Historia de los primeros enfermeros/as y la alimentación en el siglo XIX

Dedicado a todos aquellos que trabajan por el bienestar de otros en los hospitales

Carlos AzcoytiaEncontré uno de los primeros manuales, fechado en 1804, de lo que hoy es una profesión y carrera por la que siento un gran respeto dada la abnegación y entrega de los que la ejercen, me refiero a los Ayudantes Técnicos Sanitarios o Enfermeros; en realidad es un pequeño librito de instrucciones firmado por un tal P. E. Serain que lleva por título ‘Arte de asistir á los enfermos’, creo que toda una joya porque ni dichos profesionales, al menos en mi búsqueda en su web, hablan de él, aunque sí se de la existencia de otros libros anteriores, como es el editado en 1625 escrito por la Congregación Bernardino de Obregón del hospital General de Madrid.

Soy consciente que no es el primero como ya he comentado, ya que el cuidar enfermos data de las primeras sociedades, pero sí es un libro donde se regla dicha profesión y la enlaza con la medicina, sirviendo de puente o soporte entre el galeno y el enfermo.

Comienza a modo de prólogo con esta palabras: “La ignorancia, la negligencia y la mal entendida condescendencia con los dolientes ha causado la muerte de muchos antes de tiempo y con el fin de disminuir estas desgracias voy á indicar algunas reglas para que los enfermeros ó asistentes auxilien con eficacia las disposiciones de los médicos, y para los que viven en pueblos cortos en que no hay facultativos, y han de cuidar por obligación, amor, ú oficio á los enfermos”.

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Pasa de inmediato a describir el perfil ideal de la persona que se quiera dedicar a dicho oficio y que trascribo porque ya aparece la filosofía de estos profesionales que, normalmente, tanta entrega ponen en su trabajo cuando explica, tan sólo en dos apartados, el compendio o base en la que se sustenta todo el entramado de su cometido, en este caso, extra hospitalario, antes de desarrollar más detalladamente su labor: “I. Los que cuiden á los enfermos han de ser robustos para poder resistir las fatigas inseparables de esta ocupación; han de servirles y hablarles con mucho agrado y dulzura, sin condescender con lo que ellos pidan y sea contrario al régimen que deben observar; han de ser mañosos, despiertos, discretos, prevenidos, muy aseados, vigilantes, sobrios, y han de juntar una buena memoria con unas entrañas compasivas.

II. La ocupación de un enfermero, ó persona que cuida de un doliente, se reduce á estar siempre á la vista, adivinar sus deseos, y satisfacérselos si conviene á su Salud; ayudarle para todo; mudarlo, tenerlo aseado, cubrirlo y descubrirlo á tiempo; executar con la mayor puntualidad lo que disponen los facultativos; llevar por asiento todas las novedades que observe en el enfermo para dar al medico cuenta de ellas con exactitud; excusarle mucha conversación y visitas; guardar un secreto inviolable en las cosas que lo exijan; no hablar sino lo preciso; consolar de quando en quando al enfermo sin molestarle; animarle con pocas palabras quando se le vea abatido; y resistir con firmeza á sus deseos quando le sea perjudicial satisfacérselos, haciéndole presente con mucha dulzura el daño que le resultaría si se le diese gusto.

El menor olvido ó negligencia en los asistentes es la causa de que perezcan muchos, ó de que se agraven sus males”.

Hasta aquí, de forma tan sencilla, sienta las bases del talante de la persona ante el trabajo que debía desarrollar para entrar directamente en los aspectos puramente profesionales y técnicos que sí eran necesarios aprender y que sale de mi cometido, porque entonces este sitio no trataría sobre la historia de la gastronomía para convertirse en otra cosa, aunque me da mucha pena no poder compartir con mis lectores todo el contenido de dicho librito, del que, por lo menos, si pondré los enunciados de todos sus apartados.

Comienza describiendo la elección de la habitación que albergará al enfermo, tanto si es en invierno cómo en verano, hay que tener presente que al no existir aire acondicionado, por ejemplo, esto influía en dicha elección, explicando también su mobiliario y utensilios, entre los que cabe destacar los siguientes: “Elegido el quarto mas conveniente para el enfermo, se pondrán en él los muebles y cosas necesarias para su mayor comodidad á fin de que todo esté á mano: esto es, vasos inmundos (escupidera o bacina), jofayna, lavativa con todos sus adherentes, un par de tazas, otras dos con sus tapas, vasos, agua, pañuelos, servilletas, camisas bien lavadas y secas, una ó dos mantas para los pies, y almohadas para diferentes usos: la tisana se ha de tener arrimada á la lumbre á fin de que la tome templada: los demás remedios, que haya de tomar calientes, n o se calentarán hasta la hora de darselos, sirviéndose para ello, si es posible, del baño maria: junto á la chimenea habrá sus nichos cerrados en que tener los vasos inmundos en invierno para que al usarlos no los encuentre muy frios el doliente.

Cerca de la cama se pondrá una mesa con los vasos, tazas, y medicinas que haya de tomar frias, tintero y papel en que escribir las novedades que se adviertan en el enfermo…”.

Ya tenemos, para hacernos una idea, todo el decorado que nos va a servir para poder escenificar en nuestra mente, como si fuera en una película o en una obra de teatro, el lugar donde se irán desarrollando los hechos, aunque es mucho más amplio y detallado, pero al menos podrá servir para situarnos.

Termina dicho aparto, el III, con las siguientes palabras: “El quarto se ha de tener con el mayor aseo; se lavarán perfectamente los vasos inmundos, y se sacará fuera, toda la ropa puerca”.

El apartado IV lo dedica a describir la cama del enfermo y su preparación, para pasar en el V y siguiente a hablarnos sobre el régimen y la alimentación cotidiana, la especial o en casos extremos la trata más adelante, y así nos dice: “Régimen.

V. Se entiende por régimen aquel arreglo que se adopta en la cantidad ó qualidad de las cosas siguientes: ayre, alimentos, bebidas, movimiento ó reposo, pasiones, sueño, vigilia, y evacuaciones. Del ayre ya se ha hablado en el núm. III.

Alimentos.

VI. El médico es quien ha de prescribir los que le convienen al enfermo, y el asistente observará con puntualidad lo que éste le ordene, sin hacer caso de lo que diga en contrario el doliente ó sus allegados; y procurando evitar que furtivamente le dé otra cosa alguna persona movida de una compasión pueril. A los enemigos de la dieta nunca les faltan razones para dar algo al paciente á espaldas del médico: yo sé muy bien los perjuicios que con esto le causan; pues el que se deja llevar de las instancias importunas que hace el enfermo pidiendo lo que no le conviene, le conduce muchas veces á la muerte: este es el inconveniente que resulta de que algunas personas indiscretas se metan á añadir lo que les parece á lo qué haya dispuesto un médico juicioso”.

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Los siguientes capítulos de esta primera parte tratan sobre el movimiento, las pasiones (modo de tratar el estado anímico), el sueño y problemas relacionados con el tratamiento de las hemorroides y las sangrías.

La segunda parte comienza con la alimentación , tanto líquida como sólida, algo que nos interesa porque la medicina del siglo XIX en nada se parece a la de hoy y hasta en algunos puntos nos puede llegar a sorprender, ya que es de mi parecer que hemos llegado hasta aquí pese a los experimentos médicos que siempre se hicieron y que progresó, me refiero a la medicina, gracias a los muertos que fue, y supongo que siguen, dejando en el camino.

Ya en el capítulo II encontramos lo siguiente: “De los caldos.

I. Estos se toman como alimento ó como medicamento: el médico dirá como y de que se han de hacer para cada cosa. Para dar un caldo á un enfermo se le ha de quitar bien la grasa, se ha de colar y calentar en baño maria: esto es, poniendo una cazuela mediada de agua sobre la lumbre, y cuando esté  hirviendo se mete dentro una vasija delgada con el caldo, y se tapará esta para que se caliente con el calor del agua; luego se echa el caldo en una taza y se presenta al enfermo. Si á la hora de darle el caldo estuviese con frío, y con crecimiento de calentura, se esperará á que se pase ó se rectifique.

Es muy buena precaución la de que el doliente se enjuague la boca antes de tomar el caldo: si este estuviese muy débil y no lo puede tomar con la taza, se le dará á cucharadas, ó con un pistero, ó se le hará chupar con tres ó cuatro pajas largas y bien limpias”.

El caldo, el alimento que siempre salvó a la humanidad tanto en la prosperidad como en las épocas de mayores hambrunas y, como en este caso, cuando la enfermedad debilitaba hasta extremos la salud, el mayor invento gastronómico y la primera receta de cocina (aconsejo leer mi trabajo sobre la historia de la sopa presionando aquí).

El siguiente capítulo lo titula ‘De las bebidas ordinarias de los enfermos’ que las divide en las siguientes: 1º aguas de ternera ó de pollo: 2º tisanas: 3º apócemas: 4º Infusiones: 5º hidromieles (agua con miel): 6º emulsiones: 7º aguas de limón ó naranja: 8º suero: 9º aguas de azúcar, de pan, de grosella, ó agua con un poco de vino.

La posología era la siguiente: “Cualquiera que sea la bebida que se le haya prescrito á un enfermo se le ofrecerá cada media hora, y aun más a menudo si se le seca la boca, dándole cada vez media taza ó más, fría ó caliente, según lo disponga el médico.

Si es caliente, se tendrá siempre al fuego cierta cantidad, y otra fría para templarla y dársela en el grado de calor que la deba tomar. A veces conviene dar la bebida con mayores intervalos, ó suspenderla según los efectos que se observen hasta que venga el facultativo.

Si la bebida es de mal gusto se dará después de ella al enfermo un poco de azúcar ó un cacho de naranja.

Siempre se ha de procurar que las bebidas sean recién hechas y no guardarlas de un día para otro”.

El capítulo III lo dedica a los líquidos que se tomaban en cortas dosis y que los defina de la siguiente forma: “Tales son los julepes, tomas, locks, jarabes, y gotas, que se han de conservar en agua fresca, excepto estas últimas, teniéndolos separados del fuego, y de cualquiera calor que los deteriora muy pronto, particularmente á los loks, aceites y jarabes. Cuando se dé al enfermo alguno de los tres primeros remedios, se removerá bien la redoma en que esté, se echará prontamente en un vaso ó taza, si es julepe, y en una cuchara si es lock ó jarabe, para que lo tome el doliente á las horas que señale el médico, dejando pasar de una toma á otra media hora de intervalo, y lo mismo para cualquiera otro medicamento”.

La forma de dispensarlo, que no deja de tener su gracia por el instrumental para dosificar las gotas, era el siguiente: “En cuanto á los remedios que se den por gotas, para medir estas con exactitud se tapará la boca de la redoma con la yema del dedo pulgar, y volviéndola hacia abajo se apartará un poquito dicho dedo á un lado para dejar salir solo las gotas que sean menester. Todos estos medicamentos se han de tener en botellas, frascos ó redomas bien cerradas”, como podemos comprobar lo rudimentario primaba a la higiene más elemental.

Continúa, en su apartado IV del capítulo, hablando de los medicamentos internos y sólidos para seguir con las purgas y vomitivos, de los cuales decía que debían administrarlos muy de mañana y en ayunas, advirtiendo que si el paciente presentaba “supuraciones, ó flores blancas” seguidas de un cuadro de dolor o desmayos debería suspenderse y esperar a que el médico dictaminara, explicando a continuación la forma cómo debían hacerse las tomas e incluso el uso de dulces para quitar el mal sabor de boca.

Los siguientes apartados están destinas a las gárgaras, los colirios las inyecciones, las lociones y fomentaciones, las cataplasmas, los baños, los baños medios, baños de piernas y las lavativas, de las cuales indica, esto me dejó perplejo, lo siguiente: “Las que se den para que sirvan de alimento pueden ser de buen caldo sin sal: á veces se añade vino ó yemas de huevos. Estas siempre se suministran en menor cantidad, y con la precaución de echar antes una lavativa simple á fin de limpiar los intestinos, y se esperará á que el enfermo la suelte antes de echarle la otra”.

Sigue con el tratamiento de lo que denomina calas, después continúa con los vejigatorios o cantáridas de donde sacamos que se utilizaban alimentos para su elaboración de la siguiente forma: “Regularmente viene hecho de la botica el emplasto de cantáridas y no hay mas que aplicarlo; pero si solo hay cantáridas y no hay emplasto, se hará éste de tres dedos de ancho y de cinco á seis de largo, con levadura que se extiende sobre un retazo de lienzo, y se humedece con vinagre antes de ponerle encima las cantáridas molidas hasta que forme una cama tan alta como el canto de medio duro: todo se rocía después con algunas gotas de vinagre: hecho este se pone al fuego medio vaso de vinagre fuerte con tres ó quatro polvos de pimienta molida, y otra tanta sal, y mientras se calienta, se afeitará la parte á que se ha de aplicar; luego se frota con un lienzo áspero empapado en dicho vinagre caliente, hasta que la parte quede muy colorada, aunque de ello se queje el doliente; y se aplicará encima el parche de cantáridas sujetándolo con una compresa ó una venda.

La aplicación de las cantáridas suele dar ganas de orinar con frecuencia, lo que se verifica muchas veces con dolor; por eso dicen algunos que se han de mezclar con las cantáridas molidas algunos polvos de alcanfor, y que mientras hacen su efecto tome el doliente caldo de pollo ó ternera con abundancia; y aun aseguran que es mejor la emulsión ú orchata nitrada”; también se utilizaban hojas de acelgas maceradas al fuego y manteca de vaca sin sal que se ponía a modo de emplaste para curar las vejigas producidas por dichas cantáridas sobre la piel.

Enseña la forma de hacer sangrías, creo que el mayor martirio de la medicina, y donde dice al final: “El enfermo tomará un caldo una hora después de sangrado: si tuviese el estómago ocupado se esperará á que pasen 3 ó 4 horas para sangrarle”.

Si la sangría era un martirio para que contar de las operaciones, que se hacían en las casas sin las menores medidas higiénicas y sin anestesia, todo como en una pesadilla y que era de la siguiente forma: “Para estas se ha de tener preparado lienzo fino y usado, hilas, vendas, luz, agua limpia, vinagre, vino, toallas, un braseruelo, y demás cosas que pida el cirujano.

Acabada la operación se saca del quarto todo lo que haya servido para ella”, claro está que el vino era para emborrachar al enfermo, único anestésico conocido hasta entonces, lo que me recuerda lo que leí hace ya algunos años sobre una operación en Londres por el mejor cirujano de la época y que consistió en una amputación de una pierna.

El secreto de los buenos cirujanos estaba en la velocidad a la hora de amputar, en concreto este lo hizo en menos de un minuto, lo que hizo que con las prisas, aparte de cortar la pierna a la altura de la ingle, también se llevara por delante dos dedos del ayudante que sujetaba al paciente más un testículo de pobre hombre que estaba siendo masacrado.

Ya en la Tercera parte, cuando se refiere al cuidado de los enfermos en diferentes dolencias dice que en invierno debe de darse, esto ya es contrario a todo lo que hoy conocemos, “la bebida caliente, y suspéndase el uso de qualquier otro remedio mientras dure el frio. De nada suele servir en aquella ocasión el vino, la sidra, la cerveza y demás licores espirituosos: es verdad que si el frió es muy grande y el enfermo anciano ó muy débil, se le podrán dar algunas cucharadas de vino, de sidra ó cerveza; pero de ningún modo de aguardiente ú otros licores semejantes. Mientras dure la fiebre no se le darán alimentos, solo quando decline se le podrá dar caldo”.

Creo que con esto cumplo con el cometido del presente estudio, el contar los remedios usados hasta el siglo XVIII y la abnegada labor de los enfermeros, pero no quiero despedirme sin contar algunas anécdotas que aunque nada tienen que ver con la alimentación de los enfermos, si pueden dejarnos con la boca abierta y saber apreciar que hasta no hace mucho era más difícil sobrevivir a una cura que a la propia enfermedad y que hoy, pese a la mezquina política de recortes y privatizaciones que quieren hacer los golfos que nos gobiernan, el estar enfermo es algo pasajero y pensando en todo lo contado hasta agradable, porque también aconseja que cuando el enfermo se desmayara el remedio para hacerlo volver en sí era quemar plumas cerca de la nariz para que oliera el humo o en su defecto quemar igualmente cuero viejo o cuernos. Si el enfermo tenía sopores o letargos la cosa creo que era peor porque dice: “En estos casos importa mucho no dexar tranquilos á los enfermos, porque les seria muy dañoso: conviene pues menearlos, sacudirlos, pellizcarlos, darles friegas con paños ásperos, pegarles en las manos, acercarles á las narices olores fuertes, como álcali volátil, vinagre radical &c., azotarles con hortigas, si el letargo es grande, y continuar estos remedios hasta que el paciente vuelva en sí”.

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Como vemos no todo tiempo pasado fue mejor, pese a que muchos quieran convertir nuestro presente en un purgatorio y a los que condenaría, me refiero a los políticos, sindicatos y banqueros de hoy, a una larga curación con los métodos antes citados, creo que el mundo sería mejor y sin tantas injusticias, esto último me siento obligado a colocarlo porque me he propuesto ser el flagelo de golfos.

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