LA COOKING MACHINE
Miguel Krebs
Abril 2007
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Las manillas del reloj de la iglesia se superpusieron y las campanas comenzaron a tañir anunciando las doce de la noche. Una luminaria tambaleante por el viento proyectaba la sombra de una persona que cruzaba apresuradamente la calle desierta tratando de ocultar su rostro entre las solapas levantadas de su abrigo para detenerse frente a la cortina metálica de un local y luego de asegurarse que nadie lo seguía, golpeó tres veces. A los pocos segundos la cortina comenzó a levantarse no más de un metro y medio sobre un fondo sin luz. El hombre se agachó, penetró en la oscuridad y tras él, la cortina volvió a cerrarse. - ¿Contraseña? - era la voz ronca de una mujer oculta en algún rincón de la nada. - Ajo y perejil - respondió el hombre. Entonces la mujer surgió como un espectro en la oscuridad iluminándose con una linterna de mano y acercándose al hombre, lo saludo en voz baja evitando hacer cualquier tipo de ruido para no ser descubiertos y dar motivo a una denuncia. El haz de luz de la linterna abría el camino entre varias hileras de mesas y sillas apiladas con evidentes signos de abandono en aquel restaurante que ya había cumplido cuatro años de clausura. Entre murmullos dirigieron sus pasos hacia el final del local y tras cerrar una pesada puerta ingresaron a la cocina donde se encendieron las luces y los aplausos de un nutrido grupo de jóvenes que lo aguardaba, le dieron la bienvenida a uno de los cocineros sobrevivientes de aquel holocausto ocurrido dos años antes. - Si tu los analizas desde una perspectiva temporal - le decía el cocinero a un nuevo integrante de la comunidad mientras realizaba la mise en place para preparar una paella valenciana - verás que hicimos lo correcto pero inútil, porque es imposible dejar tendida en la lona a una multinacional. Fue la desesperación y la impotencia que nos unió para restablecer nuestra dignidad como profesionales. - Pero lo que no me queda claro es el origen del conflicto – planteó el joven. - Verás, la historia tiene un punto de partida concreto: la Hostelco, ya sabes, una de las exposiciones más importantes de maquinarias para la industria gastronómica, aquella que se realiza cada dos años en la Fira de Barcelona. Allí los ingleses presentaban el primer modelo de la Cooking Machine, la CM01. Curiosamente el público se acercó al stand, más para degustar lo que de ella salía que para observar sus detalles, diseño y posibilidades. Algunos de mi colegas hacían bromas sobre la CM01 pronosticando el fin de nuestra profesión si ese artefacto llegaba a incorporarse en los restaurantes y grandes cocinas, pero la máquina había sido diseñada para el hogar, de alguna manera para competir con el horno microondas e inducir a la gente a tener otro artefacto más en su ya amplia colección de utensilios y aparatos de cocina, con el argumento remanido de disfrutar de más tiempo para los hijos y todas esas paparruchadas. La CM01 era ingeniosa en su concepción porque tenía un sistema computarizado por el cual se podía elegir entre 25 programas el tipo de preparación que aparecía en una pantalla de nanotubos de carbono junto con las demás instrucciones de manejo que eran relativamente sencillas. Sobre el costado izquierdo había un compartimiento en el cual había que introducir los ingredientes que se necesitaba para el plato elegido y pasado un tiempo, siempre inferior a una hora, salía por el costado derecho una bandeja con la preparación lista para servir. Aquel primer modelo cocinaba para dos personas, de manera que solo había que emplatar y servir. La preparación tenía buen aspecto y mejor sabor pero por supuesto, faltaba ese toque personal que lo podía dar solo el que cocinara. Al cabo de un año la CM01 había logrado una amplia difusión desplazando paulatinamente al horno microondas y fue entonces cuando los ingleses vendieron la fábrica y la patente a una multinacional yanqui que tenía en sus planes de expansión, desarrollar modelos más grandes y perfeccionados. Al poco tiempo apareció la CM 02 Top Line destinada a pequeños establecimientos gastronómicos como bares y restaurantes con un máximo de 20 cubiertos, que traía la primera gran innovación, que consistía en elegir platos de la cocina europea desde un chateau briand de boeuf avec sauce bearnaise de la cocina francesa hasta una escudella catalana. Los programas se vendían separadamente con lo cual cada tanto, se podía cambiar de menú y de carta. Hasta allí ninguno de nosotros le dio demasiada importancia al hecho a pesar de que algunos cocineros improvisados – no eran profesionales de carrera ni tenían estudios - pidieron apoyo a nuestra asociación por los despidos causados a raíz de la instalación de las CM02 en muchos establecimientos gastronómicos de poca categoría. La cosa comenzó a ponerse más seria cuando en la cocina del Ritz se instalaron tres CMXP, un nuevo modelo capaz de preparar 80 platos diferentes en tiempos que iban entre los cinco y veinte minutos. Los norteamericanos habían modificado su estrategia de marketing y entregaron la Cooking Machine en leasing, así la empresa tomadora podía quedarse con ella pagando una última cuota de valor residual o renovando el leasing y hacerse de una máquina más moderna. Para solucionar el problema del tan mentado toque personal en cada preparación, la compañía compró por valores millonarios las técnicas y recetas de los más afamados cocineros del mundo, así que era posible hacer platos con el toque personalizado que iban desde Alain Duchase hasta Thomas Séller pasando por el japonés Nobu Matsuhisa. Para ellos la CM ya no significaba ningún peligro porque con la suma de dinero que habían recibido, estaban amortizados. Pero fíjate que lo más sorprendente de todo esto, era que la CMXP ya no funcionaba con programas que se cargaban en el ordenador de la propia máquina sino que dependía de una central donde estaba instalado lo que ellos llamaban el Big Brain, que a través de Internet comandaba cientos de máquinas similares a las que solo había que cargar los ingredientes que la empresa norteamericana - por una cláusula que figuraba en el leasing - también proveía. La estrategia de la multinacional significó un enorme ahorro de personal en todas las cocinas que como en el caso del Ritz, despidieron a las 23 personas que componían la brigada de cocina quedando solamente dos marmitones que además de limpiar los cacharros, se encargaban de introducir en la máquina los ingredientes que componían cada plato. Como consecuencia de esta nueva modalidad de cocinar surgió el trabajo de emplatador, es decir, de darle al plato un aspecto atractivo y que era realizado por alumnos avanzados de las escuelas de arte y diseño a los que generalmente se les pagaba en negro. De esta manera la empresa hotelera logró librarse de los plantes gremiales, de ausentismo por enfermedad, maternidad y también, porqué no decirlo, de las veleidades, desplantes y caprichos de algunos chef´s. Cuando nos quisimos acordar, ya era demasiado tarde porque todos quedamos en la puta calle y ya la Cooking Machine había evolucionado de tal manera, que estaba en condiciones de hacer cualquier preparación por más sofisticada que fuera. Lo peor de todo es que junto con nosotros cayeron las escuelas de gastronomía, los programas de televisión dedicados a la cocina y las editoriales dejaron de publicar libros y revistas porque ya nada tenía sentido si una máquina era capaz de hacerlo todo. Ante esta crítica situación donde la profesión de cocinero estaba a punto de sucumbir, decidimos dejar de lado nuestras rivalidades y envidias profesionales para formar un movimiento común. Así nació el FGL, Frente Gastronómico de Liberación con el claro propósito de reivindicar nuestra profesión que contemplaba entre otros objetivos, desarticular la estructura de marketing de la multinacional yanqui, boicotear los establecimientos que tenían las malditas máquinas de cocinar y sabotear la producción en el mismo corazón de las plantas donde se fabricaba la CMXP. Emprendimos una acción psicológica en nuestra propia web en Internet, argumentando que durante la cocción de los alimentos en las CM, intervenían sustancias químicas cancerígenas, cosa que no era cierto pero necesario para crear un estado de duda y confusión en el público. Un hacker, amante de la cocina tradicional, trató de entrar en el Big Brain con el propósito de alterar las preparaciones de las CM con un virus informático bautizado “Salmonela”, de manera que cuando un cliente pidiera por ejemplo, un pollo a la páprika, la máquina cocinaba un pollo al chilindrón pero sin crema ácida. Como en toda organización de estas características siempre se corre el riesgo de que haya un soplón y por esta vía, la Brigada de Investigación Tecnológica del Cuerpo Nacional de Policía detectó a tiempo el ilícito que se iba a cometer, lo que provocó un enorme escándalo que pronto trascendió a los medios de difusión y el frente Gastronómico de Liberación comenzó a aparecer en todas las portadas de los periódicos y programas de televisión. Le siguieron atentados con bombas en hoteles, restaurantes y cocinas de hospitales y fábricas, producto de algunos miembros de la organización más radicalizados que escaparon a nuestro control, con lo cual el frente pasó definitivamente a la clandestinidad, quedando desvirtuado el objetivo inicial del movimiento. La multinacional norteamericana amenazó a las autoridades gubernamentales con levantar las fábricas y dejar a miles de obreros en la calle si no tomaban cartas en el asunto y fue así como se inició el acoso a los cocineros haciéndonos responsables de todos los males que padecía la sociedad, satanizando la profesión para terminar perseguidos como terroristas y finalmente, acabar con nosotros sistemáticamente. Muchos negaron su profesión durante los interrogatorios y otros que no resistieron las torturas, delataron a sus compañeros. En el término de pocos meses, nuestra profesión desapareció y nadie más habló del asunto. Pero ya ves, algunos como en mi caso, seguimos junto a los fogones cocinando en forma clandestina para los nostálgicos de la cocina de autor y las nuevas generaciones, a pesar del riesgo que ello implica. Pero la lucha continúa y serán ustedes los que tomarán la posta para reivindicar la ancestral profesión de cocinero con la noble misión de reavivar los sabores en el paladar del pueblo. Y dicho esto, sobre la paellera con el aceite humeando, comenzó a dorar los trozos de pollo y conejo ligeramente salados.
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