Historia gastronómica en épocas de peste

Historia de la alimentación en épocas de la peste 

A mis amigas Clara María González de Amezúa y Sandra Jiménez Osorio con afecto.

Carlos Azcoytia

El decir que la medicina progresó gracias, o por desgracia, a los muertos que fueron dejando a sus espaldas no es una temeridad afirmarlo, no es la primera vez que lo digo, y la prueba la tenemos con el coronavirus que actualmente atemoriza a todos, cerrando fronteras u ordenando un toque de queda en ciudades de millones de impotentes habitantes, dejados a su suerte por unas autoridades, que no saben qué hacer frente a una pandemia, ni conocen, al día de hoy, de donde proviene. Algo parecido ocurrió durante cientos de años con la peste que dejó más de doscientos millones de personas muertas y donde los galenos o médicos daban palos de ciego, prescribiendo desde sangrías hasta dietas, que más dejaban exhaustos a los pobres desgraciados que padecían la enfermedad y así otras enfermedades, tales como el mal de la rosa, comer almortas, etc.

En el caso de la peste, motivo de este trabajo, encontré un librito, fechado en 1756, titulado ‘Systema physico-médico político de la peste, su preservación y curación para el uso e instrucción de las diputaciones de sanidad de este reyno’, escrito por Juan Díaz Salgado, que fue catedrático de medicina en la universidad de Valladolid y médico del gobernador y cabildo de la ciudad, que en su libro, entre otras cosas, recomienda el régimen dietético que debe seguirse con los apestados o la forma de prevenirla con ayuda de la alimentación, todo un despropósito dividido en 16 recomendaciones, que resumiré más adelante, porque algunas no tienen desperdicio.

En primer lugar creo conveniente hacer un extracto puntualizando sobre qué se consideraba peste y los motivos de su expansión para aquellos médicos y poder entender, de otra forma sería imposible, la patología de la enfermedad y la forma como se extendía, para entender el concepto que se tenía de ella.

La definición que se hacía era la siguiente: “Se llama peste a una enfermedad muy aguda común, epidémica, mortal y contagiosa en grado excelente: se dice muy aguda por su vehemencia y celeridad suma; común, porque la padecen muchos al mismo tiempo: epidémica, para distinguirse de las enfermedades comunes a un lugar, provincia o reino: mortal, porque en brevísimo tiempo acaba con los que la padecen: y finalmente contagiosa en excelente grado, porque se comunica por contacto y por otros medios.

A veces es causa de la peste el aire inficionado por los hálitos podridos que despiden los lugares cenagosos.

También lo pueden ser los hálitos de los cadáveres que quedan al descubierto después de una gran batalla, como igualmente los que despide el pescado arrojado por el mar en gran cantidad y podrido en la playa; el comer alimentos podridos; y finalmente el tocar alguna cosa apestada, o inmediatamente con nuestro cuerpo, o con nuestros vestidos, ya sea la ropa del enfermo, la madera de su cama, el suelo, las paredes y todo lo que pueda servir para adorno u otro fin en la pieza en que esté, porque todo puede recibir y retener la semilla del contagio a excepción del metal.

Aunque soplen continuamente los vientos, no deja la peste de explicar a veces su malignidad, bien que esta se puede mitigar o suprimir del todo si hay vientos saludables, como se observa todos los años en Egipto, cuando corren los vientos septentrionales.

Las causas internas de la peste que disponen a los individuos para recibirla, son la plenitud de sangre, la robustez, las obstrucciones que consisten en humores crasos y la humedad demasiada.

Es muy notable que se suela anunciar la peste futura cesando todas las enfermedades antes de que se sienta: como si la peste las llamase para hacerlas concurrir al mismo tiempo a sus estragos. Necesita esta algún tiempo para llegar a su mayor grado de malignidad, y en este intermedio suele durar la suspensión de las demás enfermedades.

De muchas maneras se comienza a manifestar la peste: en unos con frio muy intenso; en otros con un calor extraordinario; en otros con nauseas, vómitos, vigilias, sudores fríos, ansias y congojas: en unos aparece la orina natural, en otros muy fétida, negra y crasa; notándose en esta enfermedad todas las diferencias de orinas que señala Hipócrates en sus pronósticos: el pulso unas veces es natural, otras acelerado, desigual e intermitente. Son señales propias de peste los carbuncos y bubones, especialmente en las ingles, sobacos y detrás de las orejas, aunque no siempre aparecen.

A mi ver, es una propiedad de este mal el olor fétido y cadavérico que despiden los enfermos, y el color del semblante que desdice mucho del natural”.

Si bien los síntomas estaban bien definidos no lo eran las causas, de ahí la necesidad de precaverse de ella y se tomaran las medidas ineludibles para que no se expandiera y que estaban regladas de la siguiente forma:

Las providencias que se debían de tomar en los lugares marítimos, para precaverse de la peste.

Todos los puertos tenían una junta de sanidad, compuesta por médicos en su mayor parte, que deberían estar informados si en los puertos extranjeros, tanto cercanos como distantes, había alguna enfermedad donde muriera mucha población de ambos sexos. los cuales, los componentes de la junta de sanidad, si dictaminaran que era peste lo que allí se producía, dispondrían que nadie  se acercara, ni desembarcaran aquellos marinos que procedieran de dicho, o dichos lugares, sin poder bajar ningún tipo de género de mercadería, obligándoles a que se retiraran mar a dentro. En el caso que hubieran desembarcado sin permiso, por negligencia de las autoridades portuarias, se debían rodear sus tripulantes sin tocarlos, y a sus mercaderías, solicitándoles las patentes y fe de sanidad, y si se tuviera recelo se debería hacer la cuarentena correspondiente, salvo en el caso de que las mercaderías procedían de un puerto infectado, en cuyo caso se les debía ordenar salir de inmediato con la carga incluida, dejándolos a su suerte en altamar.

Todos los barcos debían ser examinados por la diputación de sanidad, sin entrar en él, pidiéndoles las patentes, y exigiendo que todos los marinos subieran a bordo, sin ocultar a ninguno, bajo pena de muerte, para ser examinados desde el barco de sanidad, desde dicha nave observarían los semblantes por si hubiera alguno con signos de enfermedad. En caso de que alguno hubiera muerto se preguntará el motivo de su muerte, no permitiendo saltar a tierra a la tripulación hasta haber pasado la cuarentena. Hace una especial mención a lo siguiente: “Los buques de corso, u otros que hubiesen apresado o tratado con embarcaciones de turcos o moros, estarán obligados a hacer la cuarentena, porque los musulmanes comunican sin temor con los apestados, y usan de sus vestidos en que está la semilla de la peste, fundados en el fatalismo necio, de que, si no está de Dios, no se han de morir”.

Profilaxis de la peste en villas, ciudades o lugares.

Aunque pueda parecer paradójico la primera recomendación que se hacía era, cito textualmente: “Bueno es rogar a Dios que nos liberte de este azote; pero las rogativas y penitencias públicas no son convenientes en tiempo de peste, porque en ellas se junta mucha gente, y si hay algunos tocados del contagio, le podrán comunicar a otros muchos que toquen con sus vestidos: por esto se ha de tener el mayor cuidado en evitar el contacto con los apestados, sin miramiento ni respeto a persona ninguna, porque hay experiencia que la blandura y atención a ciertas personas calificadas ha causado muchos daños”.

Seguía con las siguientes recomendaciones nada más saber que se había declarado la peste en otra ciudad, diciendo que se debía mandar dar un pregón para que ninguna persona que viniera del lugar infectado entrara en la ciudad bajo graves penas, igualmente se prohibía que ningún habitante fuera o tratara con otro de aquella ciudad bajo pena de muerte.

Dar orden de averiguar si algún vecino había admitido forasteros que no hubieran sido registrados por la autoridad.

Si el pueblo o ciudad tenía muralla o cerca sólo deberían abrirse las puertas precisas, poniendo guardias de distinción y vida reglada en ellas, los cuales no dejarían entrar a nadie sin testimonio, firmado por los escribanos o del cura de la comarca del pueblo de donde vinieren, certificando que habían morado en dicha población al menos en el último mes, debiendo ser conocida dichas firmas por los funcionarios dado que, otras veces, hubo engaños, contagiándose las peste por venir la enfermedad en las ropas o las mercaderías, algo que ocurrió en el año 1597 en Madrid donde hubo un principio de peste y se mandaron enterrar unos cadáveres afectado por la peste, pero los sepultureros les quitaron o robaron los vestidos a aquellos desdichados cadáveres y donde el Conde de Miranda, Presidente del Consejo, los mandó ahorcar en castigo. Siguiendo con este paréntesis veo interesante hacer mención a la peste que se desató en Murcia sobre 1645 y como para evitar que se contagiase a Madrid, se cerró poniendo en sus accesos un regidor, un vecino de Madrid, un escribano y un alguacil que no permitían entrar a nadie, blindándose contra la enfermedad. No así ocurrió en Sevilla, de donde saltó la epidemia (aconsejo leer el trabajo que tenemos dedicado a este hecho) que puso centinelas lejos de la ciudad.

Los que tuvieran que salir de la ciudad por negocios a su hacienda se les advertirían, bajo graves penas, que no admitirían en sus cortijos, viviendas o caserías a ningún forastero o nadie que viniera que parajes sospechosos, ya que no era la primera vez que fuera motivo de introducir la peste en la ciudad.

En las puertas de la ciudad debería estar siempre las mismas personas y un escribano para evitar que entraran personas no conocidas que introdujeran mercancías secretas que podían ser motivo de peste.

Igualmente debía haber en cada puerta de la ciudad una o dos personas honradas, en presencia del escribano que vieran y tocaran los abastos de la ciudad de trigo, cebada, leña, paja, etc., después de averiguar su procedencia.

Era conveniente proveer con tiempo de pan, carne, aves, vino y otros alimentos, prohibiendo venderlo a forasteros, ya que si llegara a escasear habría mucha dificultad de traerlo de fuera.

Se ordenaba que ningún médico, boticario o sangrador saliera de la ciudad sin permiso de la Junta de Sanidad, ni aún visitar enfermos fuera de la ciudad.

Igualmente se daban las siguientes órdenes: “Luego que se tema el daño, se formará una junta de sanidad de los principales del pueblo, desinteresados de tratos y comercios gananciales, caritativos y magnánimos para ejecutar con resolución la materia que les toque. Visitarán los médicos con cuidado á los enfermos para observar la calidad de las enfermedades, y cotejar sus señales con las que traen los autores médicos que traten de peste, á ver si convienen con ellas, y de todo darán cuenta diariamente á la junta. Esta dicha junta ha de tener dinero de fundaciones, obras pías, arcas de haciendas, depósitos, etc. porque la sanidad pública es primero que todo: y hay experiencia de que por falta de arbitrios no se puede disponer un hospital con la presteza que se requiere, y esta dilación expone la ciudad á mayores daños.

Se nombrará un médico por diputado de las carnicerías para que en compañía de la justicia vea y declare si la carne es de buena calidad, á fin de permitir su consumo: estando mala se arrojará, y no se admitirá la mortecina que traigan de los campos, aunque al parecer no esté corrompida por los muchos daños que ha causado: y aun será mejor no permitir que entre sino la caza fresca. Lo mismo se hará con las frutas examinando de donde vienen, y el testimonio que traigan firmado del cura, alcalde ó corregidor y escribano del pueblo de donde vengan, y pasarán al reconocimiento de firmas por el escribano de la puerta, y después de aprobado, se verá la fruta, que no siendo buena, se arrojará á donde ninguno pueda comerla. En materia de pescados hay diferencia de opiniones: la mía es, que ninguno es bueno en la peste, sino dañoso, tanto el fresco, como el curado y añejo; y por eso se quitan las cuaresmas en semejante tiempo. Si se permite algún pescado, sea con orden del médico que aconseje el modo de conservarlo, y el lugar donde se ha de vender, y que los residuos de las lavaduras tengan vertiente para que no se estanquen en las plazas ó calles”.

Se nombrarían uno o dos diputados que deberían visitar todas las noches mesones y posadas para saber los hospedados que tenían, cuando llegaron y de donde venían penados con severos castigos en caso de haber mentido, tanto a los hosteleros como al hospedado.

Otro diputado rondaría las cercanías del pueblo para informarse quién había dormido, bebido y comido en ellas, inspeccionando las camas de los dichos huéspedes, las cuales debían estar con mucha limpieza, advirtiendo que no se acogiera a nadie que viniera enfermo o con mal olor. Por último se aconsejaba que todo pueblo amenazado de la peste se proveyera de bastante nieve por ser uno de los mayores remedios para precaverla y curarla.

De lo que debía hacerse con los primeros enfermos o cuando se declarara la peste.

Una vez se reconociera por un galeno un primer enfermo tenía la obligación este de dar cuenta a la justicia y a la junta de sanidad para que con la mayor cautela se mantuviera en secreto, tan sólo debían saberlo aquellos autorizados, para que no cundiera el terror entre los vecinos, ya que según las autoridades y los médicos: “el miedo facilita la propagación de la peste, ó produce otras enfermedades peligrosas”.

Resulta curioso que la peste tenía tratamiento dependiendo del estatus del paciente y así, o de este modo, se recomendaba lo siguiente: “Si el enfermo es rico, se le apartará de la comunicación de su familia en aposento retirado con su cama sola: se le dará una criada que le asista, y otra que sea la cocinera á bastante distancia, y sin que se comunique una con otra: se pondrán uno ó dos guardas en la puerta y calle de su casa, para que no se permita entrar á persona alguna á visitarle y tratar con él.

Si  fuere pobre, se pondrá en el hospital en sala aparte, señalándole enfermero, médico y cirujano, que entiendan en su curación con todo recato, y si resultare algún contagio que se extienda á cuatro o seis enfermos, es preciso publicarlo en el pueblo, porque de no saberlo, ó dudarlo, nace que los vecinos no traten de su remedio , dilatándolo para cuando no le tenga, como se ha experimentado con algunas pestes, por no haberse ausentado con tiempo á lugar distante de la ciudad ó pueblo infestado”.

Aconsejaban que todos los vecinos de las ciudades o pueblos, excepto aquellos que fueran necesarios para la asistencia corporal o espiritual, fueran informados por algún médico acreditado sobre la peste, aunque fueran pocos los enfermos, salieran de inmediato del lugar apestado a otro lugar sano, a una distancia mínima de diez leguas y con la idea de no volver en muchos meses, o hasta tener constancia de que el lugar estaba sano y sin ningún enfermo de peste y que las calles, casas y hospitales estaban purificados.

Otra observación interesante es: “Fuera de que los que se ausentan son regalones, perezosos, inútiles para trabajar y tratar del gobierno de la república y del hospital; y desahogada de ellos la ciudad queda menos gente en que se encienda el fuego, y si se mueren muchos, siempre quedan vivos los ausentes para volver á poblar la ciudad. De esta ausencia resulta otra ventaja, pues siendo menos la gente en el pueblo estarán más baratos los bastimentos”.

Sobre el personal sanitario se hacía la siguiente observación: “Se nombrará inmediatamente un médico docto y caritativo que asista á curar en el hospital, y un cirujano de las mismas calidades, dos barberos, un boticario rico y ajustado que lleve al hospital todas las medicinas necesarias, capellán, confesores y enfermeros, notificando a todos bajo de graves penas que no entren en el pueblo ni de día ni de noche, ni traten ni comercien con persona de él, porque se han observado grandes daños, causados por la falta de observancia en este punto”.

Se debía remunerar a tales facultativos generosamente y por adelantado para tenerlos contentos, debiendo darles lo que pidieran, “porque no hay dinero con que pagar á los que con valor se entran en medio de tal peligro”, añadiendo más adelante: “Para quitarles todo motivo y pretexto de salir á sus casas se dará á todos ración de regalo y de sustento sobrado”.

Se le concedía al médico la jefatura absoluta con el fin de que les obedecieran de forma puntual los cirujanos, barberos y enfermeros.

Se destinarían diferentes cuartos o sitios separando los enfermos según su gravedad, situando a los moribundos y los desahuciados en un sitio y los que tenían posibilidades de curación en otro con la finalidad de que no volvieran a infeccionarse y para que no vieran morir a los otros a su lado “de que resulta un terror que junto con la enfermedad es sobrada causa para morirse”.

En el caso de crecer el número de enfermos debería aumentarse el de enfermeros, siendo de uno por cada treinta o cuarenta de ellos que debían acompañar el médico y al cirujano, tomando nota por escrito de sus órdenes, dándoles igualmente la comida y limpieza a los enfermos.

Aparece una nueva figura, la del velador o sepulturero, cuya misión era la de enterrar a aquellos que morían, los cuales debían sacar a los difuntos con presteza y llevarlos a la sepultura o carnero para evitar el horror y daño psicológico de los  vivos, para lo cual debía ser una fosa común muy profunda y separada a cierta distancia de los enfermos, debiendo echar dos espuertas de cal viva por cada cuerpo sepultado.

Este o estos veladores debían quemar al momento la ropa y el colchón del difunto para evitar el contagio de los nuevos enfermos que ocuparían dicha plaza.

Mientras existieran enfermos de peste en el hospital deberían hacerse frecuentes sahumerios de yerbas de buen olor o hogueras con combustible que diera mucha llama “pues no hay cosa más eficaz que el fuego para consumir cualesquiera hálitos”.

Se nombrarían diputados por parroquias o barrios para que averiguaran todos los días los enfermos que hubieran en su distrito para remitirlos con toda la brevedad al hospital en sillas cómodas.

Como podía haber enfermos no apestados a estos no se llevarían al hospital con una declaración del médico del pueblo y no se recibirían del médico del hospital que mandaría al enfermo a otro hospital dispuesto para otras enfermedades.

Si el enfermo estaba apestado se quemaría inmediatamente su ropa y muebles de madera en el campo a la vista de algún diputado, igualmente se procedería de la misma forma con la ropa, vestidos, paños y cualquier cosa que de hallara en la vivienda del apretado, por lo que se aconsejaba, para no tener tanta pérdida, no tener más que lo conciso en tiempos de peste, incluidas la joyas que no fueran de metal.

Se hacía esta advertencia: “No porque un pueblo se vea apestado ha de descuidar en los guardas de puertas y campo, antes debe manifestar mayor vigilancia, lo primero, para que no salga del pueblo persona que comunique contagio á otro; lo segundo, para que no entren de fuera á exponerse á contagio, y lo tercero, para no permitir que se saque ropa apestada á titulo de libertarla de la justicia”.

Cuando una ciudad tenía gran número de muertos se aconsejaba enterrarlos fuera de la ciudad para evitar las consecuencias de la putrefacción y sus inconvenientes sanitarios. Se hacía la salvedad de poder enterar a los apestados en iglesias o capillas, indicando que estas deberían tener la sepultura muy profunda y hacer el entierro sin dilación.

Los diputados de barrio visitarían a los pobres sanos y enfermos para proveerles de lo necesario, a los sanos para que no se vieran obligados a mendigar por las calles y a los enfermos para que no les faltara el alimento.

En las épocas de contagio o cuando amenazara era conveniente encender hogueras en las plazas y calles a donde debería concurrir mucha gente, ya que se pensaba que purificaba el aire, aconsejando quemar enebro, romero y otras plantas aromáticas, debiendo hacer lo mismo en las casas particulares.

Había que limpiar las calles todos los días y si hubiera algún trapo o ropa entre la inmundicia, especialmente en las calles donde habitara un enfermo se debería quemar.

Las tiendas donde se vendieran ropas o sastrerías no debían comprarla para su venta sin primero dar parte a la justicia.

En todo el tiempo que durara la peste se prohibían las procesiones que fueran de penitencia por miedo a los contagios.

Se prohibía mudarse de casa por el por el peligro de mover las ropa de una vivienda a otra.

Se pediría licencia a la iglesia para poder comer carne todos los días del año y se trataría, si la ciudad tiene fondos  hacer un hospital fuera del casco urbano ya que pensaban que si estaba bien ventilado era más sano siendo obligatorio hacer una cuarentena a los convalecientes y una vez recuperados era obligación de entrar en la población con ropa y calzado limpio y nuevo.

Cuando la peste ni Dios perdonaba a los clérigos de la enfermedad

Si había sospecha de que un párroco estaba infectado debería hacer cuarentena en su casa sin salir, los días que el médico determinara, hasta que quedara libre de toda sospecha.

El sacerdote que debía asistir a los apestados se pondría en manos de Dios para que cuidara de su salud, resuelto a quedar muerto a cada instante antes de faltar al socorro de las almas siguiendo las siguientes precauciones: 1.- Cuando confesara a algún enfermo debería separarse algo de la cama. 2.- Hiciera caso al médico para preverse del contagio. 3.- Vistiera ropa corta, que apenas cubrieran las rodillas y muy ceñidos. 4.- En sus ministerios no debería vestir capa pluvial, sino sobre pelliza y estola. 5.- Llevaría tasadas las hostias para suministrar el viático, sin que tuviera que volver el sacerdote a la iglesia desde la casa del enfermo, como era costumbre. 6.- se quedarían en la puerta del aposento o de la enfermería los que acompañaban a Santísimo, entrando tan sólo el acólito y aquellos que ya estaban dentro. 7.- Los sacerdotes que asistieran a los hospitales de apestados o sospechosos de ello deberían abstenerse de toda comunicación y ponerse en peligro de contagio, sólo cumpliendo con su ministerio. 8.- En el caso de disponer de muchos sacerdotes se destinarían no a cada cometido, dar el viático, confesar, etc., pero con separación, de modo que unos asistan a los apestados y otros distintos a los sospechosos de tener peste.

Precauciones que debía que usar el sacerdote que administraba los Sacramentos.

Siendo España un país fundamentalista con la obligación de ser católicos y donde la iglesia imponía la religión y sus costumbres me veo en la obligación de trascribir los consejos que se daban no para salvar almas, sino el salvar a los sacerdotes, para sacar conclusiones sobre la forma de precaverse del virus.

“El sacerdote que administra la Extrema-Unción a un enfermo de peste en su casa, o le oyera de confesión dentro del aposento, o ejerciera algún ministerio a este modo, quedaba sospechoso, y se abstendría del comercio y trato con los demás para no introducir en los sanos el peligro o temor del contagio.

Si mientras estuviera en su casa como sospechoso se ofreciere asistir a algún enfermo, o sospechoso de su parroquia, le asistirá con la administracion de Sacramentos.

Mientras esté separado del comercio de las gentes celebrará la misa en altar en que no la celebrara otro, y si puede ser se cerrará el altar con cancelas, para que las gentes no lleguen a él: usará de ornamentos separados cuando oiga de confesión en la iglesia o fuera de ella ha de ser en confesonario que: tenga además de la rejilla de hierro u otro metal, un cartón que la cubra. No saldrá de los confines de su parroquia sino con licencia por escrito del Vicario, Obispo o Corregidor del pueblo; y esta licencia no se le dará sino fuere para administrar los Sacramentos a otros sospechosos de contagio.

En el tiempo que esté separado de las gentes por sospecha del contagio, siempre que salga de casa, (menos cuando lleve el viático) llevará en la mano alguna señal, como es un bastón largo, para que todos se recelen y no se acerquen a él.

Mientras dura en él la sospecha no administrará el bautismo, sino buscará otro sacerdote que lo administre con todas las ceremonias, como también para que dé la Eucaristía, y la Extrema-Unción a los parroquianos que no estén sospechosos de contagio.

El criado o persona de quien se sirva el sacerdote mientras estará retirado en su casa no saldría de los limites que se le señalaran hasta que declarara el médico que está libre de sospecha.

Los sacerdotes destinados para la asistencia de los enfermos se guardarían de tratar con personas que no tuvieran sospechas de contagio, y a este fin no se les permitiría salir, ni que anduvieran por el pueblo, a no ser el paso preciso para el cumplimiento con su oficio.

Precauciones en los Conventos y Colegios de piedad.

Si en algún convento o comunidad entrase la peste o la sospecha de ella, se abstendrá enteramente del trato o comercio con las demás gentes, y no se permitirá que sus individuos salgan de casa, hasta que el médico los dé por libres.

Guardarían entre si tal precaución que vivirían separadamente unos y otros para que no se pegara el contagio.

Cada sacerdote celebraría misa en altar señalado, y con ornamentos que solo sirvirían para él; y las capillas en que celebraran estarán cerradas con verjas de hierro, para que no se siguiera peligro al pueblo.

Las mismas precauciones se habrían de usar a proporción en los conventos de religiosas.

Precauciones con los eclesiásticos infestados.

Los prelados eclesiásticos deben mandar que el eclesiástico tocado de la peste se esté metido en su casa sin tratar con nadie por el tiempo que sea bien prescribirle.

Que no reciba ni admita en su casa a persona alguna.

Que las vestiduras que use en la iglesia se guarden aparte y se cierren bien con una apuntación de las que son.

En suma, que dichas vestiduras se quemen como se debe hacer con toda la demás ropa que haya servido a los apestados.

De la guarda y providencia que debe tener cada uno en particular cuando aun no está tocado de la peste”.

Ya he dicho que el mejor remedio es huir del pueblo apestado, y alejarse cuanto sea posible; pero el que tenga que quedarse y lo primero que debe hacer es apartarse cuanto pueda del comercio de la gente; y si es persona rica, se proveerá de todo lo necesario, de bastimentos, vestidos, criados y demás cosas; porque si la peste es de aquellas que no se comunican sino por contacto inmediato basta esta precaución para libertarse de ella, de lo cual hay muchos ejemplos.

Algunos casos que creían que evitaba la peste

En una epidemia de peste que hubo en Valencia en el siglo XVII se ponían los confesores una antorcha encendida entre este y el confesado, que decían que tuvo buenos resultados, seguramente porque las chinches no saltaban de un cuerpo al otro.

En un periódico, El Diario de Comercio de París, de fecha 10 de marzo de 1797, contaba lo siguiente: “hallamos que un Cónsul que está en Alexandria, llamado Balderin, que ha residido muchos años en las escalas de Levante y en Egipto, cree haber hallado un remedio seguro contra la peste, porque observó que en el estrago enorme que había causado la última peste en el Cairo y Alexandria , ninguno de los trabajadores empleados en los molinos de aceite la había padecido ; y después verificó con muchos experimentos que el medio seguro de precaver el contagio es frotarse todo el cuerpo con aceite de olivas.

Si este descubrimiento se confirma por una constante observación, será un gran servicio el que Balderin ha hecho á la humanidad.”

En la peste de Marsella de 1720 se vestían los médicos de tafilete de arriba abajo poniéndose botas de lo mismo, cubrían toda la cabeza con esta misma piel dejando a los ojos dos cristales, y en frente de la nariz sobresalía para la respiración como otra nariz muy grande puesta en la máscara, la cual llenaban de plantas aromáticas.

 Los que asistan a los apestados no se comunicarán con los de los sospechosos, y si habitan en una misma enfermería tendrán tránsitos separados. Para decir misa usarán de distintos altares, ornamentos, cálices, etc.; si no hubiese más que una capilla o un solo altar se mudará todo , de suerte que un sacerdote no toque los ornamentos, sabanillas , etc. que ha usado otro de distinto destino.

Estas precauciones son las mismas que se hallan en las acta* de la iglesia de Milán dispuestas por S. Carlos Borromeo.

La gastronomía en la epidemia de peste

Recomendación I.- Sal a correr antes que la peste te pille: “Ya he dicho que el mejor remedio es huir del pueblo apestado, y alejarse cuanto sea posible; pero el que tenga que quedarse y lo primero que debe hacer es apartarse cuanto pueda del comercio de la gente; y si es persona rica, se proveerá de todo lo necesario, de bastimentos, vestidos, criados y demás cosas; porque si la peste es de aquellas que no se comunican sino por contacto inmediata, basta esta precaución para libertarse de ella, de lo cual hay muchos ejemplos”.

Recomendación II.- Deja la casa hecha un asquito después de que “Todos los días por la mañana y por la noche hará un sahumerio de romero y ciprés encendido, y después se rociará la casa con vinagre, y en verano que sea aguado. Déjense abiertas las puertas y ventanas de los aposentos para que se ventilen”.

Recomendación III.- No sea guarro y por lo menos: “Múdese todos los días, si puede ser, la ropa interior, y que se sahúme antes, y lo mejor será azufrarla“, para seguir con esta recomendación que trasmite la crueldad de “Mátense los perros y gatos, porque en el pelo pueden traer fácilmente el contagio, y pasarle de unas casas á otras por los tejados”.

Recomendación IV.- Vamos a las fallas valencianas que el mundo se acaba: “Dispárense algunas escopetas cargadas de pólvora para que su explosión rompa el aire y consuma los hálitos malignos”.

Recomendación V.- Para que se lo coma otro me lo como yo antes de morir: “Lo que mas hace para libertarse es la elección de buena comida, evitando toda la que se pudre con facilidad. Cómanse frutas agridulces, y échese agrio de limón en toda la comida: se excusarán ensaladas y verduras á excepción de las lechugas y borrajas bien cocidas, echándolas azúcar y vinagre: también se podrá comer escarola”. De donde pudo sacar este hombre dicha dieta?

Recomendación VI.- A mi muerte tañerá la campana en su badajo, algo que no me ocurre hoy porque como mucho ajo. “Los ajos los puede comer toda suerte de personas como preservativos de la peste: ellos son la triaca de la gente del campo, aunque por su mal olor es para la persona delicada que los come solos, y así solo sirven para sazonar la comida”.

Recomendación VII.- Este ya trae su rima: “Cómase carne ó ave asada con agrio de limón y con moderación”.

Recomendación VIII.- Para morirse de pena: “No se use de mucha diversidad de manjares”.

Recomendación IX.- Agua helada y mejor limonada: “Sea la bebida proporcionada á la comida, y en verano de nieve bien fresca, sin que esté helada, y se podrán echar en ella algunas gotas de zumo de limón”.

Recomendación X.- En verano el vino aguado: “El que acostumbre beber vino, bébalo con moderación: en el verano enciende mucho, y así será mejor beberlo aguado; exceptuando los que son débiles por naturaleza ó por la edad”.

Recomendación XI.- Para evitar incordio el agua con escordio: “El agua ha de ser cocida con escordio, porque tiene virtud contra la pestilencia”.

Recomendación XII.- Si tienes jaqueca todos a la discoteca: “Es preciso vivir con alegría, apartando todas las ocasiones de tristeza, para lo cual sirven mucho las diversiones decentes, en especial la música, porque compone el ánimo, y destierra el miedo y la tristeza que son las pasiones que mas facilitan la entrada á la peste”.

Recomendación XIII.- Si tengo dinero pomo de plata y la muerte espero: “Los ricos usarán de pomos de plata, en que se meta una bola hecha de clavo, estoraque, canela, cortezas de cidra, mirra, benjuí, todo en polvo; y añadirán cuatro ó seis granos de ámbar y almizcle y un poco de láudano”.

Recomendación XIV.- Los pobres y sin dinero la muerte lo primero: “Los pobres harán un pomo de enebro, ciprés ó sabina, y dentro llevarán una esponja mojada en vinagre rosado aderezado con almizcle: unos y otros traerán sobre el corazón unos saquitos llenos de polvos gruesos de flor de rosa, violeta, lengua de buey, diamargaritón frio, sándalo, genciana, escordio y bolo arménico, con unos granos de almizcle ó ámbar, todo metido entre dos tafetanes encarnados basteados y acolchados: si no hubiese tafetán, lo meterán entre dos lienzos”.

Aquí el autor hace un inciso que ya entra en el delirio cuando hace referencia a algo que contaba el famosísimo médico Laguna, del cual he hecho referencia en otros trabajos, que contaba lo acontecido en una peste en Roma y cómo otro galeno había sobrevivido gracias a que se había metido bajo el sobaco izquierdo un pedazo de solimán del tamaño de una nuez, lo que ‘casi’ no creía y que sustituía por llevar alcanfor para olerlo frecuentemente, todo un dislate.

Recomendación XV.- Otro pomo para las histéricas: “Las mujeres que padecen histérico, pueden llevar en los pomos, en lugar de ámbar y almizcle, un poco de castor y galvano”.

Recomendación XVI.- Para terminar al médico has de consultar: “En cuanto á otros preservativos es necesario consultar al médico para que los proporcione á las diferentes naturalezas de los enfermos”.

Ante la amenaza de peste y mucho más cuando estaba presente veía necesaria la incontinencia sexual, la sangría se aconsejaba tan sólo cuando había plenitud de sangre y los purgantes igualmente eran dañosos.

La alimentación en general debía ser moderada, para evitar la debilidad y la decadencia de fuerzas, favoreciendo el expeler el sudor, debiendo ser la cantidad acorde con la naturaleza, edad y hábitos del enfermo, aconsejando dar más cantidad que menos.

Se prefería la carne de gallina, capones, pavipollos, perdigones, pollas hechas y carnero castrado, reprobándose las de vaca, cordero, tocino, cabrito y aves de agua.

Los alimentos deberían estar preferentemente asados y acompañados con una salsa de limón, agraz, cidras o acederas, también podía comerse panatelas, pisto y caldos espirituosos, siempre acompañados con zumo de agraz o de limón.

Los huevos eran buenos pasados por agua, ni duros ni blandos, y como los otros alimentos echándole algún agrio.

De frutas sólo estaban permitidas guindas, naranjas, limones, melocotones y camuesas, a saber Dios por qué.

La bebida en tiempo de mucho calor sería de agua de nieve fría y cocida con el escordio y escorzonera, si fuera mucha la fiebre podían los enfermos tomar vino aguado, sorprendiendo lo siguiente: “en especial á los que estén acostumbrados á ello, y á la gente del campo”.

En la peste conviene un alimento moderado para evitar la debilidad y decadencia de fuerzas, y poder expeler este veneno por sudor o por alguna otra excreción.

Bibliografía:

  • Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos núms. 201; 202; 69
  • Tratado de la peste de Zaragoza en el, año 1652. José Estiche. cirujano. Impreso en Zaragoza en 1655
  • Juan Díaz Salgado. Madrid en la imprenta de Sanz año de 1756, con el título, de Systema physico-médico político de la peste, su preservación y curación.
  • Carlos Azcoytia Luque diversos trabajos en nuestra revista historiacocina.com.

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