La historia de la ecuación espacio/tiempo en la gastronomía del pescado

Carlos AzcoytiaSolemos ser parte y el todo de los problemas, miramos egocéntricamente la historia y a los ‘otros’, medimos con una única regla, la de nuestra experiencia y desde nuestro presente, como si el tiempo fuera intemporal cuando queremos comprender ciertas cosas, generalizamos a los otros cuando deseamos ser únicos y distintos, uniformamos, clasificamos o minimizamos otras vidas, otros momentos, lo comprimimos y deformamos hasta lo imposible, lo de ayer es viejo y ser viejo es como estar enfermo en esta sociedad, sin darnos cuenta que en el camino, a cada paso, nos vamos alejando cada vez más de la idolatrada juventud.

Quizá es excesivo este prólogo, tanto en el fondo como en la forma, pero no se me ocurría nada mejor para hacer comprender la generalización que se hace en la historia, se escribe y se cuentan las cosas como si fueran de una única pincelada y eso no hace un cuadro, he concedido muchas entrevistas a los distintos medios de comunicación como para saber de la simpleza en el razonamiento de muchos profesionales o aficionados y donde no voy a dar nombres por ser algunos de ellos importantes, de todas formas no los daría aunque fueran de personas ignoradas.

Preguntas que dejan sorprendido por su simpleza a un investigador gastronómico, cómo qué se comía en la Edad Media en España o, aún peor, que comían, por ejemplo, los romanos, toda una debacle mental porque se esperan encontrar respuestas de hoy a problemas del pasado, sin tener en cuenta la ecuación espacio/tiempo y me explico:

Hasta casi el siglo XX la humanidad, en su explosión demográfica, estuvo constreñida por una serie de factores que inexorablemente la iban frenando, siendo la primera de ellas la libertad del pensamiento y donde poderes fácticos anulaban el desarrollo de las ideas, llegando a la aberración de cometer crímenes de estado institucionalizados en nombre de una religión o de ciertas familias que se perpetuaban en el poder, una oligarquía hereditaria donde unos pocos, muy pocos, anulaban el pensamiento de todos.

La segunda de las causas eran las pésimas infraestructuras de todo tipo que ahogaban toda posibilidad de progreso y donde los caminos muchas veces eran intransitables, la falta de alcantarillado en las urbes, que ya habían desarrollado los romanos, y los abastecimientos de agua producían epidemias de dimensiones catastróficas.

La ciencia, entre ellas la medicina, estaba mediatizada por la cerrazón de mentes oscuras que achacaban a la brujería o a un Dios abstracto todo intento de progreso, cercenando todo diálogo racional o la discusión pública entre profesionales[1].

En definitiva, se frenaba todo el potencial imaginativo de la humanidad en aras de intereses privados, algo parecido ocurre hoy con fatales consecuencias, siguen las mismas élites, con otras familias, mandando en el mundo, cada vez más globalizado pero también con poder más férreo, agotando y envenenando el planeta, donde ‘el todo vale’, el enriquecerse sin pensar en el mañana, el despojo de las riquezas naturales de muchos a favor de ‘trust’ nos están abocando a un futuro incierto.

La primera revolución social de la Era Moderna tuvo origen en Francia, la próxima es posible que proceda de Sudamérica, de África o de Oriente, al menos hay bases suficientes para saber que emergen ideas políticas y sociales que están arraigando en dichos continentes.

Vuelvo ahora a la ecuación del enunciado de este trabajo y sobre el pescado, ejemplo descarado para poder entender la generalización histórica que se hace por muchos.

Hoy, por los adelantos de todo tipo que existen, tenemos una idea de una Tierra que cada vez se nos hace más pequeña y pongo un ejemplo, para simplificar en España. Hoy se tarda de Madrid a Sevilla, en el peor de los casos, unas cinco horas por carretera, dos y media por ferrocarril y menos de una hora en avión, tiempo más que aceptable para el trasporte de alimentos muy perecederos; hasta finales del siglo XIX se tardaba, en diligencia, un poco menos de un mes (entre veintiocho y treinta días). La climatología influía de forma negativa en dicho trasporte, de forma que todo alimento debía ser manufacturado con un sencillo proceso de conservación, siendo el más empleado la salazón o conservación en sal, algo que desvirtuaba el sabor de lo que se ingería y lo hacía muy limitado gastronómicamente. Hoy, gracias a la industria del frío podemos degustar alimentos con años de conservación sin ‘casi’ sentir que el tiempo y la podredumbre o descomposición pasó por él, de modo que, por ejemplo, el pescado fresco, que es lo que antes se corrompe, se come en todos los lugares del mundo, sin importar la latitud o la distancia a la fuente de origen.

Ahora imaginemos que un periodista, con su mente comparativa de hoy, va y de golpe pregunta: “Cuéntame que pescado se comía y su consumo en, por ejemplo, al’Andalus?”, la respuesta, para ser sincero con él o ella, sería el mandarlo a la mierda porque cuando le dices que dependiendo del lugar se comía o ni lo conocían, sigue insistiendo y toma la contestación como una evasiva, una burla o, en el peor de los casos, ignorancia supina del entrevistado, lo que lleva a pensar que en la carrera de periodismo algunos deberían dar lecciones de lógica, porque se oyen cosas como el decir que alguien en su vida hizo un giro de 360 grados, de modo que, a mi entender, sigue dicho individuo/a del que se habla tomó el mismo camino equivocado de antes (caso de ser sexagesimal al ser el más común y usado), por lo que llego a la conclusión que se puede estar errado pero no herrado cuando se informa o se pregunta.

Bajo estas premisas debemos entender que durante casi toda la historia de la humanidad el pescado fresco debió comerse, en el mejor de los casos, a no más de 40 o 60 kilómetros de su lugar de pesca, que era exactamente entre una jornada y tres de marcha, debiendo estar salazonado, seco o ahumado si la distancia a recorrer era más larga, eso sí, en invierno es posible, dependiendo de la orografía, llegar a más jornadas, todo depende de la climatología, algo de lo que no estoy convencido porque a peor tiempo los caminos son más intransitables.

Es cierto que existieron corredores de abastecimiento, como el de la Corte española, entre los siglos XVI y XIX, de Valencia a Madrid o el de postas que existía entre Santander y Yuste para abasteces al glotón de Carlos I, siempre las élites y nunca el pueblo tenían esos privilegios alimenticios, debiendo entenderse que la gastronomía verdadera es la alimentación del pueblo y no de las excepciones de muy pocos, que por cierto, para nuestra desgracia, fueron los que dejaron constancia escrita de sus extravagancias alimenticias y de todo tipo.

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Foto del autor en el Mercado de la Boquería

Ahora imaginemos un pueblo perdido en la sierra y su abasto de pescado, ¿se comía pescado?, ¿qué tipo de pescado?, es algo que me hizo estudiar la cotidianidad de un pueblo, su rutina alimenticia y ¿donde mejor encontrarla en sus ordenanzas municipales?

El primer lugar en el que nos detendremos es en Canena (Jaén), un pequeño pueblo de 2.000 habitantes en la actualidad, en la comarca de Las Lomas, distante unos 230 kms. del mar, en Almuñécar (Granada), o a unos once días de marcha entre ambas poblaciones.

La Ordenanzas de las que hablo fueron dictadas a instancia de Francisco de los Cobos, Comendador Mayor de León, del Consejo de Estado de sus Majestades y Contador Mayor de Castilla, en Valladolid el 3 de mayo de 1544 y de cuyo estudio, casi ultimado, pienso publicarlo pronto en este sitio, componiéndose de 101 artículos, casi todos reglando la alimentación y el comercio de dicha ciudad y de los que tan sólo cinco (del 24 al 28) hablan del abasto y venta de pescado.

El primero de ellos dice que la persona que estuviera a cargo de pesar el pescado cecial (merluza o parecida, seca y curada al aire) estaba obligado a remojarla el día anterior por la mañana y antes de pesarlo, indicando que debería ponerse a escurrir sobre una tabla inclinada para que soltara el agua sobrante, debiendo ponerlo en remojo, en agua limpia, al menos una vez, so pena de multa de dos reales.

El artículo 25 nos habla de un pescado que hoy no se come, me refiero al tollo (carne de tiburón desecada) y de la qué por lo que parece no debían tener mucha experiencia en su manejo, ya que dice que debía tenerse en remojo el tiempo necesario, haciendo la aclaración siguiente: “haciendo primero ensayo para ello” y diciendo igualmente que debería, para remojarlo, ponerlo en una pila limpia al menos cuatro veces antes del pesaje y otra para pesarlo, multando con la misma cantidad a los contraventores de dicha ordenanza.

El siguiente artículo lo dedica a la forma de pesar dichos pescados y que consistía en cortarle la cabeza, las aletas y la cola.

El último artículo, existe otro que podría decirse que es complementario y del que daré también cuenta, que lo dedica a la venta del pulpo, por lo qué eso era todo lo referente a los pescados marinos, y que dice lo siguiente: “Otrosí, hordenáron y mandáron, que para remoxar el pulpo haga ensayo de la manera que mexor se pueda remoxar, y hecho el ensayo, lo echen en remoxo los días que se aberiguáre que conbiene en agua limpia, la qual le muden a cada pilada siendo fresca e dos beçes y no siendolo çinco, so pena de dos reales repartidos, según dicho es, y para que se aberigue si es fresca o apilado, se bea por los ofiçiales del dicho consejo”.

Termina el articulado dedicado a la venta de pescado, que como hemos comprobado ni era variado, ni fresco y para colmo era casi un purgante, ordenando que los despojos y las aguas de los remojos deberían ser echadas en el corral de aquel que los pesaba y remojaba, “so pena que si en la calle la hechare y en otra parte donde benga mal olor a los vezinos de la villa, pague dos reales repartidos, según dicho es”.

Si ya tenemos el tipo de pescado consumido en una pequeña localidad ahora nos fijaremos en la capital de España, para comprobar si existían grandes diferencias en los abastos, y donde nos encontramos que en las Ordenanzas de 1840 se dice, en un único artículo, lo siguiente: “La carne acuátil se usa en salazón, y cuando está bien acondicionada, es alimento muy sano, pero es indispensable el que exista en el estado de frescal, es decir, de seis meses de salazón, porque pasado este tiempo, principia a añejarse y va perdiendo gradualmente sus buenas cualidades, ha de aparentar su color blanco, y su espesor trasparente como el caramelo, pues siendo amarillento, pasado de la sal, y rancio negruzco y de mal olor, es indigesta, nociva y debe prohibirse”.

Sorprendente, ¿verdad?, en Madrid en el siglo XIX no se comía pescado fresco de ningún tipo, salvo los que se pescaran en el Manzanares o en las sierras cercanas y no como un abasto continuo.

Ahora bien, ¿qué se entendía por pescado?, que en estas ordenanzas también se define como carne acuátil: “La carne acuátil es aquella que es criada en agua, que en ella se reproduce y que en ella se sostiene. Para calificarla de sano alimento, debe ser de escamas lustrosas, aletas y escamas color de plata y jamás jaspeado, y que su forma no sea espantable”, curiosa apreciación esa de ‘espantable’, por lo qué se deduce que algo podrida era válida y comestible, de forma que las inspecciones, en su periodicidad, era bastante permisiva, de una a dos veces por semana, haciendo la siguiente excepción: “El tiempo que reclama con más urgencia dichas revistas, es desde 1º de abril hasta  octubre, deberán hacerse a primera hora de venta, y después de los días que sigan a una tempestad, gran calma o en los que reine el este o el solano”.

Ya tenemos el ejemplo de dos ciudades con infraestructuras muy distintas pero con los mismos resultados, creo que ahora deberíamos de fijar nuestra atención en una ciudad, que siendo interior disponga de un río con un buen caudal, y nos detendremos en Sevilla, centro del mundo entre los siglos XVI al XIX, que tenía otras peculiaridades muy específicas, su río, el Guadalquivir, que es navegable hasta más allá de dicha capital, siendo su riqueza piscícola muy buena, tanto que los árabes hablaban de sus pesquerías y donde encontramos en el libro ‘Historia de Sevilla’ de Alonso Morgado, escrito en el año 1587, lo siguiente: “Pues en cuanto a las provisiones de pescado, ya se puede echar a ver por las muchas carabelas, que tantas diferencias de pescados se ven ordinariamente en la ribera del Guadalquivir, de todo lo que se come en España, sin lo que le viene por tierra de todos los puertos, que le son convecinos, como también por la otra mucha abundancia, que provee por su parte el mismo Guadalquivir. Como son sábalos, lampreas, sabogas, barbos, picones, machuelos, corvinatas, anguilas, zafios, albures[2], que es pescado muy regalado, sin más espinas que la del lomo, y róbalos, que se dan a cualesquiera enfermos, sin la chusma de pejerreyes y camarones, y todos estos pescados en tanta abundancia, cual parece por los barcos, que con ellos se ven el puente de Triana[3]. Mátanse también algunos sollos[4], cuyo pescado es comparado a la carne de carnero. E yo he visto pescar en el mismo Guadalquivir entre Sevilla y Triana pescados, que suben de la mar, mayores cada uno que dos hombres[5]”.

Tal importancia tenía el pescado en la alimentación que nuestro informador contaba que “por su renta de 18.000 mil ducados de solamente pescado fresco en este año de 1586. Y la del salado suele andar entre dieciséis cuentos, y 800.000 maravedíes”.

Abundando más en la venta de pescado en la ciudad de Sevilla, y siguiendo con el mismo autor, es notable saber la organización para su venta y así llegamos a saber que la lonja de pescado, donde se pesaba, estaba situada en la Plaza de San Francisco[6] en tiempos de los Reyes Católicos, los cuales, en carta fechada en Barcelona el 24 de febrero de 1493, dieron licencia para que se tomara una de las nave de las Atarazanas, cerca al río[7] por estar próxima al basurero.

En el año 1502 se redactaron unas Ordenanzas Municipales de Sevilla por los Reyes Católicos, las más completas y extensas que he conocido, de la que daré cuenta en otro momento dada la importancia de ellas y la complejidad de su redacción y donde se habla extensamente del pescado, sus lonjas y sus lugares de venta al menudeo o pescaderías en la ciudad, así como el castigo que tuvieron los que las incumplían, algunos de ellos penados con treinta azotes.

Si algo chirría en toda esta historia son las ordenanzas municipales de Barcelona de 1856 [8], ciudad que sin duda tenía, y sigue teniendo, una de las mejores y más cuidadas lonjas de pescado y qué pese a ser muy extensas incomprensiblemente lo mezcla con las carnes de animales de corral, dictando ciertas normas, siendo la primera que debía de expenderse en los lugares que la municipalidad le designara, las pescaderías, dando las siguientes órdenes: El pescado fresco no podía tenerse lavado, no se podía tener en el punto de expedición vasija u otro utensilio que contuviera la menor cantidad de agua. Para el pescado salado decía que no debería estar almacenado en lugares húmedos, so pena de ser decomisado y destruido. Para los que vendieran bacalao en remojo aconsejaba que debieran de cambiar el agua muy frecuentemente y en verano estaban obligados a poner en el lebrillo un poco de carbón medio acribillado[9].

Si hasta ahora pensábamos que todo este despropósito de ordenanzas municipales nos estaban poniendo en la pista para esclarecer el consumo de pescado en una España compleja por sus infraestructuras viales y su terreno accidentado, refiriéndome siempre antes del siglo XX, nos podemos llevar más de una sorpresa porque si nos detenemos en Tudela (Navarra) y leemos atentamente sus Ordenanzas Municipales aprobadas en 1835, cuando sólo contaba con unos 7.000 habitantes, sabremos algo sobre el abasto de pescado cuando era imposible importarlo de las costas, en definitiva conoceremos la forma de pescarlos en sus ríos[10].

Las ordenanzas de Tudela son muy claras al respecto, sólo se legisla sobre los peces de río capturados en el Ebro, reglando la forma y permisos de captura, de modo que se prohibía la pesca con cañares u otros semejantes en el río so pena de ser arrancados y multado con ocho duros, más las costas de dicha operación, excepción hecha de aquellos que lo solicitaran, siendo estrictos en la licencia que debería respetar los intereses de terceros, debiendo ser arrancados cada año para el día 30 de agosto. La distancia mínima que dictaba entre un ingenio de pesca y otro debería de ser de doscientas varas.

El artículo 284 decía lo siguiente: “Los pescadores, en todo tiempo en que no hicieren uso de sus barcos de pescar, deberán tenerlos día y noche atados con cadena y llave, bajo pena de dos duros”, terminando dichos articulados citando que cualquier cosa no recogida en ellos serían dirimidas por “los veedores e inteligentes que les parezca” y remitiendo a las ordenanzas de la policía rural.

En las Ordenanzas Municipales de Cuenca del año 1861 tan solo dicta órdenes sobre el pescado en un artículo, el 114, que ni tan siquiera habla de salubridad o venta, se circunscribe a su pesca en el río Júcar y la prohibición de hacerla fuera de los meses de veda y mezclada con la caza, algo que choca con las ordenanzas referidas al abasto de carnes que son muy extensas, lo que da idea de la poca importancia que tenía su consumo.

Volviendo otra vez a Sevilla, ciudad en la que resido, encontré unas ordenanzas muy interesantes, las del Real Colegio de San Telmo (escuela de pilotos marinos) del año 1786, que da una idea del consumo de pescado en Sevilla en aquella época y que en su artículo 134, dedicado a la comida de los colegiales, y donde decía: “A cada colegial se dará todos los días para el almuerzo cuatro onzas de pan, y además frutas, queso, o manteca, según los tiempos: a medio día ocho onzas de pan, una taza de caldo, cinco onzas de vaca o carnero, y una de tocino, con las legumbres y verduras correspondientes, y de postre una cantidad proporcionada de fruta fresca o seca: por la noche otras ocho onzas de pan, cinco de carne, y un platillo de ensalada. En los días de pescado se variará, dando con proporción al gasto de otros días, a la comida un plato de potaje o arroz, y otro de huevos o pescado fresco o salado, según las ocasiones, y sus postres; y a la cena igual ración de huevos o pescado, y su platillo de ensalada. En Pascuas, y algunos otros días señalados se añadirá algún extraordinario según costumbre”.

Las últimas ordenanzas a consultar, de las muchas existentes, podría ser las de Córdoba del año 1884, donde regla la venta de pescado, tanto de mar como de río, así como su captura en lagos y río Guadalquivir, un buen combinado para medio entender su consumo en dicha ciudad.

El primer artículo que habla sobre el pescado y su venta es el 637, donde dice que todo tipo de pescado, tanto de río como de mar, se examinará diariamente por la comisión inspectora de abastos antes de su venta, inutilizándolo y multados a sus dueños si no estuvieran ‘frescos’.

El siguiente artículo, el 638, dice textualmente: “El bacalao remojado sólo se expenderá en los puntos que la comisión municipal designe para evitar molestias al público. Los vendedores de este artículo cuidarán de renovarle el agua cada dos horas, retirándola en el acto sin arrojarla a la vía pública”.

Y termina con el 639, donde poca importancia se le daba al pescado, por lo que se deduce que su consumo debería ser escaso: “Los almacenes o establecimientos en que se conserven o expendan pescados frescos, escabeches o remojen bacalao, garbanzos u otros artículos expuestos fácilmente a la descomposición, deberán estar aislados, a ser posible distantes de los puntos céntricos y siempre con suficiente ventilación”.

Por el contrario se reglaba extensamente la pesca en los estanques, lagunas, charcas y río Guadalquivir, limitando a 23 milímetros las mallas de las redes, prohibiendo envenenar las aguas para la pesca y limitando su tiempo de pesca, estando vedado entre el 1 de marzo y el 31 de julio, aunque autorizaba en todo tiempo con caña.

Hasta aquí la recopilación de ordenanzas que legislaban la venta y consumo de pescado en España antes del siglo XX, con la intención de terminar de una vez por todas con las ideas especulativas que intentan generalizar o globalizar un tipo de alimentación, que como hemos podido comprobar, si sabemos leer entre líneas, era poco apreciada y tenida como peligrosa para la salud, dependiendo de su lejanía a las pesquerías, intentando hacer comprender que en nuestro país, me refiero a todo él, la costumbre de comer pescado es reciente, no más allá de los años 60 del siglo XX, momento en que se generalizaron los alimentos conservados en frío, las infraestructuras viales eran aceptables y, como consecuencia, el abaratamiento de dichos alimentos pudieron hacerse populares. Hasta entonces el ciudadano se debía conformar con las salazones, con los ahumados o los secados al aire, de ahí la ecuación espacio/tiempo origen de este trabajo, donde el mundo era más grande, apreciativamente, y donde la distancia máxima a recorrer por día no superaba los 20 kilómetros, como ya he comentado, en unas condiciones penosas de caminos de tierra, dependiendo de la climatología y sobre todo de unas condiciones higiénicas deplorables.

He dejado para el final las anotaciones de los médicos, que si estaba putrefacto, lo tenían por un terrible veneno que mataba con saña a la población y así en el ‘Manual de Toxicología clínica y médica legal’, el mejor libro editado de medicina legal que estuvo vigente hasta el primer cuarto del siglo XX[11] y donde podemos leer historias clínicas escalofriantes sobre las intoxicaciones por comer almejas y la muerte cruel de aquellos que se intoxicaron y, donde a modo de ejemplo, dice: “En el hombre, como en los animales intoxicados, la muerte sobreviene por parálisis respiratoria; el corazón continúa latiendo mucho tiempo todavía si se practica la respiración artificial”.

Pero antes de estudiar este libro del que hago referencia sería interesante leer otro, el titulado ‘Lecciones de medicina legal y forense’, escritas en francés por Mateo Pedro Orfila, tomo I, Madrid 1825, que en su capítulo ‘Curación de los que se envenenan comiendo pescados dañosos’ dice lo siguiente: “Se administra desde luego al paciente un emético. Si hiciese mucho tiempo que tragó el veneno se le da un purgante, y una lavativa de la misma especie. Cuando hagan efecto estos remedios se le suministrarán terrones de azúcar, echando en ellos de veinte a veinticinco gotas de éter, y además algunas cucharadas de la cocción antiespasmódica. Se le dará a beber a todo pasto agua que tenga en cada vaso dos cucharadas de vinagre o limón. Si continuasen los dolores del estómago se le aplicarán de diez a doce sanguijuelas en el bajo vientre”.

Siguiendo nuestro camino, y de vuelta al libro Manual de toxicología, observamos que, como era de esperar, achaca la mayoría de las muertes y las intoxicaciones a las ostras o las almejas, lógico si tenemos presente que el pescado en mal estado avisa por su olor y pésimo sabor amoniacal; por cierto, recuerdo que mi padre cuando yo era muy pequeño, no más de cuatro años, me contó que el nombre amoniaco venía de demoniaco, de olor infernal, algo que nunca intenté saber si era cierto porque fue de las primeras cosas que me impresionaron y esa inocencia no quisiera perderla.

Tras contar casos clínicos por intoxicaciones por pescado en conserva de diversa índole termina diciendo: “Las intoxicaciones por bacalao salado se han observado con mucha más frecuencia, especialmente en el ejército y en la armada. Cuando el bacalao se torna nocivo presenta, a menudo, una coloración roja; pero parece ser que el rojo de bacalao es una substancia inofensiva. Es casi seguro que los agentes patógenos serán otros microbios diferentes de los que originan el color rojo antes indicado”.

Llegamos al final del trabajo siendo consciente que no se contó ni la ínfima parte de todo aquello que podría contar y con idea de qué debemos contextualizar y razonar todo momento histórico, sin ello nunca llegaremos a comprender y razonar momentos puntuales de la historia, de igual forma, al estar formado el país de forma celular y muchas veces casi incomunicados del resto, incluso de los más próximos, es necesario no globalizar o generalizar a la hora de intentar conocer la gastronomía de ciertas zonas que, por otra parte, era casi de supervivencia en muchos casos y de ahí, en ciertos momentos, de la miseria nos llegaron los platos típicos que hoy enriquecidos comemos.

La bibliografía utilizada en este trabajo va implícita en su contenido.

firmamiabuena

[1] Aconsejo leer mi trabajo sobre el escorbuto, primera parte, para comprender lo que digo.

[2] Hay un refrán en Sevilla que dice: ‘No te apures mientras en el río haya albures

[3] Barrio al otro lado del río, que discurre de norte a sur, hacia el oeste

[4] esturiones, aconsejo leer la historia del caviar

[5] Sevilla está en la cota 7 metros sobre el nivel del mar y hasta ella llegaban las mareas

[6] Lugar donde hoy está el ayuntamiento y centro neurálgico de la ciudad.

[7] Seguramente en lo que hoy es el barrio del Arenal y cerca de la iglesia de Baratillo, ya en el siglo XIX se trasladó a unas naves, aún existentes y que se utilizan como bares gourmet junto al puente de Isabel II o de Triana.

[8]La Sección V está dedicada a la carne de caza y al pescado, artículos 282 al 288.

[9] Sobre este método tenemos hecho un estudio titulado ‘Historia de la primeras comidas químicas a comienzos de 1800 o la historia de la cocina molecular’

[10] Título 6º. Sobre la pesca: artículos 279 al 285

[11] Libro de mi biblioteca que considero un tesoro y que perteneció a un antepasado mío, procedo de una familia de médicos que se pierde su antigüedad en la memoria, y que de tanto usarlo perdió las tapas, razón por la que no puedo datar su fecha exacta de publicación, sé a ciencia cierta que fue editado a comienzos del siglo XX y es la tercera edición y lleva por título ‘Manual de toxicología clínica y médico-legal’, siendo una traducción de otro francés del doctor Ch. Vibert.

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