A Walter Gómez le costó mucho sacrificio juntar el dinero  para comprar un pasaje a Montevideo. Había llegado a Barcelona dos años antes, gracias a que sus abuelos eran gallegos y eso le permitió obtener la ciudadanía española para poder emigrar de su paisito, como le dicen cariñosamente al Uruguay, porque allí,  las cosas no iban bien.

Quería visitar a los suyos, a sus amigos y respirar por lo menos durante un mes, ese aroma a leña y brasas que flota en el aire de la ciudad cuando asan carnes, chorizos, pamplonas (1) y chotos (2).

La nómina de fin de mes le recordaba su magro sueldo de camarero que debía repartir entre el alquiler de un piso que compartía entre dos sudamericanos y un marroquí, la T-50(3) para el metro, el móvil y el dinero que giraba religiosamente a su familia todos los meses por la Western Union. Del resto, que apenas le alcanzaba para vivir, ya que comía en el trabajo una vez por día, apartó unos Euros para poder comprar el billete de avión.  

La agencia de turismo le había ofrecido el pasaje más barato para satisfacer sus deseos, claro que debía ajustarse a una serie de requisitos y restricciones, entre las cuales figuraba el trasbordo en Buenos Aires y luego  de una espera de cinco horas, conexión a Montevideo. Pero lo más dramático de esta travesía, era que la tarifa no incluía comida a bordo y a los pasajeros no le servían durante las  15 horas que duraba el vuelo, ni una aceituna. Eso era lo más doloroso del  precio que debía pagar, pero como todos los sudamericanos, acostumbrados a las penurias y sacrificios, hizo de tripas, corazón y decidió afrontar el reto.

Poco antes de partir hacia el aeropuerto, se preparó un par de bocadillos con jamón del país y los envolvió prolijamente en papel de metal. Llenó un taper(4) con una ensalada de papas aderezada con mayonesa que compró en el Plus(5) y acto seguido, dispuso de todo lo necesario para tomar mate durante el viaje.

Por el nerviosismo que genera casi siempre un acontecimiento de esta naturaleza, olvidó almorzar y tomó el tren rumbo al aeropuerto del Prat, prácticamente en ayunas.

Cuando puso su pasaje y pasaporte sobre el mostrador de la compañía, lo primero que recibió como respuesta fue el anuncio de que la partida se había retrasado cinco horas porque el Airbús estaba demorado en Tenerife a causa del mal tiempo. ¿ Que podía hacer ante este imprevisto, más que tomarlo con  resignación?. Despachó su equipaje y mantuvo consigo la mochila y su set de mate para la cabina. Intentó  elegir el asiento pero solo quedaban disponibles los del medio, donde uno se siente como el jamón del sándwich, así que le daba lo mismo el que le  asignaran.

Como prefería esperar en la zona de pre embarque donde tendría tiempo suficiente para recorrer varias veces las vidrieras de las elegantes tiendas, se colocó en  la cola para el control del equipaje de mano. Cuando su mochila y el set de mate pasaron por la máquina de rayos X, el guardia civil que estaba frente al monitor de televisión le hizo una seña imperceptible a su compañero.

- ¿ Que lleva aquí?.- Preguntó el policía señalando el estuche de cuero.

- Es un set de mate donde tengo la yerba, el mate, la bombilla y el termo con agua caliente.

- Ábralo y coloque las cosas sobre la mesa. - Fue la orden tajante.

Walter lo abrió y distribuyó los componentes que emplean los uruguayos para el ancestral ritual matero.

- ¿Que es esto? .- Volvió a preguntar el policía mientras hacía rodar entre sus dedos la bombilla de metal engarzada con un pequeño escudo del Uruguay.

- La bombilla para tomar mate.- Le respondió inocentemente.

- Abra ese recipiente.- Ya el tono era de un superior a un soldado raso.

Cuando Walter mostró el interior del envase repleto de yerba mate, al policía se le movió el  tupido bigote hacia un costado.

- Acompáñeme, señor.- Ya el trato era de policía a delincuente, traficante de droga.

- ¿Pero, porque?.- Protestó tímidamente Walter.

- Ya se lo explicarán en la comisaría.  

A pesar de las cinco horas  que tenía por delante para abordar el vuelo, estuvo a punto de perderlo  a causa de la demora  y explicaciones que tuvo que dar al superior policial, para convencerlo de que no llevaba marihuana ni droga semejante y demostrarle que eso era yerba mate y que si quería más explicación, que consultara la página www.histioriacocina.com  para que saliera de la duda. Pero no pudo evitar que le secuestraran la bombilla, ya que a bordo del avión, podía ser utilizada como arma con la que podía amenazar a algún miembro de la tripulación en un posible acto de secuestro, pero que se quedara tranquilo porque al  llegar a destino, la azafata se la devolvería.

El contratiempo lo dejó agotado y después de meter a presión su mochila en el compartimento superior del asiento 32 B, se sentó entre una señora mayor y una nenita de un matrimonio con dos hijos que ocupaban la fila contigua de dos asientos.

Ya en vuelo y privado de su mate por falta de bombilla, se entretuvo leyendo la revista de la aerolínea que en una de sus páginas  ilustraba una nota sobre las exquisitas carnes que ofrecían las parrillas y restaurantes de Buenos Aires. Sintió como su estómago empezada a producir extraños ruidos que la anciana a su lado, confundió con alguna flatulencia. 

Las  auxiliares de abordo comenzaron a repartir un folleto en el que  la compañía aérea ofrecía su excelente servicio de comidas en la clase turista.

Con esa maldita costumbre de tutear a la gente  como si fueran parientes o amigos del usuario y con la hipocresía que marcan las reglas del marketing, el titular rezaba: Tu restaurante a bordo. Tú eliges. Claro, tú eliges si pagas y por tratarse de la menospreciada clase turista, los precios eran propios de un asaltante de caminos. Esta propuesta gastronómica era acompañada con la proyección de un vídeo en el cual se invitaba a disfrutar de nuestra variedad caliente compuesta por una entrada de pollo al curry con arroz y una ensalada Isabel. Todo ello acompañado de postre, café. Para beber, puedes optar por vino o cualquiera otra bebida en lata a tu elección. Y seguidamente el infartante precio.

No quiso gastar un solo céntimo en comida ni bebida, porque el dinero que llevaba le alcanzaría para pasar las vacaciones ajustadamente, así que bajó su mochila del portaequipaje y sacó uno de los dos bocadillos que se había preparado. Cuando se disponía a comerlo, la azafata lo interrumpió.

- Señor, no se puede comer a bordo de este avión.

- Pero tengo hambre y no pienso comprar ningún menú.- Respondió Walter, agarrando fuertemente el bocatta (6).

- Lo lamento, pero son las disposiciones del Convenio de Varsovia, que prohiben terminantemente que los pasajeros coman alimentos que no sean provistos por la línea aérea.

- Pero es un simple bocadillo de jamón.- Decía suplicante, Walter.

- Señor, la responsabilidad del transportista por  muerte, lesiones o cualquier otro daño corporal como puede ser una intoxicación por ingerir alimentos en mal estado, sufrido por el viajero, está limitada por la ley de Navegación Aérea en su artículo 117.- Dicho esto, le quitó el bocadillo y agregó.- Además, el papel metálico interfiere con el instrumental de vuelo.

Walter acusó la mirada de los pasajeros que tenía a su alrededor como si se tratara de un terrorista islámico.

Mientras la señora mayor pidió un Breakfast menú  que era lo más económico del restaurante de a bordo, la niña que tenía a su derecha,   compartía con el resto de la familia, el contenido de un Cold Meal Menú.

Los efectos del hambre empezaron a  hacer estragos en Walter y prefirió esperar hasta que comenzara la proyección de la película y que menguara la actividad en los pasillos para llevarse la ensalada de papas y  el segundo bocadillo,  al baño. En la mitad de la película donde irónicamente se jugaban escenas de una comida pantagruélica  en plena corte del Luis XIV, Walter aprovechó para sacar la comida de su mochila  y disimuladamente se metió en el baño asegurándose con el pasador, que nadie pudiera interrumpirlo. Se sentó sobre el inodoro, apoyó el recipiente con la ensalada sobre el lavabo y quitándole nerviosamente el papel metálico al segundo bocadillo, se dispuso a disfrutar lo que para él, era un manjar de los dioses. Cuando abrió la boca para pegarle el mordisco, sorpresivamente comenzó a sonar una alarma  que lo inmovilizó sin saber si había accionado involuntariamente algún botón o si había realizado alguna falsa maniobra que provocara tal escándalo. Inmediatamente alguien golpeó la puerta con insistencia y Walter no tuvo más remedio que abrir.

- ¿ Señor, otra vez usted?.- Era la azafata que le había secuestrado el bocadillo.- Le dije que está prohibido comer alimentos no provistos por la compañía aérea.

Walter la miraba atónito mientras una loncha de jamón del bocatta que sostenía en la mano,  caía al suelo.

- Afortunadamente, la alarma en el techo. – Y señalaba con el pulgar extendido hacia arriba. – Se acciona al captar el aroma de cualquier producto comestible. – Y quitándole el bocadillo de la mano e incautándole la ensalada de papas, lo obligó a regresar a su asiento.  

Había transcurrido la mitad del viaje y la gente dormía en la penumbra de la cabina donde solo se escuchaba el sonido ahogado de las turbinas. Entonces Walter se levantó y agazapado como un gato, se deslizó hasta el lugar donde se estacionan los carros que llevan las bandejas de comida y trató de abrir alguno con la esperanza de encontrar restos de pollo al curry en alguna bandeja o un poco de queso untable dejado por algún un pasajero inapetente,  cuando lo sorprendió la azafata de turno.

- ¿ Que está haciendo, señor? .- Le preguntó sorprendida la insensible auxiliar de vuelo que no entendía  que el pobre Walter estaba cagado de hambre.

- Estoy buscando algo para comer, tengo hambre, no comí en todo el día.  El pobre, lloriqueaba mientras se le deslizaban algunas  lágrimas por las cuencas moradas de sus ojos que acusaban su estado de debilidad.

- ¡Señor, vuelva a su asiento!.- Le ordenó la sargentona de la azafata.- Y deje de hacer el ridículo.

- Pero tengo hambre... quiero comer algo.- Imploraba.

- Hubiera viajado por una compañía con el servicio de  cátering en el costo del billete. Aquí tiene que pagar si quiere comer.

Como si sus antepasados Charruas, aquellos que se comieron a Solís cuando lo invitaron a bajar del barco en las costas del Río de la Plata, se le hubieran agolpado en su cuerpo, cogió un cuchillo de plástico que había en  una de las  bandejas y se abalanzó sobre la mujer tomándola del cuello, amenazándola con degollarla si no le daba de comer. La víctima comenzó a gritar mientras Walter, que era un pan de Dios, la quería hacer callar y no se atrevía a clavarle el instrumento cortante de tan modesta cubertería. Por supuesto que ante tal revuelo apareció el resto del personal para reducirlo y ajenos a sus súplicas, terminaron maniatándolo con los cinturones de seguridad que utilizan las auxiliares para hacer la demostración antes de iniciarse el vuelo.

Ya habían pasado catorce horas,  cuando el avión estaba cruzando la frontera de Brasil con Argentina y sobre  la izquierda, en el horizonte se veía el hermoso espectáculo del amanecer mientras muchos de los pasajeros que ya habían despertado, se disponían a  gastar unos pesos en el Servicio de desayuno compuesto de zumo de naranja, un brioche de jamón y queso, café o infusión, yogur y galletas Oreo.

Walter, dormía en el último asiento más  que por el estrés de lo sucedido, por debilidad como consecuencia del ayuno. 

De pronto surgió  la voz del piloto.

- Buenos días señores pasajeros,  les habla el comandante Javier Pedroza  para comunicarles que por razones gremiales, los controladores aéreos de los aeropuertos argentinos en solidaridad con sus compañeros uruguayos, se han plegado a un  paro de actividades en reclamo de mejoras salariales por tiempo indeterminado. Por esta razón, nos vemos obligados a desviarnos para buscar un aeropuerto alternativo  en territorio brasileño. Los tendremos informados. Muchas gracias y disfruten de esta hermosa vista sobre territorio argentino, que nos brinda el amanecer, acompañados de un buen desayuno.

Los comentarios y reclamaciones surgieron inmediatamente teniendo en cuenta los contratiempos que esta medida de emergencia ocasionaba al pasaje. Pero Walter, solo llegó a escuchar algo del desayuno sin entender el resto del comunicado. El pobre yacía inmovilizado, acurrucado en el rincón con la cabeza apoyada sobre la ventanilla que por su estado, apenas podía distinguir el ala en fuga cuando el avión comenzó a inclinarse para dirigirse a Brasil, vía Uruguay.

No habían pasado veinte minutos cuando el avión empezó a sacudirse y de pronto se escuchó una fuerte explosión que inquietó al pasaje. Fue entonces cuando la voz de una de las auxiliares de abordo trató de calmarlos.

- Su atención por favor, por razones técnicas, le rogamos que vuelva a sus asientos y ajusten sus cinturones.

El nerviosismo creció aceleradamente ante aquella orden y un pasajero advirtió que de  la turbina izquierda salía una densa columna de humo entre las cuales se asomaban esporádicamente, algunas llamas. Si bien nadie se levantó, comenzaron a escucharse gritos y voces de alarma que fueron acalladas rápidamente cuando habló el comandante.

- Su atención por favor, les habla nuevamente el comandante. Estamos en una emergencia y les pedimos que mantengan la calma. Uno de los motores se está incendiando y ante la imposibilidad de llegar al aeropuerto de Porto Alegre, intentaremos un aterrizaje de emergencia sobre una carretera.

Walter, con la poca fuerza que le quedaba, reclamaba en un hilo de voz algo de comida como su última voluntad,  ante la posibilidad de que el avión se estrellara en medio del campo.

Pero la maniobra que intentaría el piloto no era descabellada porque la ruta 9, que une Punta del Este con el Chuy, es decir, con la frontera brasileña, en el tramo próximo a la Coronilla,  se ensancha  considerablemente para convertirse en una pista de aterrizaje de emergencia.

Los pocos pobladores de la zona no podían creer lo que estaban viendo, las vacas que pastaban serenamente, empezaron a correr despavoridas  en todas las direcciones  y los perros ladrando,  corrían detrás del Airbus       A 310-300 que tocaba tierra con violencia,  mientras las ruedas empezaban a echar  humo por el intenso recalentamiento que produjo la frenada  sobre el asfalto de la ruta.

Inmediatamente se abrieron todas las puertas, se inflaron los toboganes y sin hacer mucho caso a las instrucciones de emergencia  que figuran en las cartillas que están en el bolsillo posterior de los  asientos,  los pasajeros salieron en absoluto desorden y en cuanto llegaban al piso se echaban a correr para alejarse del avión ante el peligro de una explosión de la turbina incendiada.

Mientras esperaban la llegada de los auxilios,  la gente de los alrededores se sumó a los pasajeros para observar desde una distancia prudencial, como el humo se hacía cada vez más denso mientras el fuego comenzaba a propagarse por debajo del ala. 

Un paisano que tomaba mate, mientras tenía aprisionando debajo del brazo el termo con agua caliente, creyó ver en la última ventanilla del avión, algo así como un movimiento, como si  alguien se asomara y fue entonces, cuando la azafata se puso pálida de horror y llevándose la mano al bolsillo, sacó la bombilla que debía entregarle a Walter cuando llegaran a destino.

Varios integrantes de la tripulación intentaron acercarse al avión con intención de rescatar a Walter pero inesperadamente se produjo una terrible explosión  cuya onda expansiva los arrojo contra el suelo. Ya nada se podía hacer porque las llamas habían tomado el fuselaje que lo iba consumiendo rápidamente. Sin embargo, uno de los tripulantes creyó haber escuchado la voz de una persona antes del estallido,  que desde el interior de la nave,  pedía desesperadamente... algo de comer.  


1:  Los chotos están hechos con los intestinos del cordero( chinculin ) que envuelven un trozo de tripa gorda ( otra parte del intestino) , también del cordero. 

2: , La  pamplona puede ser de pollo o de cerdo. Es como un matambre chiquito que lleva carne de pollo o cerdo, rellenas con jamón dulce, queso, aceituna, morrón y puede llevar panceta. Hay que adobarlo, va envuelto por fuera con tripa de cerdo y se ata con una red o con hilo de cometa o similar.  

3: T-50: Tarjeta válida para realizar 50 viajes en metro, tren o bus, durante 30 días. 

4: Taper: Abreviatura de Taper Ware, marca comercial que popularizó los recipientes herméticos de plástico. 

5: Plus: Cadena de supermercados de origen alemán que vende sus productos con marca propia a precios sumamente bajos y es frecuentado mayormente por inmigrantes. 

6: Bocatta: Nombre en catalán del bocadillo

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