Algo curioso hallado en un archivo parroquial

Hace pocos años, en la segunda mitad del 2008, tuve la fortuna de poder revisar un archivo histórico religioso, específicamente el de la Parroquia de Santiago Apóstol de Tingambato, Michoacán con el permiso de su párroco, el padre Pedro Chávez, y la ayuda formidable de su entonces secretaria asistente del archivo parroquial, Verónica Cuevas de la Cruz, quien mientras atendía a los feligreses, me facilitaba el acceso a los diversos expedientes. Entonces me encontraba realizando una investigación sobre la historia del Niño Dios de esa localidad, tanto de la imagen como del culto que le profesan los vecinos del poblado y de otras provincias vecinas.

En cierta ocasión, cuando leía los documentos que me proporcionaban muy valiosa información acerca de este tema tan interesante para mí dentro de la religiosidad popular de México, ¡oh, sorpresa!, que me encuentro un folio con una información que no tenía nada que ver con los asuntos que me servían para mi trabajo de archivo, es decir, un pleito testamentario entre la heredera de una botica y otros allegados al difunto boticario. No era un documento colonial sobre Tingambato, sino de la ciudad de la Purísima Concepción de Celaya, que, actualmente se encuentra en la provincia de Guanajuato, y que en ese entonces, 1766, era una alcaldía mayor hasta que en 1787 se volvió parte de la Intendencia de Guanajuato. ¿Qué tenía que hacer ese expediente en el archivo parroquial de Tingambato que formaba parte del Reino y luego Intendencia de Michoacán? quizás, y es lo único que se me ocurre, es que el párroco agustino de Celaya pasó a ser ministro de Tingambato y se llevó dichos papeles, y es que ambos poblados formaban parte del Reino y Obispado de Michoacán. La parroquia agustina de Santiago Apóstol de Tingambato fue secularizada el 10 de septiembre de 1776 y pasó a formar parte del Obispado de Zamora desde ese entonces. (1)

Botica de principios del siglo XX            (2)

Pero, ¿qué tenía de especial este fajo de documentos coloniales que ahora me hace tratar de escribir al respecto?, pues la lista de géneros de botica que incluía el testamento del occiso y que estaba en pleito. Resulta ser que, como parte de este listado, se encuentran los siguientes géneros:

Foja del expediente sobre los géneros de botica, Celaya, 1766.
(Fotografía digital tomada por la autora de este escrito)

jarabe de rosa, tres libras
jarabe de limón, dos libras
jarabe violado, seis libras
sal de ajenjos, nueve onzas largas
sal de la mar, 1 libra y ocho onzas
copal blanco, cinco onzas
aceite de anís, media onza
de romero, media onza
infusión de alacranes
aceite de alcanfor, cinco onzas
elixir de la vida, una onza
dicha de jacintos, una onza
láudano opiado, una onza
bálsamo católico, seis onzas
alcanfor, seis onzas
polvos de arrayán viejos, un bote grande
de rosa seca, ocho onzas
piedra basal, con rótulo de águila, una onza
hígados de víbora, media onza
píldoras de tribus, media onza
bálsamo de azufre trementinado, media onza
bermellón, media onza
bol de la tierra, siete libras
linaza, diez onzas
piedra basal oriental, tres onzas
harina de cebada, dos botes
redoma de arrope de moras, siete libras
un frasco grande, y medio, de cebo ordinario
otro del mismo tamaño de manteca
azogue, una libra
ungüento Ipsis, ocho onzas
sebo de león, ocho onzas
de ungüento de plomo, una libra
jabón de Castilla, seis onzas
jabón poblano seco, cuatro panes
conchas, como media arroba
una porción de epazote
estafiate, un poco
raíz de apio, un poco
chichicamole o Brionia, cuatro libras
laurel, un poco
una vrosia [broza] grande de azahar seco
flor de tuna, un cajón
otro de doradilla
hipericón  tres onzas [hierba de San Juan, ὑπερικόν, corazoncillo]
azafrán de la tierra, una libra
castañas, ocho onzas
lechuguilla, un poquito
flor de romero, cuatro onzas
guaiacan o palo santo, ocho libras
arrayán, un cajón
violetas, siete onzas
flor de amapola, un cajón
brea, tres libras
rosa seca, un cajón, que tendrá cuatro libras
veinte y seis tompiates de Zorbas ordinarias [lapis specularis, yeso]
botijas castellanas, trece
mirra, cinco onzas
guaiacan, dos onzas
sangre de drago, una libra
traga canto de la tierra, siete onzas
incienso de China, una libra, ocho onzas
estoraque de almendras, seis onzas
armoniaco, nueve onzas
grasilla, dos onzas
ají, un bote
tecomaria en piedra [Madreselva o Chupamiel del Cabo de Buena Esperanza]
mangle, cuatro onzas
copal blanco, cinco onzas
galvano, tres onzas
azibar caballuna [acíbar]
azibar succotrina, una libra
azibar hepatica, tres onzas
salitre, dos libras siete onzas
salatron, cinco onzas
sal armoniaco, una onza
sal en piedra, una libra y nueve onzas
sal de ajenjos, nueve onzas largas
sal de la mar, una libra y ocho onzas
botella y media de aceite común
una botella de aceite sesamino [sésamo]
una redoma de a libra quasi [casi] llena de aceite de ranas
un frasco de lata, lleno de aceite, amargo
aceite de matheolo [azogue vivo] cuatro onzas

Si bien lo bonito de esta relación genérica es que nos proporciona información acerca de las plantas medicinales, tanto de las mexicanas como de las que trajeron los españoles, también incluye los nombres de los artrópodos arácnidos y animales que se empleaban para las curaciones medicinales como los alacranes, las víboras, las ranas o algunos moluscos con concha. De esta forma, se puede reflexionar acerca de la medicina farmacéutica mexicana que conlleva un híbrido de la europea, la asiática, la africana, la americana y la local desde el período colonial. Xavier Lozoya, médico y fundador del Centro de Investigación en Medicina Tradicional y Plantas Medicinales, en su libro La herbolaria en México, nos comparte su valioso conocimiento del tema:

De las cocinas españolas salieron el perejil, el tomillo, la albahaca, la manzanilla, la yerbabuena, el clavo, la mejorana, el laurel, el eneldo y muchas más yerbas aromáticas cuyo uso culinario y medicinal llegó a México a través de la migración española. Otro tanto ocurrió con plantas cuyo uso medicinal original era árabe, como la sábila, la ruda, el ajenjo, la nuez, el olivo, el azafrán, el diente de león, etcétera, que poco a poco se incorporaron a la terapéutica herbolaria mexicana durante el largo período colonial.

Según estudios botánicos modernos, más de 50 por ciento de las plantas medicinales actualmente empleadas por los mexicanos provienen de Europa y se integraron a los largo de toda la etapa colonial.

La totalidad de conventos, monasterios y misiones religiosas construidos en el territorio mexicano contaban con huertos de plantas medicinales traídas de España, desde donde los frailes de las diversas órdenes los introdujeron.

Los indios de las comunidades cristianizadas trasladaron esos vegetales a los huertos caseros, lo que produjo una mezcla de recursos y de prácticas curativas que modificó la cultura de los habitantes de la Colonia.

Por su parte, los españoles también asimilaron plantas autóctonas en su alimentación y en su medicina. La papa, el maíz, el tomate, el cacao, la pimienta gorda, la canela en rama, la vainilla, el tabaco, etcétera, son plantas que el europeo adquirió de América. En México, los españoles novohispanos o americanos aprenderían a usar el estafiate (iztahuyatl), la flor de manita (macpalxochitl), la zarzaparrilla (mecapatli), el zapote blanco (cochitzapotl), la flor del corazón (yoloxochitl) y muchas otras plantas medicinales aztecas, para aliviar padecimientos comunes. (3)

Desde el siglo XVI estas plantas medicinales mexicanas fueron dadas a conocer en Europa a través de diversos escritos. Precisamente, una de las fuentes más importantes de ese período hecha por los indígenas alumnos del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco de la orden franciscana es el Libellus de medicinalibus indorum herbis (Libro de las hierbas medicinales de los indios), conocido como el Códice Badiano que permaneció mucho tiempo en El Vaticano y que fue devuelto a México en 1992 para ubicarse en el Museo Nacional de Antropología e Historia. El Códice De la Cruz-Badiano es un texto sobre la herbolaria mexica, escrito originalmente en náhuatl con la valiosa información proporcionada por el curandero indígena xochimilca Martín de la Cruz, en 1552, a los alumnos de dicho colegio. Esta información fue traducida al latín por el estudiante indígena Juan Badiano y complementada con los hermosos dibujos a la acuarela realizados por otros discípulos indígenas, que, a manera de tlacuilos, es decir, escritores dibujantes desde la época prehispánica, lo realizaron de manera excelente. (4)

Tlatlacotic: contra la opresión molesta del pecho. Si el pecho se siente oprimido como una repleción y se halla angustiado, lávese una raíz de tlatlacotic en agua caliente y luego macérese. Beba el paciente un poco del jugo obtenido. Con esa poción vomitará y arrojará del pecho lo que le constriñe.”, en el Manuscrito azteca titulado Libellus de medicinalibus indorum herbis, por Martín de la Cruz.

Huitzquilitl. Tlatlancuaye: Remedio contra la sangre negra. Se cuecen en agua las ramas y raíces molidas de las hierbas cuauhtlahuitzquilitl y tlatlancuaye; se les agrega perla, hígado de lobo y pulque. Debe beber ese líquido así preparado. Separadamente ha de beber antes de la comida el jugo exprimido de diversas flores que huelen bien. Ha de andar en lugar sombreado, y se ha de abstener de trato carnal. Beberá muy moderadamente el pulque y mejor no lo beba, si no es como medicina. Dedíquese a cosas alegres, como es el canto, la música, el tocar los instrumentos con que acostumbramos acompañar nuestras danzas publicas.”, en el Manuscrito azteca titulado Libellus de medicinalibus indorum herbis, por Martín de la Cruz.

Huitzitzilxochitl: Hierba contra el cansancio. Se recobra el cansado si se lava los pies en líquido especial, que se prepara con las hierbas ahuiyac y xihuitl, o si no, tlatlancuaye, tlatlaolton, itzcuinpahtli, xiuhehecapahtli, iztauhyatl, con flor de hitzitzilxochitl, y las piedras tetlahuitl, tlacalhuatzin, y eztetl. Todo eso molido en agua caliente.”, en el Manuscrito azteca titulado Libellus de medicinalibus indorum herbis, por Martín de la Cruz. (5)

Además del Códice Florentino hecho por los tlacuilos ayudantes de fray Bernardino de Sahagún y que muestra las bellas imágenes de las plantas medicinales del centro de la Nueva España en el siglo XVI, vale añadir el título de un texto de escrito en 1565 por Nicolás de Monardes, médico sevillano de ascendencia genovesa española, quien manifestó su interés por la medicina “de nuestras Indias Occidentales”, a pesar de nunca haber pisado las tierras americanas. Su obra se tituló Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en medicina y tuvo varias redacciones y ampliaciones posteriormente, además de haberse traducido a varios idiomas.

En la primera parte de su Historia medicinal… trata de “la rayz de Mechoacan, purga excelentíssima”, y “de dos medicinas maravillosas que son contra todo veneno: la piedra bezaar y la yerva escuerzonera”. En la segunda, publicada en 1571, se ocupa del tabaco, “sassafrás”, cardo santo “y de otras muchas yervas, plantas, simientes y licores que agora nuevamente han venido de aquellas partes, de grandes virtudes y maravillosos efectos”. Tres años más tarde publicó la tercera parte con el tratado de la nieve y el diálogo del hierro y de sus cualidades terapéuticas. (6)

“Fragmento del libro De las yerbas medicinales,
que ilustra el uso de plantas para aliviar el dolor.” (7)

Otro libro indispensable es el del protomédico Francisco Hernández, cuyo título completo sería Quatro libros de la naturaleza, y virtudes de las plantas, y animales que están recibidos en el uso de la medicina en la Nueva España, y la método, y corrección, y preparación, que para administrallas se requiere con lo que el Doctor Francisco Hernandez escribió en lengua latina. Muy útil para todo genero de gente que vive en estancias y pueblos, do no ay Medicos, ni Botica”. Éste fue traducido por el dominico fray Francisco Ximénez y editado en la ciudad de México, capital de La Nueva España en 1615. Según refiere Xavier Lozoya:

En 1570, el rey hispano Felipe II debió enviar a la Nueva España a su médico de cabecera, al entonces famoso protomédico de la corte Francisco Hernández, uno de los intelectuales más avanzados en la ciencia médica de su época.

Las instrucciones del enviado eran colectar las plantas medicinales de los indios y formular una relación de los beneficios que ofrecían para la medicina española. Hernández recorrió el territorio mexicano durante varios años, para reunir las plantas medicinales que los informantes indios le señalaban como útiles en medicina o interpretar —según la ciencia europea de su tiempo— las cualidades y propiedades de los vegetales seleccionados. El uso de los vegetales se adaptó a la teoría humoral de la medicina de esa época y se interpretó el conocimiento indio adaptándolo a los conceptos europeos.

Según los españoles el cuerpo humano estaba formado por cuatro líquidos (sangre, orina, bilis y moco) que, a su vez, dependían de cuatro elementos básicos y sus cualidades: tierra (sequedad), agua (humedad), fuego (calor) y aire (frío). Fundado en ellos, Hernández clasificó las plantas indígenas de México en calientes y secas, frías y húmedas, “amargas y ácidas”, etcétera, y las agrupó de acuerdo con la nomenclatura de su tiempo: seca en primer grado y caliente en segundo; fría en tercer grado y húmeda en cuarto etcétera.

Así, la herbolaria indígena empezó a ser usada para “derrame de bilis”, “calor de la madre”, “socorrer las cámaras”, “expulsar la flema”, laxar, purgar, sangrar, etcétera, términos médicos españoles que la población indígena fue asimilando poco a poco.

Francisco Hernández visitó numerosos poblados indígenas durante los siete años que permaneció en México. La gente lo veía aparecer con su caravana de mulas, cargadas de plantas y animales disecados y acompañados de criados que le abrían paso y organizaban el viaje. Pronto fue conocido con el sobrenombre del “Preguntador”, lo que se explica porque llegaba a los pueblos indios para recabar la información de los viejos sobre las plantas curativas de la región.

Dibujo anónimo del “Preguntador”, según se cree
que lo recordaron los indios mexicanos.

Francisco Hernández sirvió de conducto para incorporar la herbolaria indígena a la clasificación europea y su obra fue la principal fuente de información, en esta materia, durante la Colonia.

Al final de su recorrido escribió una monumental obra, en varios tomos que, con el nombre de Historia natural de la Nueva España, no se conoció hasta el siglo XVIII, cuando botánicos y científicos españoles decidieron dar a conocer los escritos de Hernández que habían quedado en el olvido en España, después de su muerte ocurrida en los primeros años del siglo XVII.

La obra se editó completa en México en el siglo XX [sic] y es en la actualidad una de las fuentes más importantes para el estudio de la herbolaria medicinal mexicana de aquella época. 

Xalxócotl (Psidium guajava), guayaba

Ilustración de la planta medicinal xalxócotl (Psidium guajava), la popular guayaba, cuyas hojas, a decir de Hernández, eran empleadas por los indios para preparar una infusión que, bebida, servía de remedio a las “cámaras” o evacuaciones diarreicas. Actualmente se sabe que el efecto antimotílico intestinal se debe  a su contenido de flavonoides del cual la quercetina  es el principio activo antidiarreico. (8)

Cuatro libros sobre temas médicos de la Nueva España, recogidos por mandato de Felipe II, rey invicto de las Españas y de las Indias, por Francisco Hernández, primer doctor del Nuevo Mundo, y organizados por el doctor Nardo Antonio Recchi, médico de su misma Majestad. Traducido por fray Francisco Ximénez y publicado en la ciudad de México en 1615.

Uno de los aspectos más destacados de la impresionante labor hernandiana es el de haber sido responsable de la introducción en la farmacia europea de algunos remedios vegetales [de origen novohispano]. (9)

Otro texto imprescindible es el Tesoro de medicinas para diversas enfermedades  de Gregorio López, un personaje muy peculiar porque, incluso, se llegó a suponer que fue un hijo bastardo de Felipe II. Hacia 1562 arribó a la Nueva España a la edad de 20 años. Llegando a Veracruz repartió sus riquezas entre los pobres y se retiró a la vida eremítica, aunque dedicado a aprender de los indígenas sus saberes medicinales con lo que conoció las propiedades curativas de las plantas de Zacatecas, la Huasteca, Atlixco y del centro de México en el actual Estado de Morelos. Fue muy reconocido por sus sabios consejos en torno a las curaciones, por lo que muchos mandatarios y personajes importantes novohispanos acudían a él para consultarlo.

Trabajó en el Hospital de Santa Cruz del pueblo de Huaztepec (Oaxtepec) y estando allí escribió, entre 1580-1589, la obra Tesoro de medicinas para diversas enfermedades en la que recopiló los remedios a diversos males. Vale la pena aclarar que Moctezuma I, antes de la llegada de los españoles, había mandado hacer allí un jardín botánico con plantas de ornato y medicinales. Incluso, Francisco Hernández estuvo en Huaztepec y sus alrededores, entre 1570 y 1577, en donde recogió 45 plantas que cita en su referida obra.

Aunque Gregorio López no era médico, lo que aprendió durante los años que vivió en las diversas regiones de la Nueva España y luego en el  Hospital de Huaztepec le permitió escribir su libro: “Sin poseer el grado de médico ni el arte del cirujano”, dedicará su tiempo “a componer un libro de medicina en el que trató de muchos remedios para muy diversas enfermedades, producto de su observación sobre los caracteres de las plantas y los resultados que obtuvieron los hermanos hospitalarios que atendieron salas del hospital durante los años que Gregorio López estuvo alojado ahí”. (10)

En su libro se puede leer sobre las curaciones con plantas y semillas autóctonas americanas, a saber, mamey, guayaba, chichicamole, Árbol del Perú, camote, chayote, chía, cacahuates, cacao, copal, epazote, frijoles, guayacán, aguacate, pitahaya, quelites, sábila, tabaco, tomates, jitomates, tunas, biznaga (huitznahuac), xojocoyoli (xocoyoli), entre muchas otras que incluye, lo mismo que hace mención del pulque, las orejas de ratón, la sangre de venado, los murciélagos, las lombrices y las lagartijas. A todo esto habría que añadir los remedios preparados con las plantas y animales traídos por los españoles en ese primer siglo del período colonial.

Gregorio López murió el 20 de julio de 1596 en el poblado de Santa Fe, el pueblo hospital que había fundado Vasco de Quiroga a dos leguas de la ciudad de México en 1532. El monarca Felipe IV solicitó en 1620 su beatificación. Si bien todavía no ha sido beatificado, sus reliquias se hallan en Santa Fe y en la Catedral de la Ciudad de México. (11)

Tesoro de Medicinas para diversas enfermedades
dispuesto por el venerable varón Gregorio López, 1674 (12)

Uso del chichicamole para reumas y relajaciones (13)

Antes de finalizar este escrito, conviene incluir algo de información de la valiosa obra Methodo de la colección y reposición de las medicinas simples, de su corrección y preparación: y de la composición de los letuarios, xaraves, píldoras, trociscos, y azeites que están en uso. Va añadido en algunos lugares el tercer libro, y todo el quarto libro: en que se trata de la composición de los ungüentos, cerotos, y emplastos, que están en uso, y las recetas de Luis de Oviedo, boticario, publicada en Madrid hacia 1622. En ésta se habla, por ejemplo, de miel de membrillos, trocitos de víbora, estoraque líquido, harina de cebada, zumo de yerba mora, zumo de endivia [escarola], zumo de verdolagas, zumo de uvas silvestres, zumo de pámpanos, hojas de rosas, vinagre, sándalo, bolos de arsénico, mucilago de zaragatona, acíbar [aloe], almáciga, cera citrina, trementina, médulas de las canillas de las vacas, enjundia de ganso, hisopo húmedo, amoniaco, aceite nardino, bdelio [bedelio], infusión de alholvas, infusión de manzanilla, azafrán, entre muchos de los géneros que incluye en su Tabla al final del libro.

Methodo de la colección y reposición de las medicinas simples…
de Luis de Oviedo, 1622  (14)

En la lista de géneros de la botica de Celaya en 1766 se puede observar cómo se usaban varios de los jarabes, ungüentos, píldoras que se mencionan en este tipo de textos. Uno de los géneros que llamó mi atención fue el llamado jabón de Castilla. Así que leí que éste fue llamado así por haber sido inventando en España. Fue fabricado por primera vez alrededor del siglo VII y se diferenciaba de los antiguos jabones que se producían en Europa, puesto que éstos se fabricaban con sebo animal como su principal ingrediente. En toda la zona de Andalucía existía una gran abundancia de olivos y prensado de aceite de oliva, por lo que rápidamente se extendió el uso del aceite de Castilla entre la nobleza, ya que el aceite de oliva producía un jabón de una calidad muy superior al formar una espuma cremosa de muy pocas burbujas.

Lista de géneros de la botica de Celaya en 1766. (Fotos digitales tomadas por la autora)

Para concluir este escrito medicinal gastronómico me parece oportuno señalar que para mí es muy valioso comprobar que el comer con apio proporciona un rico sabor al guisado o a la salsa, incluso, el beber un Clamato acompañándolo con una ramita con hojas crudas de apio, que lo hace verse muy elegante, y disfrutarlo más al masticarlo con ese rico sabor que le da dicha bebida. Pero saber que además se empleaba y se sigue empleando con un propósito medicinal me hace apreciar más su consumo.

Clamato (15)


Bibliografía y fuentes electrónicas:

(1) “El mayor de todos los poblados defensivos españoles establecidos por el virrey Enríquez fue Celaya. Cronológicamente, Celaya fue el primero; estratégicamente, uno de los más importantes, y en el futuro habría de ser una de las grandes ciudades de México. Su fundación fue autorizada por Enríquez el 12 de octubre de 1570, como resultado de una petición de un grupo de estancieros vascongados de los alrededores de Apaseo, deseosos de fundar una ciudad que pudiera servir de protección contra los ataques chichimecas”, Philip W. Powell, La Guerra Chichimeca (1550-1600), Colección Lecturas Mexicanas N° 52, México, FCE, 1984, p. 159.

(2) “La imagen del encabezamiento fue extraída de una ilustración de la edición colombiana del libro Palabras fabulosas, publicado en Bogotá por Rey+Naranjo Editores” de Ricardo Soca, citado en La palabra del día, Jueves 6 de Septiembre de 2012, elcastellano.org

(3) Xavier Lozoya, La herbolaria en México, México, Conaculta, 1999, pp. 22-23.

(4)http://bajolabovedaceleste.blogspot.mx/2012/04/libellus-de-medicinalibus-indorum.html#!/2012/04/libellus-de-medicinalibus-indorum.html (14 de septiembre de 2012).
Xavier Lozoya, La herbolaria en México, México, Conaculta, 1999, pp. 14-15.

(5)http://bajolabovedaceleste.blogspot.mx/2012/04/libellus-de-medicinalibus-indorum.html#!/2012/04/libellus-de-medicinalibus-indorum.html (14 de septiembre de 2012).

(6) María del Carmen Anzures y Bolaños, La medicina tradicional en México. Proceso histórico, sincretismo y conflictos, México, UNAM, 1983, p. 60.

(7) Xavier Lozoya, La herbolaria en México, México, Conaculta, 1999, p. 17.

(8) Xavier Lozoya, La herbolaria en México, México, Conaculta, 1999, pp. 18-19.

(9) http://patrimonio.pueblademontalban.com/?p=124 (16 de septiembre de 2012).

(10) Juan Comas, “Un caso de aculturación farmacológica en la Nueva España del siglo XVI: El <<Tesoro de Medicinas >> de Gregorio López”, pp. 145-173, Anales de Antropología, septiembre de 1963, Volumen 1, N° 1, Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, p. 169. A su vez cita a Fernando Ocaranza, Gregorio López, el hombre celestial, México, Editorial Xóchitl, 1944, pp. 85-86.

(11) Raymundo Salinas Pineda, Archivo Histórico del Arzobispado de México, “Real cédula de Felipe IV sobre la beatificación de Gregorio López, 1620”, pp. 19-24, en Un recorrido por archivos y bibliotecas privados, II, México, Asociación Mexicana de Archivos y Bibliotecas Privados, A. C., Fomento Cultural Banamex, A. C., FCE, 1999, primera reimpresión, pp. 19-20.

(12) Tesoro de Medicinas para diversas enfermedades dispuesto por el venerable varón Gregorio López, ciudad de México, 1674

http://books.google.com.mx/books?id=Fe4369SGeFYC&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=true (16 de septiembre de 2012).

(13) Tesoro de Medicinas para diversas enfermedades dispuesto por el venerable varón Gregorio López, 3ª. Impresión, Madrid, 1708, libro original en pdf, pp. 115-116.

(14) Methodo de la colección y reposición de las medicinas simples, de su corrección y preparación: y de la composición de los letuarios, xaraves, píldoras, trociscos, y azeites que están en uso. Va añadido en algunos lugares el tercer libro, y todo el quarto libro: en que se trata de la composición de los ungüentos, cerotos, y emplastos, que están en uso, y las recetas de Luis de Oviedo, boticario, publicada en Madrid en 1622. Material proporcionado muy gentilmente por Carlos Azcoytia Luque, director de la Revista Historia de la Cocina y la Gastronomía.

(15) http://es.dreamstime.com/foto-de-archivo-bebida-de-clamato-image9331890 (15 de septiembre de 2012).

 

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