EL JURADO
Relato de Miguel Krebs
Enero 2008
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Don Ramiro Balaguer abrió la puerta de su tienda a la negra Eusebia que chorreaba agua por los cuatro costados y mientras la esclava dejaba huellas de barro sobre el piso de ladrillo lustrado - motivo de recriminación por parte de su amo - logró apoyar el caldero de plata sobre un banco de madera. - Don Ramiro, usted ve como está lloviendo y por las calles es imposible caminar.- Se defendió la muchacha. - Está bien…está bien, pero límpiame el piso y vete ya a casa, que mi mujer ha de estar esperándote para que le sirvas el almuerzo. Yo me encargo del locro. Y agarrando el cazo entró a la trastienda donde Don Belisario Fuentes y Don Gregorio García Muñoz conversaban animadamente sobre las últimas novedades publicadas en el Telégrafo Mercantil (1). - Caballeros, aquí llega el locro tan esperado de la gorda Ramona.- Y colocándolo en medio de la mesa donde estaban preparados tres tazones fabricados en la Real Fábrica del Buen Retiro, los invitados a tan íntimo y sencillo banquete, se aprestaron a degustarlo no sin antes hacer algunos comentarios. - Veamos que tan bueno es este locro que tanto ha pregonado Don Ramiro.- Dijo Don Belisario mientras anudaba alrededor del cuello un paño a modo de servilleta. - En la recova está también el negro Chupita que hace unas empanadas de papa, queso y cebolla que son espectaculares pero los otros días, me cayeron fatal. El boticario me dio unas sales para que se me quitara el ardor de estómago y me dijo que no comiera esas porquerías que vaya uno a saber con que grasa añeja y rancia las fríen. - Pues señores, ya mismo se están comiendo este suculento locro que agradecerán vuestros estómagos. - Dijo Don Ramiro terminando de llenar el tazón de Don Gregorio. Se hizo un silencio gastronómico donde solo se escuchaba el sonido opaco de la cuchara que chocaba contra el tazón de loza talaverana, amortiguada por el potaje denso de maíz blanco, tripa gorda y zapallo criollo. - ¿Y, que tal, sabroso verdad? - Preguntó con la certeza de que sus invitados iban a elogiar tan exquisito manduque. - Si…no está mal. - Opinó Don Gregorio García Muñoz. - Pero lo encuentro un poco soso…yo le agregaría una pizca de sal. -Sabe Don Ramiro. - Agregó Don Belisario - Yo le hubiera agregado rocoto (2) para darle un toque de sabor más intenso, lo encuentro algo desabrido. Creo que le falta cuerpo pero de todas maneras, de textura está muy bien. - Y al tiempo que se quitaba con la servilleta un hilo de cebolla verde que se le había quedado en el labio inferior, preguntó.- ¿Y hablando de comer, han pensado quien se va a encargar de preparar la comida para el banquete que el Cabildo le va a dar a Monseñor Benito de Lue y Riega? - Está claro que deberá ser Monsieur Ramón.- Fue la contundente respuesta de Don Gregorio. - Un momento caballero, en mi opinión la persona más indicada para preparar el banquete es Juan Bonfillo. - Afirmó Don Belisario. - ¿El de la fonda de los Tres Reyes? - Preguntó Don Ramiro. - ¿Usted conoce a alguien más que se llame Bonfillo y cocine? - No, pero ese lo único que sabe cocinar son huevos y tocino y de allí no lo saque porque le da un soponcio. Yo apuesto por Doña Clara, la inglesa que hace una chanfaina que no tiene parangón.
La discusión siguió regada de vino Carlón traído de Mendoza y rebanadas de pan que en aquella época era muy caro porque pesaba sobre él un fuerte impuesto establecido por el Cabildo. En cuanto al nombre de los personajes a los que hacen referencia cada uno de los protagonistas, bien podrían ser considerados como los precursores de la restauración en gastronomía rioplatense. Monsieur Ramón, fue un cocinero francés que además de tener su propio restaurante, fue el primer “delíveri” de Buenos Aires, ya que preparaba comidas para enviar a domicilio, pero su nombre era conocido porque enseñaba a cocinar a las esclavas de las familias nobles y “gente de razón”, para tener en sus casas, sus propias cocineras. Juan Bonfillo fue un genovés que instaló una fonda a finales del siglo XVIII llamada de Los Tres Reyes y fue tanta su popularidad que la calle Santo Cristo – hoy 25 de mayo – se la conocía como calle de Los Tres Reyes. La tercera de las personas mencionadas fue Doña Clara la inglesa, un personaje con un historial bastante negro ya que fue una de las protagonistas del amotinamiento del buque prisión inglés Lady Shore en 1797, amarrado en el cabo de Buena Esperanza junto a una escuadra británica y que según cuenta la leyenda, durante la revuelta, la muchacha “degolló con sus propias manos al capitán del barco”. Estos eran los tres candidatos a preparar la gran cena en honor a Monseñor Benito de Lue y Riega que fuera obispo de Buenos Aires desde 1803. - Si me lo permiten, haré una sugerencia.- Dijo Don Gregorio García Muñoz mientras escanciaba otro poco de Carlón en el único vaso que había sobre la mesa (3), creando un pequeño suspenso. - Propongo que se forme un jurado para determinar quien será el encargado de preparar la comida en homenaje al prelado. - ¿Como sería eso Don Gregorio? -. Preguntó con gran curiosidad Don Ramiro. - Muy sencillo, hacemos competir a los tres candidatos y un jurado determinará quien es el ganador que tendrá el privilegio de preparar la comida para tan magno acontecimiento. -¿Y quienes formarían ese jurado? -.Volvió a preguntar Don Ramiro. La respuesta no se hizo esperar. - ¡Nosotros, por supuesto! - La pucha, eso sí que me gusta. -Afirmó Don Belisario- Pero vamos a pecar de parcialidad porque cada uno tiene su candidato como acabamos de manifestarlo hace un momento. Don Gregorio sacó del interior de su chaqueta una cigarrera y convidó a sus amigos, aunque ninguno aceptó. -¿Les molesta si fumo? - No, no, de ninguna manera, adelante. - Autorizó el dueño de casa esperando que continúe con la propuesta que se mantuvo nuevamente en suspenso mientras acercaba un palillo a la llama del candil y encendía su cigarro. - En primer lugar los tres competidores deberán elegir al azar un número del uno al tres sin que nosotros sepamos a quien le corresponde cada cual. Ese número que estará señalado sobre las fuentes en que se servirá la comida, será el que identifique a su cocinero y servirá para que el jurado haga su valoración teniendo en cuenta su presentación, sabor y demás cualidades culinarias. Además, nosotros no estaremos presentes cuando pongan la comida sobre la mesa. Habrá un encargado de organizarla y que nos hará pasar al comedor cuando ya todo esté servido. Lo único que debemos hacer, es comer, beber, anotar el puntaje que merece cada uno de los platos que será del uno al cinco como máxima puntuación y emitir el fallo. Don Ramiro Balaguer consultó la hora en su reloj de bolsillo Breguet, porque el plazo de la siesta porteña estaba por expirar y se aproximaba el momento de abrir la tienda. - ¿Y que pediremos de comer? - Los competidores deberán preparar la misma comida en base al menú que nosotros propongamos, de esa manera nos permitirá cotejar sus sabores. - Pues hagamos ya una lista de lo que podríamos pedir, ¿no les parece? - Apuró Don Belisario Fuentes. - ¿Que tal si empezamos con… unas perdices al escabeche? - ¿Y si abrimos con unas empanadas tucumanas y después seguimos con las perdices? - Agregó Don Gregorio al que ya se le notaba un hilito de saliva en la comisura de los labios. - Me gusta la propuesta, es más, yo propondría continuar con unas patitas de cerdo acompañadas de un vino a la vela.(4) - Completó Don Ramiro. - - Tengo entendido que a Monseñor le apetece el puchero de carne. - Acotó nuevamente Don Gregorio. - Aunque antes podríamos servir un chupe de gallina. ¿Que les parece? Al final de la tertulia convinieron en presentar el proyecto de jurado y la propuesta del menú a las autoridades del Cabildo, encargados de financiar el evento. El día 27 de junio de 1806 Buenos Aires había amanecido frío y lluvioso. A las tres de la tarde, hora en que la gente de pro solía almorzar, un funcionario del Cabildo designado por el Virrey, había dispuesto todo para que los primeros platos estuvieran en la mesa de acuerdo al reglamento. Don Ramiro Balaguer, Gregorio García Muñoz y Belisario Fuentes, con la autoridad que les confería el Cabildo como integrantes del jurado, se disponían a entrar al salón en cuya mesa estaban dispuestas tres fuentes con perdices en escabeche, otra con empanadas y una tercera con patitas de chancho. - Caballeros.- dijo Don Ramiro mientras invitaba a los demás a sentarse alrededor de una mesa redonda cubierta con un mantel de puntilla.- Ha llegado el momento de juzgar las cualidades culinarias de los mejores cocineros de Buenos Aires. Don Belisario Fuentes tomó asiento al igual que los demás y propuso rezar antes de comenzar el manduque en agradecimiento al Altísimo por tan noble acontecimiento. Hubo un profundo silencio, todos entrelazaron sus dedos y bajaron la cabeza en acción de humildad y mientras cada uno agradecía al Señor con su voz interior, un extraño y lejano rumor distrajo levemente al jurado. Continuaron con el rezo pero aquel sonido difuso fue tomando forma musical. Don Belisario abrió un ojo para escrutar al resto del jurado y se encontró que los demás hacían lo mismo.
- ¿Oyen ese sonido chillón, como desafinado? - Preguntó Don Ramiro. - Que extraño y viene de la calle.- Agregó Don Gregorio al tiempo que se levantaba para abrir los postigos de la ventana mientras Don Belisario Fuentes no resistió la tentación de agarrar una empanada. Aquello fue creciendo en intensidad hasta convertirse en una masa sonora compacta producida por las gaitas del regimiento 71 de Highlanders que entraba a la ciudad de Buenos Aires, precediendo a un ejército de 1.600 soldados al mando del general inglés William Carr, vizconde de Beresford. Detenidos próximos a las puertas del fuerte en la plaza mayor, el general inglés había enviado a un oficial con una bandera de parlamento para exigir su rendición. Este acontecimiento no perturbó la misión que se le había encomendado al jurado e ignorando el griterío de la gente mezclado con el penetrante sonido de las gaitas, iniciaron su examen gastronómico con acabada responsabilidad profesional. Transcurridas algunas horas, hartos de comida y vino, el jurado levantó la sesión y mientras don Ramiro profirió un sonoro eructo que hizo templar las llamas de las velas de un candelabro y Don Gregorio escarbaba con un palillo entre sus dientes los restos de la carbonara, Don Belisario Fuentes terminó la redacción del acta ligeramente manchada con salpicaduras de grasa, en la cual se dejaba constancia de que hasta tanto no quedara clara la confusa situación que se estaba viviendo en el virreinato no se iba a emitir el fallo final.
(1) Primer diario editado en el Río de la Plata. (2) Guindilla picante originaria del Perú. (3) Era costumbre en aquella época, servir el vino en un solo vaso del cual bebían todos. (4) Vino a la vela, llamado así por la capa delgada que cubre al vino durante la fermentación biológica. En realidad es una mala traducción del francés vin du voile ya que lo correcto sería llamarlo “vino de velo”
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