DIARIO DE UN COCINERO
Relato de Miguel
Krebs
Agosto 2007
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El angustiante ulular de la sirena por segunda vez, era la señal para abandonar el refugio porque ya había pasado el peligro. La gente acostumbrada a los bombardeos sobre Berlín, salían en orden del bunker con la remota esperanza de ver sus casas todavía en pie, cosa poco probable por la cantidad de bombas que habían dejado caer los ingleses y americanos durante aquella incursión en febrero de 1945. Hans Niemaier estaba entre los que salieron del bunker de la Kasdorfstrasse, ubicado en las cercanías de su lugar de trabajo. Esta vez el bombardeo había sido muy duro y el trayecto lo tuvo que hacer sobre los escombros de las casas y negocios que momentos antes estuvieron en pie. Entre el humo de los incendios, el olor acre a pólvora y sorteando montículos de ladrillos y hierros retorcidos, el hombre se detuvo frente al Berliner Palast Hotel sensiblemente dañado, para contemplar la que fuera su bellísima fachada neoclásica y de la que ahora, solo quedaba una columna conrintia como picada de viruela por las esquirlas de las bombas. No pudo contener su angustia y lloró desconsoladamente sentado sobre los restos de un enorme león de cemento que momentos antes flanqueaba las escalinatas de la entrada al hotel.
Hans Niemaier tenía ahora 52 años, rubio, de contextura fuerte y mirada penetrante era el último eslabón de una larga generación de cocineros que habían servido a las órdenes de la nobleza alemana. Su abuelo lo había sido en la casa real de los Hohenzollern y por el parentesco de estos con Alejandra Fiodorovna Romanova esposa del zar Nicolás II, también prestó servicios en la casa de los Romanov en Rusia. Su padre cocinó para Guillermo II quien más tarde sería emperador de Alemania y Hans hizo sus primeros guisos a las órdenes del canciller de hierro, Otto von Bismarck y tras la derrota de Alemania en la primera guerra mundial, ingresó a la brigada del famoso jefe de cocina del hotel Adlon de Berlín, Jules Bourdin. Durante el surgimiento del nacionalsocialismo logró cubrir el puesto de segundo de cocina del lujoso y afamado Berliner Palast Hotel para ascender en pocos años a jefe de cocina. El nombre de Hans Nimeier comenzó a circular entre los amantes de la buena mesa e inevitablemente llegó a oidos de los jefes del partido nazi aunque él, como casi la mayoría de los alemanes, estaba convencido que la orientación política adoptada por Hitler, era la más conveniente para sacar a Alemania de la quiebra económica y moral. La compañía aerea Lufthansa aprovechó su prestigio contratándolo para crear una variedad de menús que llevaran la impronta de la gastronomía alemana en sus vuelos intercontinentales pero cuando el conflicto bélico se agudizó, el gobierno le encargó la elaboración de comidas en base a recetas tradicionales para ser envasadas y repartidas entre la población previendo una posible escasez de alimentos. La evolución del conflicto hizo que poco a poco la gente centrara su interés en otros temas más importantes y fuera olvidando el nombre de Hans Nimeier. Acostumbrado a su popularidad y a los elogios, muy pronto cayó en un estado de depresión sin saber como muchos alemanes, que rumbo tomar.
Ingresó al hotel sin dejar de observar los destrozos de la que fuera la elegante sala de recepción por la que transitaron tantas personalidades y al llegar a su cocina, encontró desplomado parte del cielorraso y algunos tabiques que cubrían las mesadas y maquinarias con escombros. Tuvo la intención de volver a poner orden , el mismo que habìa mantenido y exigido a su brigada durante el tiempo que los comandó con disciplina ferrea, y quitando el polvo de su escritorio, se sentó como lo hacía habitualmente frente al gran ventanal, ahora sin vidrios, y desde el cual tenía una amplia visión de la zona de trabajo para ejercer el máximo control. Echó una mirada a su alrededor, después sacó de un cajón su diario personal y comenzó a recorrer las páginas tratando de revivir algunas jornadas memorables. Martes 14 de marzo 1939 Hoy es el día más feliz de mi vida. Por fin lo he conseguido. El gerente me ha comunicado que a partir 20 de este mes, seré el nuevo jefe de cocina del hotel. Tengo grandes ideas para remodelarla y reorganizar la anquilosada estructura de mando de mi antecesor. Sábado 1ª abril 1939 En el Lindenzimmer (1) que tiene una capacidad para 20 huéspedes, se ha instalado un receptor de televisión. Un maravilloso milagro de la tecnología alemana. El spiker anunció que había finalizado la guerra civil española. Jueves 20 de abril de 1941 Con motivo del cumpleaños de nuestro Fürer, todos los salones están ocupados por importantes autoridades del gobierno, artistas y personalidades destacadas. Sábado 22 de abril de 1941 El gaulaeiter (2) Joseph Göebels me ha enviado una carta felicitándome por la excelente cocina y el buen gusto en la preparación de los platos durante la recepción de ayer. Y continuó hojeando. Sábado 20 de mayo de 1942 Por un momento la cocina se transformó en un caos por la aparición de una rata. Supongo que habrá entrado durante la limpieza por una de las rejillas que hay en el piso.Fue imposible cazarla. Deberé extremar las medidas para que no vuelva a ocurrir. Jueves 18 de noviembre de 1943 Por primera vez bombardearon Berlín y hubo que salir inmediatamente al oir la sirena de alarma rumbo al bunker. Esta vez no fue un simulacro de evacuación. Sentí mucho miedo. Miércoles 12 de enero de 1944 Las autoridades del partido me pidieron que proponga una lista de alimentos elaborados para ser envasados ante la posibilidad de que Alemania comience a carecer de alimentos frescos. Debo retomar mis ensayos sobre liofilización (3). Martes 6 de junio de 1944 La situación de la guerra empeora. Entregué las recetas y formulaciones para la preparación de alimentos envasados. No hubo tiempo para continuar mi investigación sobre la liofilización. Se usará el método tradicional de conservación de productos cocinados. Hans sacó del bolsillo interior de su chaqueta una estilográfica, quitó su capuchón y alisando con la palma de la mano la última página en blanco, escribió: Sábado 3 de febrero de 1945 El nuevo ataque aereo ha sido devastador. Es el apocalipsis. Escribo estas líneas desde mi cocina reucida a escombros, que ha sido como mi propio hogar y en la que he pasado la mitad de mi vida poniendo todas mis energías para ennoblecer esta profesión que tanto amo. Alemania se hunde inexorablemente y yo con ella. Un fuerte ruido lo sacó de su escritura para observar el derrumbe de una estantería, última estructura ya endeble por los temblores de las bombas, que cedió por el peso de las ollas. El reloj estaba detenido a las 17.40 y habían transcurrido más de dos horas desde el último ataque. Hans Nimeier cerró su diario, quedó pensativo por un momento y como decisión tomada, cogió la lata de gulash que estaba sobre un pequeño pedestal de marmol que exhibía con orgullo como producto de aquel encargo que le hiciera el gobierno y se encaminó al vestuario. Sacó de la taquilla su uniforme que por milagro lucía impecablemente blanco, se cambió como lo hacía cotidianamente y una vez que se hubo colocado el gorro, bajó al sótano donde solo quedaban los vidrios esparcidos de las botellas rotas y un penetrante aroma a vino. Solo se salvaron un Mosela de 1922 y un Riesling del 28 que luego de meditarlo, se quedó con este último y la otra botella la dejó reposando en el estante. Retornó a la cocina, limpió un cazo en el que volcó el contenido de la lata y con el poco gas que había en una garrafa, dejó que se fuera calentando el gulash sobre la debil llama. Ese tiempo lo aprovechó para sacar del armario de su oficina un fonógrafo a cuerda y un disco de pasta, su preferido, el de Zarah Leander por la cual tenía una profunda admiración desde que la conoció personalmente durante una reunión de artistas en el hotel. Zara Leander fue la cantante y actriz que tomó el lugar de Marlene Dietrich y Greta Garbo cuando ambas dejaron Alemania para radicarse en los Estados Unidos pero nunca llegó a tener la sensualidad ni la belleza de las dos divas. Incorporó un carro volcado en el suelo, le quitó el polvo y acomodó el fonógrafo, el plato de gulash, los cubiertos de plata con las iniciales del hotel, la copa, la botella de vino y se dirigió al gran salón comedor. Las dos hojas de la puerta de acceso estaban atascadas por el desprendimiento de la mampostería pero empujando con el hombro, logró abrir una de ellas. Probablemente ese salón fue el más afectado por una densa capa de polvo gris que cubría manteles, sillones y las dos enormes arañas de cristal de bohemia que milagrosamente se mantenían aferradas al cielorraso descascarado. Cuando comenzó a oscurecer, Hans ya había servido la mesa y se disponía a cenar. Descorchó la botella y aspiró el aroma del corcho para comprobar que el vino estuviera en buen estado, luego dejó caer en la copa aquel caldo dorado que estuvo durmiendo durante 17 años y tras percibir su fragancia, bebió un sorbo. Giró la manivela para darle cuerda a la victrola, apoyó el pick up sobre el disco de la Deutsche Gramaphon l y un coro casi angelical acompañado por una gran orquesta, daban pie para que la voz grave, casi masculina de Zarah Leander comenzara cantando: „Ich Weiß Es Wird Einmal Ein Wunder Geschehen und dan werden Tausen Märschen war „ (4)
En medio de aquella ensoñación, Hans Niemeier no se inmutó por el ulular de las sirenas antiaereas ante un nuevo e inminente ataque aereo y siguió disfrutando apaciblemente de su última cena.
Leyenda:
(1)
Lindenzimmer
era el nombre de una de los tantos salones del hotel. |