FRANCISCO MARTÍNEZ MONTIÑO: UNA HISTORIA DE AMOR EN LA CORTE DE FELIPE II

 Relato de Miguel Krebs
Marzo 2009

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Cuando se removieron los escombros de algunas iglesias y conventos en Madrid, después de los bombardeos de 1936, salieron a la luz una serie de documentos que las mismas autoridades eclesiásticas ignoraban que se encontraban enterrados en sus propios terrenos y precisamente uno de ellos tiene relación con la cocina y sus protagonistas vinculados al arte manducatorio. El relato que sigue a continuación es una trascripción del original un tanto maquillada gramaticalmente porque, como es bien sabido, leer el castellano antiguo tiene sus dificultades.

Para ubicar históricamente al protagonista de esta historia debo recordarles que  Francisco Martínez Montiño, como muchos saben, fue Cocinero Mayor del Rey Felipe II pero lo que casi todos ignoran es acerca del apasionado romance que mantuvo en secreto con Leonor Sáenz Valiente.

Cuando Francisco conoció a Leonor la pobre lucía un aspecto miserable a causa de su anorexia combativa, trastorno de la conducta alimentaria contraída en solidaridad con los hambrientos campesinos que no tenían bocado para llevarse a la boca, arruinados además por las malas cosechas y epidemias, circunstancia que se reitera con frecuencia a lo largo de  la historia de España. 

Leonor tenía 17 años y era hija única de don Federico Sáenz Valiente y  Salcedo más conocido en la corte como el Marqués de Portillo, viudo, descendiente de una familia conversa que habitó las juderías de Granada y hombre de gran fortuna dedicado, como sus antepasados, a prestar dinero al estado y a la nobleza, actividad que le permitía mantener buenas relaciones con los más encumbrados personajes de la época. En el caso concreto de Felipe II, el socorro financiero hizo posible solventar los gastos ocasionados por la guerra en Flandes, contra los turcos y su avance en el Mediterráneo o los protestantes que habían copado gran parte de Inglaterra, Francia, Alemania y los Países Bajos.

En definitiva la actividad del Marqués de Portillo no era distinta a la de los demás prestamistas de su época, como los  Fugger y los Wesler, poderosas familias alemanas; como los genoveses Benedetto y Agostino Fornari,  Agostino y Nicolo Grimaldi o como la del  florentino Filipo Gualtteroti.

Por supuesto que su condición de converso se mantuvo en el más absoluto secreto, para no tener que rendirle cuentas al Santo Tribunal de la Inquisición, que buscaba a impuros de sangre y herejes  hasta debajo de los maderos.

Como Leonor estaba en edad de merecer, su padre se preocupó en buscarle un esposo que reuniera las condiciones necesarias para satisfacer sus caprichos y buen pasar al que estaba acostumbrada, pero que además le permitiera a él mismo incrementar y expandir su riqueza.

Claro que las condiciones físicas en que se encontraba Leonor no eran precisamente las ideales para atraer la atención de un candidato, ya que la pobre presentaba un aspecto lamentable con aquella piel blanca y fina de un papel de seda que dejaba transparentar su osamenta como para estudiar anatomía al tacto.

Ni los médicos reales ni los boticarios a los que podía acceder, dada su proximidad con el rey, dieron en el clavo y la famélica Leonor seguía consumiéndose, día tras día, bordeando las orillas de la muerte.

En esta preocupación estaban padre, amigos y servidumbre cuando una de las doncellas que integraba el séquito de la esposa de Felipe II,  la reina Ana de Austria, le comentó a Don Federico que había escuchado comentarios elogiosos acerca de Francisco Martínez Montiño, cocinero Mayor del rey, el cual era capaz de levantar a un muerto con sus exquisitas preparaciones, razón por la cual se le tenía alta estima en la corte.

Su súplica no se hizo esperar y Felipe II ordenó  que el cocinero se instalara por un tiempo en el castillo que el Marqués de Portillo tenía en las afueras de la villa para tratar de prepararle platos atractivos y sustanciosos que le pudieran devolver las energías y buen aspecto a su hija.

Una mañana, Francisco Martínez Montiño entró en los aposentos de Leonor Sáenz Valiente y Salcedo acompañado por el Marques de Portillo, dos criadas de su hija y el médico real. El cocinero se detuvo ante el lecho de la famélica para observarla y corroborar los dichos del galeno y pronto percibió que debajo de ese aspecto lamentable y cadavérico subyacía la enorme belleza de una criatura encantadora.

- Leonor – la llamó el cocinero en voz muy baja, casi susurrando – Soy Francisco,  el cocinero del rey. ¿Que le apetecería comer?

La muchacha apenas tuvo fuerzas para levantar los párpados y la luz del sol que penetraba entre las cortinas del alto ventanal  hirieron sus ojos verdes que a Francisco le recordaban el color de la albahaca fresca en una mañana de rocío.

- Nada… solo quiero dormir.

- Le prepararé un plato de pisto aunque solo sea para olerlo.

Leonor hizo un imperceptible gesto de afirmación, como para que la dejaran tranquila, mientras el cocinero tomando al médico del brazo salió de la habitación.

- Por mi experiencia – dijo Montiño en voz baja – le hará bien tomar lo que yo denomino una sustancia para enfermos, una especie de caldo, que en este caso sugeriría que fuera de carnero, poco…muy poco, como para abrirle el apetito, que por lo visto lo tiene cerrado con un candado y luego un pisto aromático con los mejores calabacines, pimientos y cebollas del huerto de su majestad.

- Ya hemos intentado suministrarle distintas comidas pero las ha rechazado todas – respondió el médico del rey.

- Vamos a intentarlo una vez más, confíe en mí.

Había transcurrido una hora y media cuando volvieron a entrar en la habitación de Leonor las dos criadas, una de las cuales  llevaba en una bandeja de plata un tazón de humeante caldo de res, una cazuela de colorido pisto, que desprendía un combinado aroma de verduras recién recogidas de la huerta real,   acompañados de dos cucharas  colocadas sobre una servilleta impecablemente blanca y en un ángulo de la bandeja descansaba una rosa dentro de un  pequeño florero de Murano. La dejó sobre el bufetillo próximo al lecho y entre ambas incorporaron a Leonor, colocándole una almohada a su espalda.

Francisco Martínez Montiño entró sin que las doncellas percibieran su presencia y observó a Leonor en silencio, tratando de penetrar en su mente para que comiera, para que abandonara la inútil resistencia de rechazar cualquier alimento. Cogió el tazón,  se sentó  en el  borde de la cama y recogiendo  con la cuchara un poco de caldo se la acercó a la boca para que percibiera su delicado aroma. Leonor aun con los ojos cerrados sintió la presencia del cocinero y como si de una orden se tratara, abrió lentamente la boca para tragar después de meses, su primera colación.

Fue una extraña sensación el paso del caldo por la faringe, el esófago y por fin al estómago, como si un chorro de energía invadiera todo su cuerpo. Hubo una segunda, una tercera cucharada y a la cuarta abrió los ojos para enfrentarse con el relajado rostro de Francisco que le sonreía asintiendo con un leve gesto de aprobación.

- Solo esto ha de probar y otro tanto de pisto – le dijo en voz calma mientras dejaba el tazón sobre la bandeja y cogía la cazuela.

Como una niña obediente, Leonor volvió a abrir la boca para degustar su segundo plato y una de las doncellas limpió con la servilleta sus labios que dejó marcados con el tinte rojo del pimentón.

- ¿Cree que podremos intentarlo nuevamente en la cena?

- Creo que sí.- respondió como si el esfuerzo de volver a comer la cansara.

- Entonces  volveré esta noche con otro plato para que recobre fuerzas.

En las semanas siguientes Leonor fue recuperando paulatinamente su aspecto normal, rozagante y alegre, confirmando lo que Francisco había percibido la primera vez que la vio y era su radiante belleza, sus finos y delicados  rasgos que la convertían en una verdadera princesa de leyenda.

Todo en aquella mansión volvió a sus cauces normales de actividad, el Marqués de Portillo al verla animada volvió a la carga con su proyecto de casarla con un pretendiente que, ahora sí, vería en ella a una joven hermosa y atractiva con cualidades suficientes como – con el tiempo tal vez - enamorarse de ella ya que por el momento esa unión no dejaba de ser otro contrato comercial al que estaba acostumbrado.

Pero lo que el Marqués ignoraba fue que durante el tiempo que llevó la convalecencia surgió entre la muchacha y el cocinero una profunda y apasionada relación amorosa, alimentada por los excelentes guisos y asados que Francisco se prodigaba  en cocinarle, haciendo alarde de los mejores platos de su repertorio gastronómico. 

Leonor como llevada por el hechizo de los aromas, que fluían de ollas y calderos, en las que su amante preparaba sus potajes, comenzó a lucir adiposas redondeces en lo más saliente de su anatomía. Es que Francisco Montiño admiraba aquellas mujeres exuberantes, como las Venus de Tintoretto  o El Verones, e incluso pulposas, como la Danae de Tiziano o Correggio, muchachas bien entradas en carnes como para poder cogerlas de  sus sobresalientes hechuras.

- Dime que me amas – le decía Francisco en un rincón de la cocina mientras tentaba a Leonor con un muslo de codorniz al escabeche muy cerca de su boca.

- Amarte es decir poco – respondió ella con dulzura antes de quitarle la presa de un mordisco.

- Pues entonces huyamos antes de que tu padre concrete tu matrimonio con el Duque.

- ¿Y dejarás  de servir al rey nuestro señor? – dijo Leonor mientras terminaba de chupar el huesito.

- Hay más cocineros en la corte que pueden satisfacer el apetito de Felipe.

- No puedo hacerle eso a mi padre, entiéndeme, te amo pero no podría humillarlo delante de toda la corte, abandonándolo como una bastarda, dejándolo en ridículo.

- Dile la verdad, confiésale nuestro amor, que nos queremos casar.

Leonor se apartó un momento de los brazos de Francisco para cortar un trozo de pan y hundirlo en la salsa del estofado de ciervo al estragón con higos y trufas que bullía en el caldero.

- Humm… esto está de muerte mi amor.

Francisco se acercó a Leonor cogiéndola por detrás para acariciarle suavemente sus exuberantes pechos mientras le besaba el lóbulo de la oreja.

- Dime Francisco - dijo mientras chupaba la salsa del pan - ¿como haces para que tus guisos sean tan apetecibles, tan exquisitos, para que todo lo que  cocinas sea tan irresistible?

- Tu eres mi musa inspiradora – mientras trabajosamente trataba de llevar sus manos debajo de la pesada falda para acariciar aquellos muslos que el mismo se había encargado de modelar – Vuelco en cada plato todo el amor que siento por ti.

La escena se vio inesperadamente interrumpida cuando una de sus doncellas se asomó por la puerta de la cocina y con cierto rubor, disimulando no haber visto nada, carraspeó. 

- Señorita Leonor, su padre la está buscando, dice que tiene algo importante que comunicarle.

Leonor se acomodó rápidamente la falda y limpiándose la boca con un paño se dirigió a la salida argumentando un  pretexto.

- El guiso sabe muy bien  Francisco,  aunque para mi gusto le faltaría un toque de sal.  – y salió apresuradamente de la cocina.

Don Federico Sáenz Valiente y Salcedo abrazó a su hija y luego de besarla en la frente la cogió de un brazo dispuesto a caminar con ella por el parque de acacias, encinas y quejigos para comunicarle su decisión de casarla.

- Leonor, ya has cumplido 17 años, eres una muchacha sana, fuerte, hermosa  y considero que estás en edad de casarte y de darle a tu padre la alegría de convertirlo en abuelo. Probablemente pensarás que es una actitud un tanto egoísta de mi parte pero sabes bien que solo quiero tu felicidad y alguna alegría para mí en los años que me quedan.

- ¿Pero padre, que apuro hay en casarme?

El Marqués de Portillo se detuvo un momento para recoger una bellota y luego continuaron la marcha mientras la hacía girar entre sus dedos.

- Hija mía, tu vives en un mundo de aparente normalidad, sin preocupaciones ni necesidades pero allí afuera las cosas son muy distintas, estamos viviendo tiempos duros, preocupantes, amenazados por una guerra de religiones y de estados con un futuro incierto, como lo es nuestro destino. Quiero que tengas un porvenir asegurado para cuando yo no esté y eso será si te casas con el hombre adecuado.

- Pero padre, ni siquiera conozco al hombre que has elegido para mi, no se como es, no lo amo.

- No te preocupes, eso vendrá luego, ya tendrás tiempo para conocerlo y amarlo. Confía en tu padre que sabe lo que hace, el Conde de Cetrángolo estará aquí en diez días para pedir tu mano y lo celebraremos con una gran fiesta.

Leonor estuvo a punto de decirle que ella solo amaba a Francisco y sus Memoria de los mostachones, con ese punto exacto de cocción, aquellos huevos rellenos con canela y azúcar o el gigote de San Isidro con salsa prebada, pero sería inútil porque su padre no consentiría la relación con un plebeyo por más cocinero mayor de su majestad que fuera, así que la figura de Cipriano Valdez y Comillas, Duque de Cetrángolo se interpuso como una cuña entre los dos amantes.

Entre los tantos encuentros fugaces que solían tener los amantes, el último resultó ser fatal. Ocurrió cuando Francisco estaba preparando la cena y Leonor como lo hacía casi todas las tardes, con la excusa de probar alguna de las preparaciones, iba en busca de besos y caricias intercalados con algún bocado que el cocinero ponía en su boca para que le diera su opinión.

- Prueba esto mi amor – le decía Francisco mientras Leonor cogía con sus labios un pequeño trozo tibio de fruta abrillantada que paladeó detenidamente.

- Es exquisito, nunca lo había probado – y poniendo sus manos sobre las nalgas del cocinero lo aprisionó contra su cuerpo y lo besó apasionadamente, como si  lo que acababa de comer tuviera un efecto afrodisíaco -¿Qué es? – su pregunta era ambigua estando tan pegados uno al otro como para percibir cualquier volumen sobresaliente de sus cuerpos.

Francisco que era pulcro y cuidadoso en la cocina, celoso de la limpieza y el orden no resistió el embate de su amada y tirando al suelo de un manotazo todo lo que había sobre la mesada la sentó sobre ella mientras le levantaba la gruesa  falda morada de terciopelo con bordados de oro y antes de acometerla le respondió:

- Algo que acabo de experimentar, membrillo al horno.

No llegó a concretar su cometido porque en ese momento entró don Federico Sáenz Valiente para hablar con su cocinero acerca de la recepción que quería brindarle al Duque de Cetrángolo, pero ante los hechos, furibundo y fuera de sí, cogió un cuchillo que todavía hacía equilibrio en el borde de la mesada dispuesto a carnearlo, pero Leonor se interpuso entre ambos.

- ¡Padre…¡no!…¡no cometas una locura!

El Marques atenazando con la mano izquierda el cuello de Francisco, que estaba más blanco que callo de vaca, forcejeaba con Leonor que a duras penas trataba de evitar que con la otra le cortara el gaznate.

- ¡Hijo puta! Te haré picadillo… ¡Mal nacido!, abusando de mi hija…mi pobre niña. – Y las venas de los ojos se le hinchaban, rojas, a punto de estallar.

- ¡Detente padre!….Francisco no tiene la culpa, estamos enamorados, nos queremos desde hace mucho tiempo.

Don Federico se contuvo aunque sin digerir muy bien las palabras de Leonor.

- ¿Qué dices, enamorada de este pinche de cocina, de este friehuevos?

- Francisco me salvó la vida con sus platos, ¿no lo recuerdas padre?

- Eso no le da derecho a mancillar tu honra ni la mía y de esto informaré inmediatamente al rey.

Cogiéndola de un brazo trató de abandonar la cocina pero Leonor se zafó y le franqueó la salida cerrando la puerta.

- No le dirás nada al rey de lo que ha ocurrido aquí.

- ¿Como te atreves a enfrentarte a tu padre? – bramó el Marqués.

- ¡Por que lo amo y quiero casarme con él! – y sus ojos se humedecieron como si estuviera pelando cebollas.

- Estás loca, estás poseída por el demonio, hechizada por algún condumio que te ha cocina este hijo del infierno.

Todo fue inútil, a pesar de las súplicas y lágrimas de la joven, su padre la sacó a la rastra de la cocina y fue la última vez que los amantes se vieron.

Francisco Martínez Montiño volvió a las cocinas del Escorial para continuar cocinando para Felipe II, que no le hizo ningún reproche, pero nunca más supo nada  de su amada Leonor Sáenz Valiente y Salcedo que según la crónica del padre Abelardo Turrejo, confesor de Federico Sáenz Valiente, Marqués de Portillo, falleció de anorexia en el Convento de San Clemente en Toledo tres meses más tarde de ser enclaustrada por orden de su padre.

Curiosamente, en este convento se elaboró por primera vez el Pan de maza o mazapán toledano en el siglo XII como único alimento ante el asedio árabe y muy apreciado por otro cocinero del siglo XV, Ruperto de Nola, cocinero mayor del rey Fernando I de Nápoles, quien recomendaba el mazapán como alimento para los enfermos que perdían las ganas de comer, aunque su receta original llevaba pechuga de pollo desmenuzada mezclada con almendras y azúcar.

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