Peste en Sevilla entre 1647 y 1652

Este trabajo es una actualización de otro nuestro de fecha Agosto 2010

Antecedentes de un desastre.-

Preparando un estudio sobre el hambre que se padeció en Andalucía ente los años 1647 y 1652 encontré un librito editado en diciembre de 1649, impreso en Écija por Juan Malpartida de las Alas, en el que se narra lo sucedido ese mismo año en la ciudad de Sevilla y referente a la mayor epidemia de peste que vivió la ciudad en toda su historia, donde, según estimaciones posteriores, murió un 46% de la población de la ciudad.

Éste libro, de no más de 27 páginas, fue escrito por un religioso anónimo por encargo Pedro López de San Román Ladrón de Guevara, Jurado de Sevilla y adscrito al Tribunal de la Santa Inquisición.

Cuando terminé de leerlo me vino a la mente otros datos que no conectaban con la epidemia aparentemente, y que hace años tuve que estudiar cuando preparaba mi libro ‘Salazones y ahumados, una tradición milenaria‘, que en el año 2008 editó la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía. Para la elaboración de dicho libro tuve que investigar lo recopilado y hecho público por el archivo de la Duquesa de Medina Sidonia, ya fallecida, donde se recogían los diarios de dicha casa en lo referente a la pesca del atún en las almadrabas.

Había un pasaje, o una serie de ellos, que se me quedaron en la memoria y que iré entrelazando en éste trabajo porque pueden dar sentido a historias individuales y puntuales que por sí mismas no pueden decir nada, pero vistas dentro del conjunto nos dan pistas sobre el origen de dicha epidemia y la consiguiente sucesión de cosas que llevaron a hundir la ya frágil economía del sur de España.

La zona del Estrecho de Gibraltar y las costas mediterráneas, en aquella época, eran poco seguras, consecuencia de las incursiones de los piratas berberiscos con bases en el norte de África; eso unido a los estados dentro del estado que de facto existían, donde los nobles, dueños de grandes latifundios consecuencia del reparto de tierras hecho en la Reconquista contra los moros, administraban sus tierras de forma feudal y hacían muy difícil una coordinación de cualquier tipo en el territorio, pese a los desvelos de la Corona por no querer perder las riendas del poder.

Si el hacinamiento y la suciedad imperaban en las grandes urbes como Cádiz, Córdoba o Sevilla, en el sur España, mucho peor estaba la situación en las del norte de África y ni imaginar la vida en los barcos de los corsarios que asaltaban las costas en busca de botines, unas veces humanos para pedir rescate y otras para robar todo con lo que pudieran cargar, transportando no sólo lo robado, sino también las enfermedades, como quedó reflejado en los ya mencionados archivos de Medina Sidonia, donde se cuenta la incursión de piratas en 1645 y como el capitán de la almadraba fue a su encuentro con gente armada, descubriéndolos en el Cabo de Plata, donde mataron a dos de ellos, los cuales enterraron en la playa por haber llegado rumores de haberse declarado una epidemia de peste en Berbería.

El abandono por parte del duque de sus tierras, como consecuencia de un supuesto delito de secesión apoyando al rey de Portugal, las pesquerías, de las que era dueño y señor desde el sur de Portugal hasta el reino de Valencia, quedaron casi en manos de sus administradores que hacían y deshacían a su antojo y donde el orden y la autoridad se fue corrompiendo, dejando muchas veces sin defensa las poblaciones de Zahara, Barbate y Conil por lo que los berberiscos casi eran visitantes asiduos de estas costas y con ellos la peste.

Las ratas, las pulgas y el clima.-

El comercio de Sevilla era pujante, en primer lugar porque era puerto de las Américas y también centro de los negocios de la Andalucía Occidental, donde llegaban todo tipo de mercancías y con ellas las ratas que, de forma oportunista, iban como pasajeros de los barcos o entre los alimentos que llegaban en carros a la ciudad.

Todo estaba servido para la explosión de una epidemia sin precedentes, pero si no conocemos al agente transmisor difícilmente llegaremos a entender como, por qué y cuando se desarrolló la enfermedad.

La peste la transmiten las pulgas que viven a expensas de determinados animales, siendo el principal portador, y casi único, la rata, ya que es un animal no gregario que cambia constantemente de habitat en busca de alimentos, también lo son otros carnívoros, entre los que se encuentran los perros y los gatos, pero éstos son sensibles a la enfermedad y suelen morir pronto , no son tan trashumantes, ya que normalmente son territoriales, a no ser que el ser humano los traslade.

La pulga, para desarrollar la infección, todas pueden ser portadoras de la enfermedad, padecen, cuando baja la temperatura, lo que se conoce como una oclusión intestinal, que hace que parte de la sangre que succionan se coagule en sus estómagos, donde se desarrollan las bacterias de la peste. El insecto al pasar hambre intenta alimentarse de todo tipo de animal de sangre caliente y al no poder hacerlo arroja o devuelve fuera esa sangre coagulada e infectada, tras lo cual muere de hambre, pero ya extendió la enfermedad a su portador o portadores.

Un librito revelador.-

El libro en cuestión lleva por título ‘Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la epidemia en la grande y augustísima ciudad de Sevilla, año de 1649‘, donde se narra, no de forma muy exhaustiva, el horror que padecieron sus habitantes.

Es curioso leer los antecedentes climatológicos a los que hace referencia y que traduzco por estar escrito en castellano antiguo: “Los abriles y mayos de éste país, que suelen competir con las canículas de otros, se vieron convertidos en diciembres, y volvimos los de esta región a padecer lo que Guillermo Paladín refiere sucedió en Francia el de 1528 donde este desorden de trocarse los tiempos duró por espacio de cinco años“.

A las bajas temperaturas, que si vive o vivió en Sevilla sabrá que es totalmente anormal, abría que sumar una época de lluvias casi torrenciales, como se vislumbra al leer que se habían inundado muchos barrios, en especial la Alameda de Hércules por la que se circulaba en barcas. Esta riada, de las que he llegado a conocer la última en mi niñez, hizo que la gente al principio de la epidemia no se preocupara demasiado, ya que todo el temor se centraba en el miedo a que las aguas subieran más.

Resulta interesante saber cual era, para las gentes de esa época, el motivo o el causante de la epidemia y nos llevamos la sorpresa cuando se puede leer: “Aunque pudo ser esto disposición para la peste, se refiere a la riada, la fundamental y verdadera es, que fue epidemia, la malévola influencia de constelaciones y planetas que predominaban este año“.

Según cuenta nuestro narrador anónimo la epidemia comenzó en el barrio de Triana, al otro lado del río Guadalquivir, y la trajeron unos gitanos que llegaron de Cádiz en unas ropas, para después decir: “Murieron todos, y los de la casa que les ocultó pagaron su villana codicia con la vida. Quedó apestada esta parte de la ciudad, saltó a lo interior de Sevilla la centella, y como halló tanto a donde cebar su furia, prendió de suerte su fiereza, que no pudo ocultarse más esta desdicha“.

Actuaron con presteza las autoridades sevillanas, ya que el Asistente de la ciudad, Jerónimo Pinelo de Guzmán, solicitó al Padre Prior de San Jerónimo, que era patrono del Hospital de la Sangre,  que habilitara espacio en dicha institución con la idea de dar asistencia a los enfermos. Rápidamente la solidaridad de todos los habitantes se hizo patente, ya que un particular, del que no se dice el nombre, dio doce camas para el cuarto de los afectados y 600 ducados para el sustento mientras durara la plaga. Los Hermanos de la Casa de la Misericordia dieron cincuenta camas con todo lo necesario para ellas, más mil vestidos para los convalecientes, téngase en cuenta que cuando ingresaba un apestado lo primero que se hacía era quemar sus ropas. Continúa el relato de las donaciones de urgencia con estas palabras: “Otros si no imitando su largueza, a impulsos de su generosa compasión, dieron veinte camas, otros ocho, otros cuatro, y otros una, y todos quejándose de no poder medir el caudal y posibilidad con su deseo“. Pero el donador más importante, tanto por su rango social como por su generosidad, algo que nadie esperaba, fue el Diputado de la Collación de Santa María la Mayor y Jurado, Pedro López de San Román Ladrón de Guevara, que pese “a la avaricia que tan de ordinario prende en estos grandes en tener“, donó ocho mil colchones, muchos carros y sillas de mano para llevar a los enfermos, lo que hoy se denominarían ambulancias, más importantes sumas de dinero para socorro de los más necesitados.

Casi de inmediato se habilitaron dieciocho salas nuevas del hospital de la Sangre, que comenzó su construcción en 1546, donde, en principio, debían albergar a “trescientos enfermos en algunas, en otras a doscientos y en otras a cincuenta, conforme la capacidad de cada una, separadas las mujeres de los hombres“.

Importante creo reseñar, ya que este sitio está dedicado a la historia de la alimentación, como se distribuía, donde se cocinaba y la higiene de las comidas, de modo que se lee lo siguiente: “La provisión y víveres, medicinas y todo lo necesario del servicio de los enfermos, y sanos que les asistían, estaban en cuartos separados del contagio, y se recibían por torno. Al repartimiento de esto asistía en él, de la parte de la despensa y cocina, que estaban, como he dicho, fuera del contagio, un religioso lego de San Antonio de Padua, llamado fray Gerónimo de Jesús María…“.


Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas en la peste de 1649 (cuadro propiedad del asilo de ancianos ‘El Pozo Santo’, Sevilla)

 

Cuando los héroes se organizan para la batalla.-

Resulta conmovedor leer como la mayoría de las personas que aún no habían contraído la enfermedad se aunaban y se organizaban para dar socorro a sus conciudadanos, muchos de ellos, por su posición económica, podían haber huido fuera de la ciudad desde el primer momento en dirección a zonas aún no afectadas, como así hicieron otros que marcharon a Sierra Morena o al norte, antes que se cortaran las comunicaciones con Madrid, que prohibió la entrada de personas y mercancías provenientes de Andalucía en un desesperado intento de cortar la expansión de la epidemia.

Fueron personas, unas anónimas y otras no tanto, que permanecen en el olvido en el nomenclator de la ciudad, gracias a los incultos que llevan ese negociado en el ayuntamiento de Sevilla, el del Servicio de Estadística, lo cuales proponen dedicar calles a personas que, en algunos casos, ni tuvieron nada que ver con la ciudad, un olvido vergonzoso que se da mucho en éste país de pollinos desagradecidos que andan a dos patas, un día escribiré sobre esas bestia y sus andanzas.

Entre los nombres de aquellos que pagaron con su vida, en su mayoría, su dedicación a salvar las vidas de otros se podrían citar:  al letrado Antonio de Viana que murió de la peste; el licenciado Juan Peculio, igualmente fallecido; el lector de teología moral de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, fray Blas de la Milla, que se contagió tres veces consecutivas de la peste y que gobernó el hospital, encargándose de quemar las ropas de los apestados, enterrar a los difuntos, siendo encargado de que “se diese la comida conforme a la calidad y necesidad de los enfermos…“, también señaló una proveeduría separada del contagio, donde estaba la provisión necesaria, regalos, y dulces para el servicio de los enfermos, siendo su primer encargado el licenciado Gabriel de Aranda, que hasta entonces había desempeñado el cargo de administrador del hospital de la Calentura, que estaba dentro de éste de la Sangre, el cual también murió de la enfermedad, a Aranda le sucedió el Contador Toribio del Rosal, igualmente muerto de la peste, siendo su sucesor en el cargo Francisco Suárez de Ribera.

A los médicos se les asigno un sueldo de cien reales al día, no es una cantidad excesiva si tenemos en cuenta que murieron todos de la enfermedad, sólo se salvó uno de ellos, de nombre Manuel de Mesa. Los cirujanos cobraban la misma cantidad e igualmente pagaron con su vida su dedicación a salvar las vidas de sus enfermos, entre los que se encontraban Francisco de Padilla y Sebastián Domínguez.

Se creó una especie de banco donde los enfermos depositaban sus caudales, los cuales se guardaban en un arca de tres llaves en la Proveeduría del hospital, siendo su encargado principal Gaspar Gutiérrez Arias, que también murió de la enfermedad. Éste dinero, si el paciente moría y no tenía herederos era destinado a ofrecerles misas por su alma, por lo que la iglesia, como siempre, salía beneficiada.

Muy pronto la enfermedad superó todas las previsiones y desbordó con creces las infraestructuras sanitarias de la ciudad, hasta el punto que comenta: “Llenose brevemente el hospital de enfermos, asombraba ver los barcos llenos de heridos, que para el cuarto de la cura traían de Triana. Los de la ciudad venían en principio en sillas, luego fueron menester carros, y tantos que cada parroquia tenía determinados los que necesitaba, según la cantidad de vecinos“.

Los todavía no afectados, según cuenta el autor anónimo, “salían a la Puerta de la Macarena para ver la multitud de los que yacían en el campo esperando, o a que se le aderezase cama, o a ocupar la del que acababa de morir“, para continuar con esta desgarradora descripción de lo que allí ocurría: “Rasgaba el corazón con más bronce ver aquel breve distrito que hay de la Macarena al hospital, hecho una campaña de desdichas, unos agonizando, otros con frenesí, otros llorando y confesando a voces sus pecados. Y para que el enojo del cielo campease más a lo descubierto, mujer hubo que a gritos confesó siete años de amistad con su padre, del cual supe dejaba hijos“. Después se prohibió que nadie saliera de esa puerta de la ciudad a mirar porque muchos de los curiosos habían muerto afectados por la enfermedad.

Se dieron casos de heroísmo sin límites, como el de fray Eufrasio de Guzmán que, con dos ‘landes‘ o bubones sin abrir, gobernaba una sala de 350 enfermos y que llevó a hombros a enterrar a 4.555 cuerpos y así cientos de casos.


Hospital de las Cinco Llagas hoy (sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía). vista desde satélite.

Cuando todo estaba perdido se desató la locura.-

Al quedar saturado el hospital de la Sangre, uno de los más grandes del mundo entonces, la Junta Real decretó que se formasen otros dos en Triana, en la parte que miraba al Monasterio de la Cartuja; uno para enfermería y otro para convalecencia, siendo el encargado de su gobierno el Fiscal de la Real Audiencia, Francisco Vizcarrero.

Los cirujanos, sin saber la forma de atajar la enfermedad se limitaban a sajar los bubones con resultados contradictorios, unos morían y otros sobrevivían sin saber la causa.

Se dictaron órdenes de la Junta por medio de pregoneros donde se ordenaba, a todos los vecinos de la ciudad, que matasen a todos los perros y gatos “por llevar estos el contagio de unas a otras partes“, llegando a ser tal la cantidad de animales sacrificados que para desocupar las calles de sus cadáveres fue necesario destinar un carro.

Se hicieron ayunos, azotes, rogativas y procesiones, siendo una, la del barrio de San Lorenzo, tan tumultuosa que se estimó en más de diez mil los feligreses, aunque no fue ésta la única, ya que “por así en esto como en todo, obtenga siempre el primer lugar la grandísima y devotísima Procesión que algunas noches hicieron los señores Prebendados con el restante Clero de la santa Iglesia; la cual estando a puerta cerrada, resplandecía tan hermosa toda rodeada de hachas y faroles, que retrataba el Templo que miró Isaías, retocado de la Gloria de Dios, o ya a fin propia en la noche de Navidad. Tenía cinco Estaciones…

Los gastos del personal, la alimentación y toda la infraestructura que existía se paliaba en parte por las donaciones de los que todavía estaban sanos, lo cuales ayudaban con regalos  de gallinas, carneros, bizcochos y serones de pasas “en tiempo que no se hallaba en Sevilla una” y “Para que se admirase más la cordial piedad de los habitantes de esta Nobilísima Ciudad cierto día se juntó en la Iglesia de San Antonio de Padua una copiosa multitud de gente principal, y llevando cada uno en las manos una fuente y canastos de regalos diferentes, fuéronse en procesión hasta la Sangre cantando Letanías“.

Según el que informa en el libro, todos los días aparecían doscientos y otras trescientos cuerpos abandonados a su suerte en las gradas de la catedral, al igual que en la iglesia del Salvador y en menor cantidad en las de las otras iglesias.

El olor a muerte era insoportable en toda Sevilla, tanto que se hizo cerrar todos los templos, trasladando el Santísimo Sacramento a un vecino Monasterio, ordenando las autoridades crear seis nuevos grandes cementerios que se situaron en en el alto de Colón, fuera de la Puerta Real; en la Almenilla, fuera de la Puerta de la Barqueta; fuera de la Puerta de la Macarena; fuera de la Puerta de Triana, a un lado del Convento de Nuestra Señora del Pópulo (del que pude ver los restos cuando se construyó un bloque de viviendas y donde había una lápida en mármol que indicaba el lugar exacto de los enterramientos); fuera de la Puerta Osario; en San Sebastián, más allá de la Puerta de Jerez, a todo esto había que añadir las fosas o carneros que se hicieron en el hospital de la Sangre. Había tantos muertos que algunos que estaban en las calles o en sus propios domicilios permanecían varios días sin enterrar.

Tanto cadáver y el miedo al contagio, así como la falta de enterradores y carros hizo más macabra la visión de la ciudad al llevar a los muertos arrastrando, atados unos tras otros, hasta los cementerios. Esta terrorífica visión hizo que un sevillano sintiéndose enfermo por la peste “por no exponer su cuerpo después de muerto a tan terrible desventura, cargose como pudo de su pobre cama, fuese con ella a un cementerio, y bajando a un carnero abierto, compuso su camilla donde le pareció menos horrible el espacio y reconfortándose en ella, entre la compañía de cadáveres se enterró en vida, por no verse arrastrado en muerte“.

Cuenta nuestro narrador que estando un enfermo con el frenesí se levantó de la cama “y a un niño de dos años hijo suyo, cogiéndole de los pies le estrelló los sesos contra la pared“. Otro que salió de su casa en camisa, como estaba en la cama, atravesó la ciudad y se arrojó al río y se ahogó.

Un tal Manuel Rodrígues, portugués natural de Oporto, afectado por 3 landres y 18 carbunclos, en el delirio de la fiebre se soltó de las ataduras que le habían puesto para que no se moviera y una noche se subió a lo alto del tejado del hospital para tirarse, cayendo en una de las fosas abierta y llenas de muertos “donde estuvo día y medio entre más de ocho mil difuntos” no llegando a morir, ya que tras la epidemia se contaba entre los supervivientes, ejerciendo el oficio de sastre.

Otro caso fue el de una esclava de un tal Francisco Venegas, la que, sintiéndose con la enfermedad, una mañana se fue al pie de una cruz que existía fuera de la Puerta de la Carne y allí se desnudó de medio cuerpo, miró fijamente el crucifijo, se clavo unas cañas en los labios mientras con una piedra de pedernal se golpeaba el pecho en señal de pedir perdón, hasta que  murió desangrada al dia siguiente.

El recuento de los muertos en la batalla contra la peste.-

Entraron en total en el Hospital de la Sangre 26.300 enfermos, de estos murieron más de 22.900. De los sacerdotes que había en el hospital más de 800 fallecieron, de los médicos que había, un total de 6, sólo 1 sobrevivió, de los cirujanos, cuya plantilla era de 19, sobrevivieron 3 y de los 56 sangradores quedaron 22.

En el hospital de Triana murieron más de 12.000 personas

En las restantes iglesias y conventos el recuento que se hace es el siguiente: En el Real de San Pablo 51 religiosos y 6 mozos sirvientes. Colegio Santo Tomás 4 religiosos y 4 sirvientes. Regina Angelorum 14 religiosos. Monte Sion 6 sacerdotes. San Jacinto, extramuros 9 religiosos. Santo Domingo de Porta Coeli, extramuros 12 religiosos y 6 sirvientes. En los seis conventos de la sagrada Religión de Predicadores 96 religiosos, sin contar con los sirvientes. El convento de San Francisco 93 religiosos y 17 sirvientes. Colegio de San Buena ventura 9 religiosos. Nuestra Señora del Valle 17 religiosos. Nuestra señora de la consolación, Orden Tercera 30 religiosos, más dos que sirvieron en el Hospital de Triana donde hubo otros 2 de San Diego, en cuyo convento que estaba extramuros, y en la enfermería, murieron 46. San Antonio de Padua 37 religiosos. Los Capuchinos, extramuros, 13. Convento de la Serasica Religión 245 religiosos sin contar con los sirvientes. Convento de San Agustín 40 religiosos y tres mozos sirvientes. Colegio de San Acacio 5 religiosos y 3 sirvientes. Nuestra Señora del Pópulo 30 religiosos y 5 sirvientes. Nuestra señora del Carmen, casa grande, 58. Colegio de San Alberto 26 religiosos. Santa Teresa, extramuros, 5 religiosos. Colegio del Ángel de la Guarda, Descalzos de Nuestra Señora del Carmen 21 religiosos, más 2 de ellos en el Hospital de Triana. Nuestra Señora de los Remedios de Triana 7 religiosos. Colegio de San José que era de Mercenarios Descalzos 32 religiosos. Convento de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos, extramuros, 36 religiosos y 26 en el de los Descalzos de esta congregación. Convento de Nuestra Señora de la Victoria de Triana 33 religiosos. Colegio de San Francisco de Paula 26 religiosos. Compañía de Jesus 25 religiosos y 18 sirvientes. Colegio de San Hermenegildo 20 religiosos. En el Noviciado de San Luis casi todos y en los otros tres que tenía esta congregación , el de la Concepción, el de San Gregorio de los Ingleses y el de San Patricio de los Irlandeses murieron 30 ente religioso y escolares. De los Clérigo menores murieron 14. Hospital de San Juan de Dios 20 hermanos y 3 sirvientes. San Benito, extramuros, 6 monjes y 4 sirvientes. La Cartuja, extramuros, murieron 1 monje, 4 legos y 19 criados. San Jerónimo, extramuros, 2 novicios , 1 monje y 1 lego. San Isidro 13 monjes. San Basilio 21 monjes, 2 coristas, 5 legos y 3 sirvientes.

De los conventos de clausura de monjas estas fueron las bajas: San Clemente la Real 3 monjas. Nuestra Señora de la Real 5. Nuestra Señora del Socorro 7. San Leandro 6. Nuestra Señora de las Dueñas 5. Asunción 1. Nuestra Señora de la Paz 6. Nombre de Jesús 1. Santa Clara 2 monjas y 17 criadas.

Los presos de la Santa Inquisición murieron casi todos, aunque no existen cifras si hay referencia: “Y finalmente al más recóndito retiro alcanzó éste rigor, pues llegó a picar a los presos de la Inquisición, que como era rayo fulminado del cielo, no valía contra la humana diligencia, y fue de suerte que alcanzó no sólo la tierra, sino también las aguas del río“, donde aparecían cientos o miles de peces muertos.

Sólo por dar un ejemplo de la mortandad en las familias sevillanas valga la del doctor Francisco Ortiz Navarrete que perdió en la epidemia a su mujer, dos hijas, treinta criados y dieciséis esclavos y esclavas, mientras él padeció tres landres sin abandonar en ningún momento su puesto, asistiendo a la quema de ropas, yendo a los entierros y procurando el abasto en los mercados de comida, siendo en aquellos momentos aclamado por las calles “por Padre de la República, y con razón, pues se extendió lo sumo de su piedad hasta los huérfanos y sufragio de las almas de los que morían“.

Le peste produjo las siguientes muertes, según cuenta el autor anónimo del libro: “La opinión más cierta es, que doscientas mil personas, y en sólo Sevilla ciento cincuenta mil. Esto afirman muchos médicos que han andado en el contagio. De la ciudad se faltó mucha gente huyendo al campo o a las quintas, tanto que Sierra Morena estaba casi poblada: y como estos que huyeron del riesgo, y a manos del mismo daño que les alcanzó, ya de la incomodidad de habitar los montes y los campos, perdieron muchísimos la vida. De aquí es el decir que faltan hoy en la ciudad doscientas mil personas“.  

A todas estas cifras, que ya parecen exageradas, habría que sumar la de todos aquellos desdichados que no pudieron llegar al hospital y quedaron esparcidos por los caminos, así como en sus casas de pueblos cercanos o enterrados en los huertos.

Cima y caída de la epidemia.-

El pico más alto o techo de muertes se produjo el día de la Octava del Santísimo Sacramento, que hubo un eclipse de Luna, así como al día siguiente cuando murieron 4.000 personas cada día. Desde ese momento fue minorando los fallecimientos, aunque manifiestamente se notó más desde el sábado 26 de junio, justificando este hecho con la siguiente información que da idea del desconocimiento general : “Porque en este tiempo sacaron los dos Cabildos en procesión la milagrosa imagen de la Virgen soberana de los Reyes, patrona de la ciudad, la cual habiendo llevado más acompañada de amargos suspiros y copiosas lágrimas, que de música y suaves voces al rededor de las gradas, se refiere circundando la catedral, se le consagró en la Santísima Iglesia un solemnísimo Novenario, con lo cual quiso su clementísimo Hijo se reconociese la milagrosa salud de esta ciudad desde éste día, para que se debiese este patente milagro a su divina Madre“, sin comentarios para no contaminar estos hecho con opiniones de un hereje como yo.

Continuaron las plegarias y así el 2 de julio, un viernes por la tarde, se sacó en procesión al Cristo de San Agustín en procesión general. Sacó esta reliquia el Alférez Mayor de Sevilla y Caballero de la Orden de Santiago, José Campero, aunque hubo problemas para formar el cortejo, ya que sólo 2 sacerdotes permanecían vivos para portarla, tampoco había caballeros que acompañasen, pero todos aquellos desdichados que aún podían tenerse en pie con una fe admirable, que supongo sería movida por el terror a morir, hizo que: “Fue tan copioso el concurso, que al componerla  parecían resucitados todos los muertos en el contagio. Fue la procesión general, y como ella lo fueron las súplicas, y lamentaciones de afecto. Volvieron al santo Cristo a su casa al día siguiente a la misma hora, y en ella se le dedicó un Novenario asistido del Cabildo“.

El día 22 de julio “mandó poner el padre Administrador del Hospital de la Sangre, bandera de salud, por no haber en estos días entrado más de cuatro o cinco enfermos, y muertos otros tantos” y para divertir a todos aquellos corazones afligidos que habían sobrevivido a la tragedia mandó correr toros en la plaza del hospital, los cuales fueron pagados por el Jurado Pedro López de San Román, diputado por los señores de la Junta y, aunque parezca macabro, también ordenó adornar de gallardetes los carros donde llevaban a los difuntos en una forma particular de festejar el fin de la epidemia.

Antes, el 20 de julio, se cerró el Hospital de Triana. El Hospital de la Sangre quiso cerrar el día de Santiago y Santa Ana, 26 de julio, pero no se pudo por quedar todavía convalecientes de la enfermedad, de todas formas el Asistente de la ciudad, junto a dos médicos y cirujanos, los que habían quedado con vida, visitaron y dieron fe de la poca gente que había enferma, posponiendo el cierre definitivo de las salas habilitadas del hospital para finales de ese mes.

Desde ese momento comenzó a entrar en Sevilla alimentos y que cuenta así: “Ya estaba la ciudad con sobradísimo bastimento, todo más barato, y de mejor calidad“.

Toda esta pesadilla se había desarrollado en tan sólo dos o tres meses.

Terminada la epidemia había que defenderse de una recaída.-

Si bien es cierto que Sevilla estaba libre de la peste, no era así en los que llamaban lugares comarcanos o pueblos y aldeas cercanas, por lo que las autoridades decidieron cerrar o blindar la ciudad de la riada de enfermos que venían a los hospitales de la capital, decretando cerrar sus puertas y poner guardias en las de mayor afluencia, quedando abiertas  las de la Macarena, que era la entrada desde Madrid entonces, la de la Puerta de la Carne, ambas quedaron en cuidarlas los llamados los Señores Veinticuatros y Jurados. La de Triana estaba a cargo de los Oidores y Alcaldes de la Real Audiencia. La de Carmona la guardaban los Oidores de la Casa de la Contratación de las Indias. Todas las demás puertas y postigos quedaron cerrados y la Inquisición se hizo cargo del arrabal que lindaba con el castillo que custodiaban, San Jorge, en la parte de Triana, hoy plaza de abastos.

Dentro de la ciudad, que se auto cercaba, se nombró a un responsable, Pedro Manzanares de Heredia, encargado de recorrer los puestos de guardia para que se cuidara, con celo, de no dejar entrar a nadie con síntomas de la peste, así mismo se le encargó la limpieza de las casas y de quemar todas las ropas que se encontrase y “todas las demás diligencias que se le requirieren para la purificación del contagio“.

No conforme con poner guardias en las puertas la Junta ordenó colocar por “los caminos y partes sospechosas, guardas a caballo, para estorbar la entrada de la ropa, y la gente forastera“.

Milagros y visiones apocalípticas.-

El día 3 de julio ocurrió un hecho singular que no me resigno a transcribir: “Se vio prodigio grande en el cielo, cual nunca se había visto, y fue que el Sol estuvo desde las doce del día hasta las cuatro de la tarde tan carmesí, que parecía estaba bañado en sangre, sin que esto lo pudiera causar eclipse alguno, ni otra influencia de astro. Todos los atribuyeron a la demostración de la justicia divina, tan merecidas por nuestras culpas…“.

Se dieron casos de supervivencia difíciles de explicar, como la de dos niños que vivían en lo que hoy es el cortijo de Tercia de la familia Benjumea, en San Jerónimo, donde todos murieron excepto ellos, según se narra eran de corta edad, los cuales estaban afectados también por la peste pero que sanaron “sin más cura que la del cielo, ni más abrigo que la copa de un naranjo, ni más cama que el duro suelo“.

Otro niño de tan sólo 3 años sustentó a un hermano que estaba en la cuna durante 4 días alimentándolo sólo con pan que mascaba y que le ponía en su boca, en la misma habitación donde sus padres yacían muertos, la suerte quiso que los vecinos derribaran la puerta, ya que el olor era insoportable por la descomposición de los cuerpos, y los encontraran.

El licenciado Juan Velázquez, que administraba los Sacramentos en el hospital de San Miguel de Convalecientes, un día “saliendo a la plaza del Hospital de la Sangre, oyó llorar a una criatura, buscóla entre los muchos colchones y ropa que allí se arrojaban, y desenvolviendo una estera de eneas, la halló arrimada a los pechos del cadáver de su madre. Cogió al niño en los brazos el piadoso cura y dándolo a criar vive hoy para mayor prodigio“.

Otro caso casi similar es el de “otro niño de pecho, muerta su madre procuraba el sustento de ellos, y saliendo a veces arrastrando a la puerta de su casa, y viéndole los que pasaban por ella sólo le daban algo ignorando la muerte de su madre: volvía el niño al sustento de los pechos de la que le parió, y de este modo lo sustentó algunos días, hasta que el olor dio a entender el espectáculo tan miserable: y así mismo vive hoy el niño para más admiración“.

El último caso a contar, entre los muchos que ocurrieron, fue lo que le pasó a Antonio Venegas de Cordova, Caballero de la Orden de Santiago, hombre ya mayor y con achaques que llevaba una noche un carro con ocho cuerpos para enterrarlos. Estando a las diez de la noche en la puerta de la parroquia de San Andrés comenzó a oír quejidos y “sin más ayuda que la de su valor y caridad, fue apartando los muertos, y tomando entre los brazos al enfermo (que juzgando estaba muerto lo habían arrojado en aquel lugar) le envolvió en su capa, y llamando a la iglesia le entró en ella, y cuidó de su vida regalándole con dulces, y no se apartó de él hasta el que al amanecer murió“.

Los estigmas de la enfermedad crean una nueva moda.-

Todos aquellos que padecieron la enfermedad, y habían sobrevivido, se quedaron calvos, algo que no arredró a las gentes de Sevilla, donde tanto mujeres como hombres, a salir así a las calles, sin intentar disimular las secuelas de la enfermedad, quizá como consecuencia del desánimo y abatimiento de los supervivientes de la tragedia que habían perdido todo menos sus vidas.

Andan hoy hombres y mujeres sin solicitar disimulo para el mayor desaliño. Plegue a Dios mejoren muchos de pensamientos con la falta de vanidad del cabello“.

  La peste se presentó en tres de sus variantes: Landres, Carbunclo y Tabardillo y hubo enfermos que padecieron las tres a la vez.

Interesante resulta leer sobre la quema de ropa: “Lo precioso de las holandas, lienzos delicados, telas, colgaduras, oro, plata, sedas, y otras alhajas de homenaje de casa, fue cosa indecible, y que valía una India“.

La quema de las ropas, donde entre sus costuras se escondían las pulgas, junto a la purificación de las casas con hogueras hechas con maderas y hierbas aromáticas como son el ciprés, laurel o romero hicieron más habitable una ciudad que era toda un cementerio y olía a muerte, a la vez que saneándola.

Los alimentos en una ciudad que moría.-

Al principio de la epidemia la falta de abastecimiento de la ciudad fue muy notable, ya que había miedo por parte de los hortelanos de traer alimentos y contraer la peste y por la riada que se padecía, que hacía muy difícil el transitar por los caminos, tanto es así que perecieron mucha gente por no tener víveres, “este azote de hambre fue en aumento, que casi se midió con el estado del mal, pues llegó a valer un huevo (cosa increíble) doce cuartos y cuatro reales de a ocho de plata una gallina“.

Hubo personas sólo encargadas de procurar abastecer a la ciudad, y sobre todo a los hospitales y conventos, de alimentos, como fue el caso de Alberto Pardo Calderón, Caballero de la Orden de Calatrava y Oidor de la Real Audiencia, el cual estuvo en una venta a tres leguas de Sevilla comerciando, con indecibles sacrificios, con los dueños de las fincas para abastecer la ciudad de “gallinas, pollos, huevos, pichones, carneros y pan amasado“, consiguiendo con su acción abaratar un poco los precios. También, entre otros estuvo el licenciado Diego Trujillo que buscó alimentos de forma incansable desde la venta de Peromingo, que hoy forma parte de la ciudad.

Tampoco hay que olvidar los donativos en especies que se hacían o el celo que existía para que los alimentos estuvieran sanos en los hospitales, donde la despensa y la cocina estaba fuera de las salas y que se daba por medio de un torno, como el de los conventos de clausura.

Epílogo de una epidemia y prólogo de la miseria.- 

Con Sevilla en ruinas por el abandono de gran parte de sus casas, de los campos desiertos sin nadie que los cultivara y sin casi mano de obra se hacía muy difícil el subsistir y sobre el hambre que padecían se apoderó de todos aún más hambre, para desesperación de los supervivientes.

En los archivos de la duquesa de Medina Sidonia, y en su libro ‘Las almadraba de los Guzmanes’, se puede leer algo que da idea de la falta de personal que existía: “En 1651, Plavesín se empeñó en armar almadraba, en contra de la opinión del duque. Acudieron armadores, atalayas y carreteros, sacando las redes y barcas de la chanca, con ayuda de algunos vecinos, en la esperanza de que al correr la voz, acudiese personal en busca de trabajo. Al no aparecer ni para aventureros, se guardaron las herramientas sin beneficio, pero con gastos para el Guzmán“.

Los jinetes del Apocalipsis habían cabalgado sobre Sevilla dejando una estela de muertos, junto a una muchedumbre de héroes anónimos de los que poco se sabe hoy y que, de alguna forma, he intentado resucitar, que como bien dice el anónimo cura que escribió el libro “Reverendísima que de hoy más es Sevilla dos veces Augusta, una por su antiguo origen, y otra por tan esclarecidos hijos“.

Sobre la epidemia escribieron otros cronistas pero ninguno la vivió como el autor del libro que sirve de base a este estudio, entre esos otros estuvieron Caldera Heredia y Ortiz de Zúñiga.

MAPAS Y PLANOS


Plano del casco viejo de la ciudad con su división por barrios y puertas de acceso.

 


Plano de Sevilla que mandó levantar el Intendente Real Pablo de Olavide en 1771

 


Vista desde satélite de Sevilla con los lugares más representativos donde se desarrolló la peste

 

 

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