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Esta historia por extraña que parezca, me la contó el cocinero de una clínica de Barcelona, que durante muchos años fue considerada como uno de los centros de salud más destacados de Cataluña, pero por turbios manejos en las finanzas, su fama comenzó a decaer, las instalaciones se fueron desmantelando hasta convertirse en un establecimiento más, para la internación y convalecencia de gente mayor. En su etapa de renovación se construyó en el abandonado subsuelo del edificio, una nueva cocina con moderno equipamiento que permitía abastecer holgadamente la comida para los pacientes internados, el hospital de día y la cafetería que era frecuentada por enfermeras, médicos y público en general. Por las mañanas había dos cocineros que además de preparar las comidas de un variado menú, ordenaban el almacén y acomodaban en las cámaras de conservación el género que traían los proveedores. Una de ellas era la que mantenía frescas las frutas y verduras; la segunda, las carnes, caldos y salsas; en la tercera se conservaban los lácteos y embutidos. Pero más al fondo había una cámara de congelación que trabajaba a 23 grados bajo cero donde se guarda todo tipo de género perecedero. En las últimas semanas se había percibido en esa cámara un olor extraño y en cierta manera desagradable, como si algo estuviera en mal estado. El jefe de cocina y su ayudante se pusieron en la tarea de revisar los productos y trasladarlos a la antecámara para lavar a fondo estantes y rincones con una solución desinfectante. Progresivamente el olor volvió y no había explicación ni motivo para que se originara el mismo. Por segunda vez y ahora con la ayuda de un tercer cocinero que entraba a cumplir su turno antes de que se retiraran sus compañeros, desalojaron totalmente la cámara congeladora, la apagaron para examinarla a fondo y volvieron a lavarla pero no encontraron carnes, pescados ni verduras que causaran tan desagradable olor. Este problema continuó en forma esporádica, es decir que por algunos días desaparecía y luego volvía a invadir la cámara. El gerente de la empresa gastronómica encargada de la cocina, llamó a los técnicos que habían instalado aquellos equipos para que determinaran el motivo del problema. En algún momento se especuló con un posible escape de gas refrigerante pero tampoco pudieron solucionarlo de manera que se vieron obligados a convivir con ese aroma desagradable que aparecía y desaparecía sin ninguna razón. La cocina tenía además, personal encargado de preparar los carros térmicos con las comidas y meriendas que trasladaban a las distintas plantas, que en su mayoría eran mujeres. También operaban la cinta para el lavado de la vajilla y cubertería, además de emplatar la comida. A las nueve de la noche plegaba el cocinero del turno de la tarde mientras que el resto del personal continuaba hasta las once, dejando todo limpio y preparado para el día siguiente. Una noche, después de terminar su faena, María se dirigió a la parada del Nit bus que la dejaba cerca de su casa y en el trayecto, se dio cuenta que había olvidado su móvil y como en los dos próximos días le correspondía fiesta, decidió volver a la clínica para recuperarlo. Cuando entró en el área de lavado para buscar el teléfono que había quedado sobre un estante, percibió en el ambiente un fuerte olor a tabaco. Era obvio que en la cocina no se podía fumar y en la penumbra del salón, hizo una breve recorrida para investigar si alguien se encontraba allí, pero no vio a nadie. Dio media vuelta ya para salir, cuando escuchó risas y voces pero que no podía determinar claramente de donde provenían. - ¡Hola!. ¿Hay alguien allí? -. Preguntó en voz alta. De pronto se hizo silencio y María, un tanto intrigada, avanzó entre la cocina de ocho fuegos y la pica, hasta llegar al cuarto frío donde se preparan las ensaladas. Miró a través de la puerta vaivén de grueso plástico transparente, pero la encontró vacía. Se cruzó hasta el cuarto de enfrente donde se preparan las carnes y tampoco encontró a nadie. Probablemente aquellas voces bajaban por el hueco del montacargas que daba a la cafetería donde algunas enfermeras del turno de la noche se encontraban cenando. María no insistió más y salió de la cocina para subir las escaleras que daban al hall central, pero encontró la puerta cerrada. Insistió varias veces empujándola y accionando la barra horizontal que hacía las veces de picaporte dado que eran cerramientos especiales para casos de incendio, pero fue inútil, no consiguió abrirla. Volvió sobre sus pasos y apretó los botones para llamar a cualquiera de los dos ascensores que estaban frente a la puerta atascada, pero tampoco respondieron. María comenzó a inquietarse porque se había metido en un rollo absurdo por culpa de un estúpido olvido. No apareció ninguno de los dos y ya fastidiada, decidió caminar hasta los otros ascensores que eran más antiguos y estaban ubicados en la otra punta del edificio por lo que debía rodear prácticamente todo el perímetro de la clínica a través de un largo corredor subterráneo con paredes de ladrillos carcomidos e iluminado con bombillas mortecinas colgadas del techo abovedado que apenas dejaba algunos centímetros libres sobre la cabeza de una persona de estatura normal. Era lo más parecido al corredor que desembocaba en la arena del circo romano. La clínica fue construida en los años 20 y muchas partes del edificio habían sido remodelados. Se anularon trayectos y surgieron pasadizos que en algunos tramos daban a otros corredores más angostos y a su vez se conectaban con un tercero formando una suerte de laberinto que terminaba en una sala donde se arrumbaban muebles metálicos de un consultorio abandonado. En cambio, un sucucho hacía las veces de un improvisado taller de mantenimiento y era posible encontrar entre tantos vericuetos, algún depósito de objetos y aparatos médicos fuera de uso. Mientras María caminaba hacia el final del pasillo, sintió nuevamente las voces, ahora a su espalda, y eso empezó a inquietarla quizá por el ámbito que transitaba. Asoció el lugar con alguna película de terror y apuró el paso pero con la sensación de que nunca llegaba a destino. Como sintió que las voces aumentaban seguramente por la acústica del corredor, se metió en uno de los pasillos transversales y quiso detenerse para esperar a que alguien pasara por allí, pero tropezó con una botella de vidrio cubierta de polvo que rodó ruidosamente sobre el piso de cemento. Las voces se apagaron nuevamente y hubo un largo silencio donde María, apoyada contra la pared, sintió como su corazón latía con mayor frecuencia y hasta creyó oírlo. Su frente se humedeció y se secó con los dedos la transpiración debajo de la nariz. Aguardó unos minutos y se asomó al pasillo para ver si había alguien. Estaba despejado. Entonces apresuradamente continuó el camino hasta llegar a los dos ascensores de puertas verdes que estaban en un hueco al final del corredor y oprimió con insistencia la tecla para llamarlos, pero la luz de las flechas que apuntaban hacia arriba y hacia abajo, no se encendieron. María recordó entonces, que cuando la antigua cocina funcionaba en la quinta planta, ella en más de una oportunidad, había quedado encerrada en alguno de aquellos destartalados ascensores junto con los carros térmicos que tenían que distribuir por las plantas y si bien, algunas veces pedía auxilio haciendo sonar la alarma, otras compañeras suyas se desesperaban por que eran claustrofóbicas. Pero ahora la cosa era bien distinta. Debía hallar una salida que la llevara hasta el hall central pero no la encontraba y seguramente habría alguna que ella desconocía porqué en su trabajo, cumplía la rutina de subir por el ascensor que estaba próximo a la cocina o por la escalera cercana al vestuario de mujeres. Por un momento insistió oprimiendo los botones y maldiciendo al personal de mantenimiento del edificio pero finalmente optó por hacer el recorrido de regreso, no sin la aprensión que le imponía ese lugar bastante lúgubre. Cuando hubo recorrido la mitad del trayecto hacia la cocina donde pretendía pedir auxilio por teléfono al personal de seguridad, creyó distinguir a lo lejos del mal iluminado corredor, a un enfermero que venía hacia ella empujando una camilla vacía. Estuvo a punto de llamarlo para pedirle ayuda cuando escuchó el sonido apagado de su móvil dentro de la mochila. Era su marido. - Sí, dime José..... Pues que me he olvidado el móvil en la cocina, volví para cogerlo y me quedé encerrada aquí. Hace media hora que estoy tratando de salir, pero los putos ascensores no funcionan y la puerta que da a la salida, está atascada. Hola... ¡hola!. Me cago en la leche –. Y miraba la pantalla del teléfono –No tiene cobertura. Claro, estando metida en este agujero no sé ni como llegó a sonar el móvil. Lo guardó y continuó caminando hacia la salida pero había perdido de vista al de la camilla que seguramente desapareció por algún pasillo lateral. Al entrar en la cocina que estaba en penumbra, percibió nuevamente el olor a tabaco y escuchó el accionar de una puerta en el sector de las cámaras del fondo. María se asustó y ocultándose detrás de un armario metálico, vio salir a un enfermero que estuvo iluminado brevemente por la luz que provenía de la cámara congeladora hasta que la puerta se cerró y en medio de la oscuridad se retiró de la cocina. A esta altura de los acontecimientos, a María todavía le quedaban ganas de curiosear, de manera que fue decididamente hacia la cámara y la abrió. Pegó un grito corto y agudo al ver en la antecámara, una camilla sobre la que yacía un cadáver cubierto con una sábana. Inmediatamente se abrió la puerta principal y salió un enfermero que vestía una gruesa cazadora térmica. - ¿ Quién es usted? –. Preguntó sorprendido el hombre que con su cuerpo ocultaba parcialmente otro cadáver sentado en una silla de ruedas entre las cajas apiladas de menestra imperial y guisantes medianos. María quedó con la boca abierta mientras su aliento se convertía en vapor producido por el intenso frío. Y reaccionó. - Yo trabajo aquí y vine a buscar mi móvil que dejé olvidado. ¿Pero que hacen estos muertos aquí adentro? - Se lo voy a explicar -. El enfermero se restregó las manos y se las llevó a la boca para insuflarle un poco de calor -. Hace dos meses se nos rompió el refrigerador de la morgue y como todavía no han venido a repararlo, la dirección sugirió que provisoriamente los guardemos en esta cámara dentro del horario que no funciona la cocina. El problema es que mientras los familiares no los vienen a retirar, durante el día tenemos que dejarlos en la morgue y usted sabe, los abuelos se nos descongelan y empiezan a largar un leve tufillo, así que por las noches los volvemos a traer aquí. No lo comente con nadie pero la orden -. Mientras hacía un gesto con el pulgar extendido hacia el techo –. viene de arriba. Ambos salieron de la cámara, el hombre cerró la puerta y se detuvo para encender un cigarrillo. María que estaba cruzando la cocina para salir, percibió el olor a tabaco y dándose media vuelta, lo encaró al enfermero. - ¡Oiga! ¿Que hace usted?. ¿No sabe que por razones de higiene, aquí está prohibido fumar?.
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