores que pa pa padecía a consecuencia de la podagra*, me di cuenta que había cometido injusticias en mi proceder, porque el dolor no me permitía razonar ni discernir, pero ya no podía retrozeder y mis dezisiones estaban tomadas. El Emp Emp Emperador es infalible y no puede permitirse el error de equivocarse. Además, el poder acrezienta la prepotenzia y la soberbia y crees tener en tus manos la vida y la muerte de los demás. Así que más de una vez han pagado justos por pecadores. Y tras esa respuesta, terminó de cortar una pequeña loncha de jamón que llevó a la boca, pero como su mandíbula era exageradamente saliente, la depositó como una moneda en una alcancía. -Tal como están las cosas, no estoy seguro de merezer el zie zie zielo y por eso aprovecho los benefizios terrenales, que por zierto cada vez son menos, para saziar mi hambre con los pla pla plazeres de la buena mesa, porque los del amor, haze rato me han dejado con la miel en los labios. El emperador cogió la copa pero el intenso temblor de la mano, le obligó a dejarla nuevamente en su lugar. - Adriano, alcánzame mi cañuto de plata para to to tomar el vino. Con diligencia, Adriano cumplió la orden y la metió en la copa de metal que luego acercó hasta el borde la mesa para que el rey pudiera sorber. ¿Que tenemos de comer para mañana? -Pues como lo había planificado la semana pasada: un cordero a las brasas, carne de venado que mandó el arzobispo de Toledo y truchas, que si su majestad tiene ánimos de ir a pescarlas en el estanque del parque, le haría bien para que de paso, tomara el buen aire de Yuste. Carlos I embebió un trozo de pan en el vino y lo llevó a la boca para masticarlo con dificultad. - Ya nada me apeteze, ni siquiera pescar ni entr entr entretenerme con mi colección de relojes. El Cesar hizo silencio y dejó la mirada fija en un leño ardiendo que terminaba de quebrarse, pero era evidente que la humedad de sus ojos no era provocada por el humo. -Sabes, me sigue faltando Isabel, mi dulze esposa, Isabel a la que nunca dejé de amar. Fue la cosa máz bella que tuve en mi vida y no sabes cua cua cuanto la extraño. En cambio mi otro amor, pero tardío, fue el de mi madre Juana, la pobre que padezió la tortura de los zelos hasta volverse loca por el putañero de mi padre Felipe, - y remarcó con sarcasmo - el hermoso. Y el achacado emperador continuó hablando de sus excesos de poder, de gula y fornicación; de su debilidad por los chorizos de Tordesillas y de su íntimo secreto muy bien guardado, el de su hijo bastardo Jeromín, fruto de los amores con una alemana, Bárba de Blomberg, tiempo después que falleciera su amada Isabel. Y así discurrió la noche en que Adriano, convertido en un improvisado confesor, escucho pacientemente a su rey en la intimidad de la cocina, pero no llevó a cabo la orden real de calentar las empanadas de anguila, ni los arenques con nata, ni los buñuelos y ningún postre, porque intuyó que su majestad, por primera vez en su vida, se había olvidado del hambre.
* Podagra: Gota en los pies. |
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